Franklin y Eleanor Roosevelt, 1935

Se necesitan estadistas para el renacimiento cultural

Edgar Cherubini Lecuna

París, mayo 2020

Un bien de primera necesidad es un producto o servicio que se considera esencial para la supervivencia de las personas. En ese sentido, no se debería tratar la cultura y sus manifestaciones artísticas como accesorios no indispensables para la recuperación económica como ha sucedido secularmente en muchos países en vías de desarrollo, ya que ambas son alimentos para el espíritu y la mente, necesarias para el ejercicio de la libertad.

En un momento de crisis como el que ha comenzado a padecer la economía mundial, es interesante evocar a Franklin Roosevelt y Winston Churchill, dos estadistas que estuvieron al frente de sus países en medio de dos pavorosas crisis vividas en occidente, como fueron la Gran Depresión (1929-1939) y la Segunda Guerra Mundial (1939-1945), con devastadores efectos en todos los órdenes de la vida social. Sin embargo, la visión de Roosevelt contenida en el denominado New Deal (1932) para la reestructuración de la economía y hacer frente al empobrecimiento de millones de norteamericanos, incluyó la dimensión cultural en su plan de reconstrucción como un factor indispensable para el bienestar social.

La mayoría de los proyectos fueron ideados por su esposa Eleanor, ligada al mundo cultural y al mecenazgo. Al frente del Brain Trust, un think tank que reunió a intelectuales, pensadores, sociólogos y economistas, la mayoría de la Universidad de Columbia, Eleanor y su equipo se dedicaron a redactar las leyes y medidas económicas aconsejando al gobierno la necesidad de aplicarlas para sacar al país del colapso. La agencia encargada de aplicarlos recibió el nombre de Works Progress Administration (WPA), responsabilizándola de aplicar los programas culturales para el apoyo de las artes, el teatro, la música y un muy especial proyecto literario y periodístico denominado Federal Writers’ Project.

El periodista y escritor Saïd Mahrane (Le Point, 16/05/2020), escribe sobre la formidable aventura humana del proyecto, que dio nacimiento a inusitadas obras de literatura, teatro, música y fotografía, “Cerca de 7.000 autores fueron subvencionados. La idea no era solo proporcionar trabajo a unos intelectuales carentes de ingresos, sino invertir en un proyecto de educación popular dirigido a las multitudes con la finalidad de provocar un sentimiento de pertenencia a su país. Estos escritores subsidiados eran, como aparecían en los formularios de contratación: “mensajeros de buena voluntad”. Este programa fue acompañado de un vasto proyecto editorial, instalando imprentas en la mayoría de los estados. Solo basta recordar la monumental obra del escritor John Steinbeck “Las uvas de la ira”, dramática novela sobre la Gran Depresión, que le valió el Premio Nobel de Literatura.

No puedo dejar de mencionar a Dorothea Lange, quien fue subvencionada por el U.S. Government’s Farm Security Administration (FSA), para realizar uno de los más importantes reportajes fotográficos de realismo social en la historia de la fotografía moderna. Durante un año compartió las penurias y vivencias de las familias que emigraban desde California a otros estados de la Unión en busca de sustento. Una de las fotografías emblemáticas de ese período es la titulada Migrant Mother (1936), actualmente en la colección del MoMA en New York.

Dorothea Lange, Migrant Mother, 1936

Otra de las obras nacidas de este proyecto fue un libro que alcanzó una proyección universal titulado “Elogiemos ahora a hombres famosos” (Let Us Now Praise Famous Men), sobre la vida de los cultivadores de algodón en el Sur de los Estados Unidos, un canto a la dignidad de los olvidados que se convirtió en un verdadero tratado sociológico, escrito por James Agee e ilustrado con las conmovedoras fotografías de Walker Evans. Los escritores y fotógrafos que recorrieron esa América empobrecida durante la depresión, no solo humanizaron la crisis, sino que con sus testimonios hicieron visibles las desigualdades sociales y étnicas que existían en ese momento. Esta encuesta colosal realizada por escritores, periodistas, fotógrafos, compañías de danza, directores de teatro y pintores, nutrió con sus resultados los proyectos de ayuda del Estado a los más necesitados.

Otro coloso político que apoyó la cultura en tiempos de crisis fue Wiston Churchill. En 1938, cuando los vientos de guerra amenazaban la supervivencia de Europa, exclamó en el parlamento: “Las artes son esenciales para cualquier vida nacional completa. El Estado se debe a sí mismo sostenerlas y alentarlas …Mal le va al país que no saluda a las artes con la reverencia que les corresponde”.


Winston Churchill, 1939

Habiendo entrado Inglaterra en la guerra, el director de la National Gallery, Kenneth Clark, sugirió enviar las colecciones de arte a Canadá. La respuesta de Churchill fue tajante, ordenando guardarlas en sótanos, “…Ninguna obra de arte saldrá de Inglaterra. Nosotros vamos a ganar la guerra”.

Pero hay otra frase atribuida a Churchill que ha desatado una investigación exhaustiva de sus biógrafos y que ha motivado a la International Churchill Society pronunciarse sobre lo genuino o no de su autoría. Lo cierto es que, cuando el Parlamento Británico le exigió a Churchill la necesidad de recortar los fondos para las artes con el fin de apoyar el descomunal esfuerzo que exigía la guerra, este respondió: “¿Entonces, para qué estamos luchando?”.

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La Victoria de Samotracia (Níke tes SamothrákesS. IV), museo de Louvre

Museos y galerías vacíos ¿Internet cambiará la experiencia estética?

