El anti-David

Jeff Koons, «Rabbit», 2019

El anti-David

Edgar Cherubini Lecuna

Paris, julio 2019

Al desmembramiento de las certezas y valores que padecemos en el presente, hay que añadir la confusión promovida por el “se vale todo” en el arte, lo que ha ocasionado una crisis de valoración estética promovida por mercaderes de propuestas insulsas. Esto ocurre en un mercado del Arte globalizado, cuyo  desarrollo ha alcanzado proporciones colosales y cuenta con un portafolio multinacional de artistas, ferias, galerías, marchantes, subastas, mecenas y coleccionistas. El balance anual del Maastricht Art Market Report (TEFAF), revela que las ventas globales de arte en 2018 ascendieron a 67.400 millones de US$. Un verdadero fenómeno financiero del siglo XXI.

Este mercado está influenciado por los Ultra High Net Worth Individuals (UHNWI), un segmento social de las élites mundiales que han entendido que adquirir una obra de arte resulta más rentable y menos riesgoso que colocar sus capitales en la bolsa de valores.  Éstos, a su vez, transforman mágicamente objetos de arte en activos de alto grado de inversión, la mayoría de los UHNWI apuntan a obras y artistas conocidos, mientras que otros apuestan a los más promocionados. Es notorio que estas estrategias de marketing con las que promueven artistas y obras en la actualidad, son orquestadas por alianzas entre galeristas, grupos financieros y medios especializados, para persuadir a