Edgar Cherubini Lecuna

París, abril 2020

Esos magníficos templos de la memoria que son los museos y los espacios exploratorios del arte que son las galerías, hoy se encuentran vacíos a causa de la distopia que nos ha tocado vivir. Un enemigo invisible ha paralizado al planeta y no sabemos cuándo retornaremos la normalidad. Por primera vez sentimos que la ausencia de multitudes deja un vacío atronador. Sin las miradas de los 9 millones de visitantes que el año pasado recibió el museo de Louvre, La Mona Lisa, la Venus de Milo, la Victoria de Samotracia, la Coronación de Napoleón, entre otras 35.000 obras, hoy se encuentran desoladas. Otros espacios expositivos no se quedan atrás, el Musée d’Orsay acogió a 1.584.026 visitantes y el Centro Pompidou a 1.038.832, mientras que la exposición Leonardo Da Vinci, clausurada en febrero de este año, justo al inicio de la pandemia, recibió las visitas de más de un millón de personas. Los 3.353.685 visitantes del Museo del Prado en Madrid o los 50 millones de personas que acogió el conjunto de museos de Italia, solo por mencionar algunos museos emblemáticos, hablan de la sed de belleza de millones de individuos y su ausencia en esos recintos. ¿Cuándo regresarán a colmar sus salas? El no saberlo engendra incertidumbre e inquietud en el mundo del arte.

Serge Lasvignes, presidente del Centre Pompidou, anuncia que la institución dejará de percibir por venta de entradas unos 1.2 millones de € mensuales y cerca de 600.000 € en venta de libros, mercadería y otros servicios, manifestando su preocupación por el tiempo que pueda durar la ausencia de visitantes (QDA, 10.04.2020).

En Estados Unidos, la intranquilidad va en aumento junto con la expansión de la epidemia. Según el JPMorgan Chase, el PIB real del país caerá un 25 % en el segundo trimestre. Las pérdidas en el medio cultural se calculan en más de 50 mil millones. La presidenta y directora ejecutiva de la American Alliance of Museums, Laura L. Lott ha expresado que los museos de EE UU pierden al día 33 millones de dólares. Por citar un ejemplo, en la ciudad de New York, que atrae al año a 65 millones de visitantes, el MoMA dejará de percibir 30 millones de dólares por la venta de entradas.  El Museo del Prado en Madrid, en un trimestre de inactividad puede perder más de 5 millones de euros en boletería. Según los entendidos, los museos dejarán de ser destinos turísticos en lo que resta del año.

Las galerías

El mercado global del arte facturó US$ 67.700 millones en 2019. Sobre esto último cabe decir que solo en ese año se vendieron 71.400 obras de arte moderno y contemporáneo entre subastas y galerías. En relación a estas últimas, según Artprice, el producto mundial de ventas en este primer trimestre ha caído en 38% en relación al mismo período en 2019. De allí que, un tercio de las galerías francesas se declarará en quiebra según los datos publicados este mes por el CPGA (Comité Profesional de Galerías de Arte), al verse obligadas al parar sus actividades en el segundo semestre de 2020. De aquí a finales del año, salvo las galerías internacionales y las bien posicionadas, decenas de ellas dejarán de existir en las más importantes capitales del mundo, a causa de esta crisis global.

Arte online

El reciente informe de Art Basel y UBS sobre los resultados del Mercado Global de Arte 2019, muestra que el cambio al mercadeo en las redes ya estaba en curso, solo basta analizar que el monto de las ventas de arte online a nivel global fue de US$ 5.000 millones, pero ahora, debido al confinamiento indefinido y las consabidas  incertidumbres, el arte en el mercado digital cobra un nuevo impulso. Si hasta 2019, el 45% de las ventas anuales de arte se sustentaban en eventos en vivo como ferias y exposiciones, así como la febril actividad de los marchand d’art, en la nueva era de distanciación social, la carrera hacia las ventas online se acelera cada día, con una diversificación en la oferta a través de exhibiciones en innovadoras plataformas digitales para subir a la red exposiciones, subastas y ventas.

Resulta interesante tener en cuenta que en 2019, las casas de subastas con ventas inferiores a US$ 1 millón realizaron el 23% de sus ventas online, y el 4% de ventas superiores a US$ 10 millones. El dato más interesante es que las galerías preferidas por los coleccionistas millennials se encuentran en plataformas Web, convirtiéndose en los usuarios más habituales: un 92% de ellos compraron online. El 36% pagaron más de US$ 50,000 por una obra de arte u objeto en línea, incluido el 9% que adquirió más de US$ 1 millón en obras.

Facebook, Instagram y otras redes sociales han aumentado exponencialmente la oferta de obras de arte, tal es la magnitud de la tendencia que Lucy Mitchell-Innes, de la New York’s Mitchell-Innes & Nash, se pregunta si van a seguir necesitando alquilar o adquirir locales para galerías, con la inversión y gastos que eso implica. Por otra parte, expresa su confianza en la recuperación del mercado, pero también aconseja una visión a largo plazo: “Podría ser el momento de repensar no solo nuestro papel como galería, sino incluso de preguntarnos, ¿qué es una galería?”, ¿Tu espacio es tu galería?, ¿O es tu programa tu galería? Una galería es una visión, una historia, un grupo de personas que se unen en torno a ideas comunes. Si tenemos eso, podemos encontrar un camino a seguir ” (Brian Boucher, Galleries’ digital transformation accelerates, The Art Basel and UBS Global Art Market Report ).

¿Habrá un cambio en la experiencia estética?

Según Adolfo Vásquez Roca, en las sociedades informatizadas y globalizadas “el museo ha sido desplazado en su rol hegemónico de administrador del régimen de visibilidad de una cultura”. Para el filósofo, “la nueva comunidad virtual, sin centro ni periferia, ha creado nuevas formas de transferencia de conocimiento y tránsito de imágenes”, en fractura con el discurso único de “la verdad del arte” que precisamente el museo tradicional trata de preservar” (Estética de la virtualidad y deconstrucción del museo como proyecto ilustrado, Revista Nómadas, No 28, 2008).  Si bien el Louvre a aumentado en 400.000 las visitas por internet, manteniendo su visibilidad y función social a sabiendas de que sus pérdidas se elevarán al 80%, entendidos como Serge Lasvignes (Centre Pompidou) expresan que las alternativas digitales no son suficientes: “El museo es un lugar de contacto, reunión e intercambio: no es una base de datos. Todos intentamos tranquilizarnos, pero nada reemplaza lo que es el museo en esencia” (QDA).  En todo caso, estamos presenciando un cambio de paradigmas en la manera que hasta hoy hemos empleado para ver y apreciar el arte, preguntándonos si esta distopia cambiará la experiencia estética que comparten los amantes del arte. Museos y galerías, exponentes imprescindibles del proyecto cultural de una sociedad y del posicionamiento de un país, tendrán que buscar nuevas formas de adaptación para sobrevivir a esta crisis, mientras dure el distanciamiento social y podamos volver a encontrarnos al calor de un vernissage o en el recogimiento de una sala en algún museo, conmovidos por la belleza o el ingenio de una obra.

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Venezuela: una nación destruida, una nación por inventar

Edgar Cherubini Lecuna

París, abril 2020

 En estos momentos, en todos los centros de pensamiento se analizan los cambios que producirá esta emergencia mundial ocasionada por la pandemia del Covid-19. La sociedad planetaria está detenida en sus diferentes dinámicas hasta nuevo aviso y el confinamiento de casi 3.000 millones de seres humanos produce reflexiones como la del historiador Yuval Noah Harari, quien afirma: “La humanidad se enfrenta ahora a una crisis global. Tal vez la mayor crisis de nuestra generación. Las decisiones que las personas y los gobiernos tomen en las próximas semanas, probablemente darán forma al mundo en los años venideros, no solo a nuestros sistemas de salud, sino también a nuestra economía, política y cultura. Hay que actuar con rapidez y decisión. También hay que tener en cuenta las consecuencias a largo plazo de nuestras acciones. Al elegir entre alternativas, debemos preguntarnos no solo la manera de superar la amenaza inmediata, sino qué clase de mundo vamos a habitar una vez que pase la tormenta. Sí, la tormenta pasará, la humanidad va a sobrevivir, la mayoría de nosotros va a seguir vivo – pero vamos a habitar un mundo diferente” (El mundo después del coronavirus, marzo 2020).

Pienso que quienes proporcionarán las pautas en ese nuevo amanecer del mundo serán las naciones cohesionadas socialmente antes, durante y después de esta guerra contra el temible enemigo invisible. En las naciones desarrolladas se esta convocando a los distintos actores sociales y políticos a lograr acuerdos en estrategias y soluciones colectivas para aglutinar a todos los factores en una causa común necesaria para la resiliencia y los retos del día después. ¿Podemos afirmar que esto sucede en Venezuela? Por desgracia no. Durante veinte años el régimen ha destruido la capacidad de cohesión social al utilizar un lenguaje de odio, reduccionista, excluyente y pervertido. El lenguaje político fue demolido y junto con éste se extinguieron la democracia, las instituciones y su sistema de libertades y derechos, de progreso individual y colectivo en un despropósito desatinado y nihilista.  La respuesta a la pregunta anterior es aún más dolorosa, no solo contemplamos una nación destruida, arruinada física y moralmente en estos últimos veinte años en manos de la corporación criminal que usurpa sus instituciones, hay que añadir que esto fue la consecuencia de no haber construido durante la era democrática un concepto que unificara al pueblo en un destino común de nación. El ingreso petrolero no se reinvirtió en un desarrollo sustentable para lograr la independencia económica, industrial y productiva, mucho menos para sentar las bases de una sociedad del conocimiento. Antes y durante la actual era chavista, las ganancias petroleras no se utilizaron para empoderar a los ciudadanos de manera que estos emprendieran su propio desarrollo y progreso individual, por el contrario, los convirtieron en mendigos de los partidos políticos, después de las misiones y recientemente de las bolsas CLAP. El chavismo en el poder, lejos de mejorar la precaria estructura de seguridad social existente o de construir una moderna red de hospitales, montaron sus improvisadas misiones dirigidas por cubanos para el control social y político de los barrios pobres. En resumen, se robaron miles de millones de la renta petrolera, hipotecando el futuro del país, convirtiéndolo en un paria del progreso humano. Hoy, en toda Venezuela, hay una profunda carestía  de alimentos y medicinas, aparte de la falta de electricidad, agua, gasolina y de elementales servicios públicos.  Si antes de la llegada de la epidemia, la situación del país se consideraba como de desastre humanitario, esta pudiera convertirse en un genocidio controlado si los sociópatas que han usurpado las instituciones no son depuestos. Según Luis Almagro (ABC Internacional, 22/03/2020): “Podríamos estar enfrentando una tragedia de dimensiones catastróficas para el hemisferio. Pero una dictadura irresponsable que ha generado la peor crisis migratoria y humanitaria de la historia del hemisferio, con un patrón de coronavirus que puede multiplicarse en función de esas condiciones, puede transformarse en un desastre absoluto”.

Naciones en vías de extinción vs naciones que invierten en conocimiento

Ese mundo diferente que pudiera surgir de la pospandemia del que habla Harari, citado al comienzo de esta nota, no es otro que el de la transición de una economía de bienes básicos a una economía del conocimiento. Según J. E. Cabot: “Aquellas naciones que siguen tratando de competir vendiendo materias primas sin conocimientos, son cada día más pobres. Una economía no solamente puede mover la riqueza física, reservas e inversiones, sino que también puede mover la riqueza intelectual (Los imperios del futuro, 2006). Una sociedad que no se encuentre en este momento ensayando modelos alternativos para su futuro, en un franco proceso de reposicionamiento ante un entorno de incertidumbres y amenazas globales, será un país frágil o en vías de extinción. Esto será así en Venezuela, si los políticos y líderes continúan sin entender que para reconstruir el país deben sacudirse los modelos obsoletos de economía y política, no sólo los del socialismo real, que comprobadamente fracasó, sino también las abstracciones económicas insostenibles que están colapsando en muchos países, plagados de creciente inflación y desempleo estructural, donde los políticos confunden a la gente ofreciendo la idea de que a mayor consumo mayor desarrollo y prosperidad mientras obvian la disminución de los índices de desarrollo humano, de educación y conocimiento, mientras se hace todo lo contrario a la producción sostenible de bienes y alimentos, se expolia al medio ambiente y se agotan los recursos naturales no renovables.

Ante la enorme crisis global, el costo de la energía, el agotamiento acelerado de los recursos naturales, así como el descontrol climático y el desastre ecológico producto de la irracionalidad del sistema, Yuval Harari (Sapiens, 2014; Homo Deus, 2015) augura para el mundo un escenario preocupante que debe llamar a la reflexión a todos los venezolanos conscientes: “Las tecnologías, el conocimiento y la información están ampliando las desigualdades entre una clase de superhombres con mayores capacidades y posibilidades y el resto de la humanidad, la casta de los inútiles”. Muchos países, aun pequeños, sin petróleo ni fuentes de energía, se preocupan por invertir y desarrollar el conocimiento, retener y atraer a los mejores talentos, buscar la excelencia en sus campus universitarios, nutrir la cultura y las artes, potenciar la agroindustria, desarrollar start-ups, pequeñas y medianas empresas dedicadas a la innovación tecnológica, acelerar el desarrollo de las ciencias vivas, desarrollar energías alternativas, hacer emerger las ciudades del mañana mediante diseños urbanos sustentables, alentar economías de nicho, promover políticas públicas eficaces, empoderar al ciudadano, invertir en el desarrollo informático, en la investigación biomédica, en la gestión sostenible de los residuos, en fin, todo lo que las sociedades democráticas están demandando de sus gobiernos. Por el contrario, Venezuela, un gigantesco territorio pletórico de recursos y de gente buena, se ha quedado rezagada de la creatividad necesaria para enfrentar los retos que representan los nuevos paradigmas de la civilización, ya que la casta de inútiles de la que habla Harari, en alianza con militares y el crimen organizado nos ha retrocedido a etapas primitivas. Pero, hay que decirlo, desde el boom del petróleo en la década de 1970 hasta el presente, estos temas cruciales desaparecieron del imaginario de políticos y gobernantes, obviando reflexionar y debatir sobre modelos de desarrollo que no estuvieran basados en la renta petrolera y en las importaciones, debido a que allí han estado y continúan estando las oportunidades de enriquecimiento de una casta privilegiada de arribistas, políticos y militares, asociados a cada gobierno de turno, siendo una de las causas que ha contribuido a la ruina en la que hoy se encuentra Venezuela.  

Como lo afirmó en su momento el pensador Buckminster Fuller: “No podrás cambiar las cosas luchando contra la realidad existente. Para cambiar algo, debes construir un nuevo modelo que haga obsoleto el modelo actual”. La verdadera lucha es por un cambio de paradigmas. Entre los factores para lograr la reinvención del país es imperativo pasar de ser un petro-Estado rentista a un Estado emprendedor, no hay otra alternativa. La tarea más urgente es la de recuperar la voz crítica de ideas, de recuperar la política. En este presente desacertado y dramático, por encima de los cogollos partidistas y de la casta de inútiles es la hora de reunificar a la nación, es la hora de avanzar, es la hora de una nueva conducción política. No debemos subestimar la capacidad de los venezolanos para reinventarse. Esto solo será posible en democracia, con la participación de mentes lúcidas que decidan corregir el rumbo incierto mediante el establecimiento de nuevas reglas de juego para salir del cul-de-sac donde nos han conducido. Parafraseando a George Steiner: “No nos quedan más comienzos”, por eso, a la esperanza hay que ponerle nombre, estrategias, conducción, ideas y programas, para hacer posible el renacimiento y la reconstrucción de la nación a la que aspiramos y merecemos.

La construcción de una nación es la suma del aporte de las convicciones, fidelidades y solidaridades de cada uno de sus ciudadanos. Benedict Anderson (L’imaginaire national, 2006), aporta una definición de nación que motiva a la reflexión y brinda esperanza en medio del caos que padecemos: “Una nación es una comunidad política imaginada”. Esto quiere decir que una nación no es un hecho consumado, sino una permanente y dinámica construcción humana. Podríamos añadir lo que el filósofo Wittgenstein afirmó en relación a la función del lenguaje en la sociedad: “imaginar un lenguaje significa imaginar una forma de vida”.  Allí está la clave para lograr lo políticamente imaginado, un discurso que motive la sinergia de todos los venezolanos, capaz de construir una causa que nos conmueva y nos movilice permanentemente en la defensa y reconstrucción de la democracia, de los valores éticos, de la libertad, la igualdad y la justicia social, sentirnos dignos y orgullosos de pertenecer a una nación moderna.

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“Un solo signo es como el gran océano”

Edgar Cherubini Lecuna

París, febrero 2020

El filósofo japonés Daisaku Ikeda hace alusión a un párrafo de una carta escrita por Nichiren Daishonin (1222-1282), dirigida a uno de sus discípulos, en su afán por transmitir las enseñanzas de Buda: “Un solo ideograma del Sutra del Loto es como la vasta tierra de la que nacen todas las cosas. Un solo ideograma es como el gran océano que contiene el agua de todos los ríos. Un solo ideograma es como el Sol y la Luna que iluminan el conjunto de los cuatro continentes. Ese solo ideograma se transforma y (…) se convierte en Buda”.[1] 

Los ideogramas chinos y japoneses son trazos sobre papel que representan ideas abstractas, algunas cargadas de un contenido filosófico y espiritual que no tiene comparación con la escritura que conocemos en Occidente.  En la escritura china, el ideograma Un, consta de un solo trazo horizontal y significa Cielo y Tierra, simbolizando división y unidad, pero a su vez, representa el “trazo inicial”, el aliento primordial que separa la dimensión sagrada y la dimensión humana. A partir de ese signo, el pintor y calígrafo Yuanji Shih T’ao o Shin-tao (1642–1707), desarrolló el concepto del “trazo único de pincel”. Según François Cheng (Cinq méditations sur la beauté, 2010), “el trazo único implica todos los trazos posibles e imaginables, encarna lo uno y lo múltiple y el aliento primordial que unifica y anima a todos los seres de la creación”.

Mediante el trazo único, se accede a un orden superior. En el imaginario artístico chino, la tinta encarna el devenir de la naturaleza y el pincel, el alma del artista que aborda y expresa esa naturaleza en busca de una revelación. Por lo tanto, afirma Cheng (Vacío y plenitud, 1989), “La pincelada, no es una simple línea ni el simple contorno de las cosas. Proviene del arte caligráfico y tiene múltiples implicaciones. Por lo grueso y lo fino de su trazo y por el vacío que encierra, representa forma y volumen; por su “ataque” y su “empuje”, expresa ritmo y movimiento; por el juego de la tinta, sugiere oscuridad y luz; finalmente, por el hecho de que su ejecución es instantánea y sin retoques, introduce los alientos vitales, cargándose de las pulsiones irresistibles de esa persona”.  Según Shin-tao, la pincelada única, sea en pintura o en la caligrafía, es el origen de todas las cosas, la raíz de todos los fenómenos, aunque el vulgo lo ignore. Si no se domina la pincelada única no se puede entender la belleza de la vida, de la naturaleza y los seres que la habitan.

La caligrafía japonesa o Shodo (Escribir el camino), se originó con la introducción del budismo en Japón en tablillas de madera traídas en los zurrones de los monjes que retornaban de estudiar los sutras de Sakiamuni en los monasterios chinos. Los sutras, son las enseñanzas que predicó en la India el Buda Sakyamuni (S. V a.C.), en las que describe su iluminación. Después de su muerte, discípulos y devotos transmitieron de memoria sus prédicas, hasta que escribas las compilaron en tabletas de madera y posteriormente en pergaminos, logrando su difusión por toda Asia.

Sutra del Loto, extracto de un ejemplar del siglo X, Museo Nacional de Tokio, Japón.

El budismo fue introducido en China alrededor del año 67 d.C., quinientos años después de la muerte de Sakyamuni, y en el año 557 hizo su entrada en Japón, en especial el Saddharmapundarika o Sutra de la Flor de Loto de la Ley maravillosa, en el que Buda revela su verdadera identidad, además de promulgar que todos los seres humanos, sin distinción de género, raza o condición social, pueden alcanzar la iluminación. Esto último significó una revolución, no solo en el tiempo en que Sakyamuni lo difundió, sino en la férrea sociedad imperial japonesa del siglo XII. Daisaku Ikeda, explica que el Sutra del Loto pasó de China a Japón, gracias la traducción que en el año 406 hizo Kumarajiva (350-406) del texto original en sánscrito y que lleva por título de Myoho-rengue-kyo, estos tres caracteres contienen en sí mismo los 69.384 ideogramas del Sutra, que hablan del vasto universo interior que posee cada individuo y su unidad indisoluble con la naturaleza y el cosmos.

Kanji

Los kanjis son los ideogramas utilizados en la escritura del idioma japonés que, junto con los silabarios hiragana y katakana, son utilizados para expresar conceptos, de allí que a cada kanji le corresponda un significado y se usa como determinante de la raíz de la palabra y según el tono de su pronunciación varía su significado. Los ideogramas kanji, originalmente estuvieron inspirados en la observación de la naturaleza y están nutridos de un profundo sentido filosófico. Plasmarlos en tablillas de bambú y posteriormente en papel de arroz, constituyó un verdadero camino de realización personal y espiritual, así como de una especial actitud ante la vida y la sociedad, por eso la caligrafía japonesa se considera un arte y una disciplina en busca de la perfección.

En la caligrafía, ejecutar el trazo requiere de una extrema concentración mental

En 1990, en ocasión de una visita a Japón, tuve la oportunidad de observarel lenguaje corporal de un calígrafo en el momento de trazar un ideograma sobre pliegos de papel blanco colocados sobre un tatami. Recuerdo su actitud concentrada y los momentos en que repentinamente atacaba al papel sin lograr su propósito, que no era otro sino plasmar sus sentimientos, rompiendo uno tras otro los trazos ejecutados, al no lograrlo.  Este arte se practica a la usanza milenaria, con pinceles y una barra de tinta (Sumi-e). Es una técnica de escritura que utiliza caracteres kanji y hiragana. Además de requerir una gran precisión por parte del calígrafo, cada caracter debe ser escrito según un trazo específico, lo que implica una rigurosa disciplina. Debido a que el trazo no admite corrección, el gesto requiere de una extrema concentración mental, de manera que el cuerpo del calígrafo transmita su energía a la muñeca y mano para hacerlas converger armoniosamente en el pincel. De allí que, un maestro calígrafo, en su intento de trazo único de un ideograma, pueda hacerlo de una sola vez o pasar días o semanas en el intento, meditando sobre el papel o vacío, mientras lo ensaya mediante movimientos corporales que asemejan a una danza. Cuando visité la colección de caligrafías antiguas, modernas y contemporáneas de la Fundación Mainichi Shodokai, en el Museo Guimet de París, entendí por qué dicha colección está englobada bajo el título: El papel vivo.  

Dentro de este arte encontramos la tendencia caligráfica de poesía moderna o Kindai Shibunsho. Esta se realiza pintando ideogramas inspirados en la observación de una escena: un paisaje o un acontecimiento como puede ser la puesta del sol entre dos edificios de Tokyo. Los ideogramas Kindai Shibunsho, mezclan las impresiones de un mundo hecho de sensaciones, sueños y todas las bellezas de una elusiva estética real o sobrenatural que inundan la vida, donde el vacío se llena simbólicamente de inagotables momentos poéticos capturados en vivo por el calígrafo y que necesariamente deben ser percibidos por el observador o lector. Si no es así, no ha logrado su propósito.

Rigurosa disciplina del cuerpo, perfecta comunión entre la mente, el papel y la tinta, la acción del calígrafo no deja lugar a dudas, nada se deja al azar y no permite el arrepentimiento. En la caligrafía japonesa, cada línea expresa un significado y cada trazo encarna la vida del calígrafo. Este debe conducir su inconsciente al pincel ya que cada ideograma posee una dimensión sagrada, con la que el autor se ha conectado en ese instante y lo expresa con tinta sobre el papel en un gesto único e irrepetible.

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[1] Daisaku Ikeda, La grande citadelle de l’ecrit, Valeurs humaines, N° 107, sep 2019, ACEP, France.

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La violencia en Venezuela

Una Fotografía de hace 60 años

Edgar Cherubini Lecuna

París, enero 2020

En 1958, después de haber derrocado a la dictadura militar de Pérez Jiménez, los venezolanos comenzaban a reconstruir la democracia a través de serias negociaciones y acuerdos entre las diversas tendencias para un entendimiento político y la reconstrucción de las instituciones, cuando irrumpieron violentas acciones armadas provenientes de militares y civiles de izquierda, alentados por la dictadura cubana, pieza caribeña de la URSS en el tablero de ajedrez de la Guerra Fría. Fidel Castro, el artífice de todas las conspiraciones, trataba de impedir el establecimiento de la democracia promoviendo la subversión en el país.

Lo vivido y registrado durante los años 60 en Venezuela, se proyecta calamitosamente en el presente como resultado del imaginario de la izquierda en ese entonces. Se trataba de imponer por las armas el comunismo cubano, inspirado a su vez en el estalinismo soviético. Es imposible pensar que estos hombres y mujeres, muchos de ellos de brillante inteligencia, no estuvieran informados y conscientes de lo que el socialismo real estaba perpetrando en el mundo: de los 20 millones de disidentes asesinados en la URSS, los 65 millones de asesinatos políticos en la República Popular China, de los 2 millones en Corea del Norte, del millón en los regímenes comunistas de Europa oriental o en los campos de la muerte en Camboya. No hay espacio suficiente para exponer las estadísticas del horror de los regímenes comunistas que inspiraron y motivaron a esos subversivos. Es una pregunta muy inquietante.

De haber triunfado la guerrilla en esos años, el resultado hubiera sido aún más terrible, ya que importantes cuadros fueron enviados por La Habana a entrenarse militarmente e inspirarse en los programas sociales de los Khmers rouges en Camboya. Cuando los Jémeres Rojos tomaron por asalto el poder, su líder, un sicópata conocido como Pol-Pot, formado en Francia, ordenó la confiscación de todas las propiedades privadas y el traslado a la fuerza de los habitantes de las zonas urbanas concentrándolos en granjas colectivas donde, según él, surgiría el “Hombre nuevo”. En el programa de trabajos forzados para recuperar la agricultura, murieron 1.900.000 personas en solo tres años, aparte de las ejecuciones sumarias que ascendieron a más de 300.000 en cuestión de semanas. Un genocidio en nombre de una visión denominada “El paraíso verde”, muy parecido al “Mar de la felicidad”,  a la “Revolución bonita” o al “Hombre nuevo chavista”, que años después adoptaría Chávez, repitiendo el perverso guión orwelliano del comunismo.

Como la democracia respeta y promueve la diversidad política, en 1969 se puso en marcha el proceso de pacificación, que dio como resultado que guerrilleros, terroristas y secuestradores se reintegraran a la sociedad. Sin embargo, salvo contadas y honrosas excepciones, la mayoría de estos hombres y mujeres continuaron conspirando y recibiendo instrucciones desde Cuba. Algunos exguerrilleros despachaban desde las cómodas esferas de la administración pública donde habían sido recibidos sin trabas ni represalias, los mismos que conspiraron junto a Chávez y militares de izquierda en los golpes de Estado sucedidos en 1992 y que, a partir de 1998, estando Chávez en el poder, mordieron la mano a quienes les dieron de comer y apoyaron la demolición del Estado y de la infraestructura productiva del país, la exclusión y persecución de los opositores y la confiscación de la libertad. Fue una gran ingenuidad creer que esa izquierda resentida cesaría sus actos subversivos contra la república. El cinismo y la mentira a la que nos han habituado durante estos últimos veinte años nos impiden creerles que ahora, en medio del desastre humanitario que han creado y debido al cerco democrático internacional, deseen de nuevo vivir en democracia después que la destruyeron con saña y perversidad. Como si la fábula del escorpión y la rana fuese una ficción y no la cruda realidad en estos personajes.

Lo que acontece hoy en Venezuela no solo es responsabilidad de la izquierda. El pacto de los partidos democráticos en los años 60, no fue lo suficientemente riguroso y efectivo en el tiempo debido a que las herramientas de búsqueda de conceptos, estrategias y soluciones colectivas concertadas para aglutinar al país en una causa común, en un destino común de democracia y desarrollo, degeneraron durante la cuarta república en individualismo, populismo y corrupción, sin reposicionar el modelo rentista del Estado petrolero, fuente de enriquecimiento de los políticos y de las élites a la sombra de los sucesivos gobiernos, fueran democráticos o dictatoriales.

La miopía de los partidos políticos que había debilitado en extremo la democracia, sumando a esto la ignorancia e inmadurez política de los venezolanos y a la voracidad de ciertas élites que deseaban acceder a las mieles del poder, propiciaron la construcción del escenario ideal para que la sociedad se sintiera embelesada por un nuevo caudillo militar, el mismo que había comandado un golpe de Estado, un justiciero que acabaría con la pobreza y la corrupción.  En realidad, era una pieza de Fidel Castro disfrazado de demócrata, que una vez electo demolería la institucionalidad democrática, incluyendo la que aún quedaba en el ejército, invitando a Cuba a ocupar el país sin disparar un solo tiro. Allí se inició la vuelta al futuro de los objetivos que se habían propuesto esta misma gente en la década de 1960. Cumplieron con éxito sus metas, que hoy estamos padeciendo: la violación masiva de los derechos humanos, las muertes a consecuencia de la escasez de alimentos y medicinas, el terrorismo de Estado con sus 25.000 personas asesinadas anualmente, producto de la inseguridad y la violencia adoptados como política de un régimen que ha propiciado que militares y grupos de civiles armados denominados “colectivos”, asedien, repriman, secuestren, encarcelen, torturen y asesinen a quienes se les oponen. Estas últimas son las mismas UTC o Unidades Tácticas de Combate, creadas en los años 60 por la guerrilla urbana: una liga compuesta por delincuentes, guerrilleros y militantes con el objetivo de controlar los espacios y a los habitantes de cada barrio en las principales ciudades del país, con la notable diferencia que es ahora el Estado y el alto mando militar quien las nutre de armas, recursos y les da órdenes para que actúen con absoluta impunidad.

Voy a utilizar el símil de la fotografía corporativa, ya que es habitual la foto en grupo frente a un determinado paisaje o motivo cuando se ha llegado a la meta o cuando se han cumplido los objetivos de una organización. El motivo de esta fotografía tomada hace 60 años, negativo que fue revelado en 1998 con el triunfo de Hugo Chávez, muestra en primer plano al grupo que ha causado con éxito la destrucción de la nación y sus recursos, el desastre humanitario y la diáspora de 5 millones de venezolanos. En segundo plano de la imagen se observan los cientos de miles de millones de dólares robados durante estos 20 años de revolución socialista, los carteles del crimen organizado que conviven en el país controlando el territorio y los nexos con organizaciones terroristas internacionales a los que se les ha permitido usufructuar nuestras riquezas. El ideal totalitario y el terrorismo de Estado que en los sesenta deseaban fervientemente los ideólogos del exterminio, se cumplió. Lo que observamos no es otra cosa que una fotografía forense.

Esta y otras treinta reflexiones y testimonios las encontrará el lector en el libro La violenta década de los sesenta en Venezuela, una compilación de testimonios, libres de todo corsé académico, realizada por Enrique Viloria Vera,  José Pulido y Petruvska Simne, publicado en 2020 por Barra Libros Editores.  En la introducción se lee: “Esta década venezolana no ha podido ser más violenta, más cruel y sanguinaria, y lo que es peor, una generación de jóvenes sacrificados, inmolados en el indolente altar del castro comunismo. Ciertamente, la monserga, la prédica, el inhumano consejo del Che Guevara a sus correligionarios alzados en armas, fue aplicado a rajatabla en el país: “El odio como factor de lucha; el odio intransigente al enemigo, que impulsa más allá de las limitaciones naturales del ser humano y lo convierte en una efectiva, violenta, selectiva y fría máquina de matar”. ¿No es acaso lo que viven los venezolanos en el presente?

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El Arte es un dínamo social y económico

Edgar Cherubini Lecuna

París, enero 2020

Es una desdicha que Venezuela se haya quedado rezagada con relación al dinamismo cultural de otras sociedades. El régimen chavista agotó inmensos recursos y un valioso e irrecuperable tiempo en copiar el fracasado modelo cubano y en imponer mitos populistas que contradicen toda creación de valor. En lugar de invertir en conocimiento, una camarilla gansteril robó y despilfarró 900.000 millones de dólares y después de 20 años a la deriva, sin objetivos de desarrollo, donde destruyeron la cadena ecológica de la democracia y sus valores culturales, el país está comenzando a estremecerse en su propia fragilidad.

Sin entrar a analizar las poderosas economías creadas por la inversión en conocimiento, muchos países se nutren de nichos económicos relacionados con la cultura y las artes a sabiendas de que son poderosos motores de sus economías y contribuyen a su posicionamiento mundial. Veamos a continuación algunos ejemplos de esto último.

Pese al clima de agitación social que vivió París el año pasado, el museo del Louvre recibió a 9 millones de visitantes y organizó 500.000 visitas guiadas a estudiantes. Otros espacios culturales no se quedan atrás, el Musée d’Orsay acogió a 1.584.026 visitantes y el Centro Pompidou a 1.038.832, mientras que La Villette vendió 1.423.170 entradas de Tutankhamon y para la exposición de Leonardo Da Vinci, a inaugurarse en febrero, se están vendiendo 100.000 entradas diarias.  En Italia, el conjunto de sus museos acogió a 50 millones de personas. Por su parte, el Museo del Prado en Madrid, el año pasado aumentó las visitas a 3.353.685 y aporta, en el ámbito de la economía y empleo en España, unos 745 millones de euros. En su informe anual, la institución que cuenta con un presupuesto anual de 45 millones, estima en unos 25 millones la contribución directa, unos 607 millones la indirecta y en 113 millones en los sectores de entretenimiento, transporte, proveedores, hostelería y restauración.  

En los países desarrollados, el sector cultural y artístico es tomado tan en serio que, en los Estados Unidos, su contribución a la economía representa el 4.2% del PIB de ese país.  Para citar algunas cifras, los museos en EE. UU. generan ganancias por el orden de los US$ 5.300 millones y el comercio de Arte 21.000 millones. En una ciudad de 8 millones de habitantes como lo es New York, según el Center for an Urban Future, el sector creativo emplea a más de 300.000 personas. Otro aspecto interesante es el de los 133.895 miembros, entre donantes y abonados del Metropolitan Museum de NY (el Louvre cuenta con 60.000 amigos) que proporcionan solidez a los fondos de la institución acumulando el año pasado US$ 3.200 millones producto de donaciones.

La inversión en cultura y artes es el camino hacia la prosperidad de cualquier sociedad, de allí que los montos destinados a la construcción de complejos culturales en el mundo entero en 2017 fueron de 9.900 millones de Euros, añadiendo el Louvre Abu Dhabi. En 2019, la suma de 8.000 millones se distribuyó en 58 proyectos en EE. UU., 44 en Europa y 26 en Asia y Medio Oriente, incluyendo el He Art Museum que en la actualidad proyecta el arquitecto japonés Tadao Ando en Forshan, China, así como los 17.000 m2 del Hayy Creative Hub en Djeddah, Arabia Saudita.

A las cifras anteriores hay que añadir el negocio que representa la producción de las 140.000 exposiciones que se inauguran cada año en museos y galerías en el mundo entero, monto que asciende a los 5.900 millones de US$.

El mercado global del arte facturó en 2018 US$ 67.700 millones y se estima en US$ 70.000 millones en 2019. El arte se ha convertido en un verdadero fenómeno de las finanzas y economías mundiales. Sobre esto último cabe decir que en 2019 se vendieron 71.400 obras de arte contemporáneo, algunas por cifras records en la historia del arte, como el Rabitt de Jeff Koons, subastado en US$ 91 millones, Portrait of an Artist de David Hockney en US$ 90 millones y el Devolved Parliament (los simios en el parlamento inglés) del anónimo Banksy, US$12 millones (£9.9 millones). Debido a los altos montos que mueve este mercado, las casas de subasta como Sotheby’s y Christie’s mantienen al día sus directorios de los Ultra High Net Worth Individuals (UHNWI), un pequeño segmento social de las élites mundiales que se trasladan de país en país adquiriendo obras de arte después de haber entendido que les resulta más rentable que invertir en la bolsa de valores. Mágicamente transforman objetos de arte en activos de alto grado de inversión.

Después de este breve recuento de cómo en las democracias liberales donde impera la economía de mercado el acontecer artístico contribuye a sus economías, nos damos cuenta de que Venezuela se ha quedado rezagada de esta dinámica global, en contraste con la intensa actividad cultural y artística del país durante el período democrático, cuando Venezuela aparecía en los titulares de las secciones culturales de los más importantes medios del mundo. Después de estos veinte años de ignominia y pobreza mental, el país ha desaparecido del escenario artístico internacional. Hoy solo es mencionado en las páginas rojas de los diarios internacionales debido a la crisis humanitaria, a las investigaciones sobre corrupción de la corporación criminal que lo gobierna, a sus alianzas con organizaciones terroristas, a la destrucción de la selva amazónica y a la orfandad y violación de los Derechos Humanos que padecen los venezolanos.

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Muerte a las palabras y a las caricaturas

Edgar Cherubini Lecuna

París, enero 2020

Hace cinco años, el siete de enero de 2015, un comando terrorista irrumpió en la sala de redacción del semanario Charlie Hebdo, donde se encontraban reunidos su director Stéphane Charbonnier con la plantilla de redactores y los destacados caricaturistas Cabu y Wolinski, todos fueron masacrados al grito de “Allahu akbar” (Allah es el más grande), proferido entre ráfagas de kaláshnikovs. El editorial de L’Echo, al día siguiente del atentado, tituló así: “No solo ha sido herida mortalmente la libertad de prensa sino los valores de la República”. Thierry Desjardins, director adjunto de Le Figaro escribió al día siguiente del atentado: “Los islamistas pretenden destruir la civilización occidental, la democracia, los derechos del hombre, la igualdad entre hombres y mujeres, el progreso como nosotros lo concebimos”.  Francia no termina de comprender que la concepción de la Jihad o guerra santa contra los infieles, que pretende la creación de un califato mundial, está multiplicando sus asaltos en su guerra a muerte contra Occidente. El islam fundamentalista no acepta críticas y considera enemigo e infiel a todo aquel que piense diferente a sus dogmas.

Charlie Hebdo, ya había sido víctima de atentados y hostigamientos, entre otros el incendio de su sede, debido a que desde 1970 ha mantenido una línea editorial caracterizada por un humor incisivo y una crítica mordaz hacia cada gobierno de turno, políticos, empresarios, la iglesia, los judíos y en especial el islam radical, siendo sus icónicas caricaturas fuente de comentario en todos los bistrots de Francia. Sus denuncias sobre corrupción han contado siempre con fuentes bien documentadas, por lo que presidentes, empresarios y políticos le temen.

Entre las caricaturas sobre el Islam que supuestamente provocaron el ataque de ese día, se destacaba una en la que Mahoma, arrodillado y maniatado, está a punto de ser degollado por un encapuchado, a quien el profeta le dice: “Yo soy el Profeta, idiota!”, a lo que el verdugo responde “¡Jódete, infiel!”, queriendo expresar con esto la psicopatía de los yihadistas del ISIS, quienes incluyen entre sus enemigos no solo a judíos y cristianos, sino a musulmanes Chiitas y sectas que no aceptan la Sharia o Ley Islámica.  

Una caricatura, mas allá́ del humor, sea este cínico o irreverente, es en el fondo una reflexión inteligente sobre el acontecer de nuestra sociedad. El caricaturista, dotado de una visión aguda e incisiva, es el traductor de los sentimientos de impotencia y, a veces, de indignación de los lectores víctimas de los abusos del poder o ante cualquier hecho o noticia que les cause desasosiego. Eso no tiene cabida en la dogmática moral musulmana y sus equivalentes en Occidente del fascismo y el comunismo, en fin, de todos los totalitarismos que tratan de imponer una visión unilateral y reduccionista al resto de la sociedad, acompañada por un lenguaje que se afirma en el resentimiento, el odio y la violencia contra aquellos que no comparten su visión del mundo. Es parte de una psicopatía política que busca destruir el derecho y la libertad de pensamiento, negando la construcción de la verdad social, que en democracia es el producto del conjunto de subjetividades que la conforman. Es por eso por lo que André Glucksmann, se refiere al “terror como la última ratio de cualquier estrategia totalitaria”.

Volviendo a la terrible efeméride de hoy, reproduzco un extracto del editorial del diario El País con el que se pronunció ese día sobre el ataque contra Charlie Hebdo: “Sin libertad de expresión no hay democracia, los fanáticos, los bárbaros que han atacado a Charlie Hebdo, son, simplemente, enemigos de la democracia, es decir, de nuestra civilización”.

Pienso que, frente al mal y el silencio que éste trata de imponer, el individuo es impulsado a afirmar su humanidad y su dignidad armado de palabras (…y de caricaturas), como un dictado infalible de su propia supervivencia espiritual, moral y cultural, con las que ejerce plenamente su libertad.

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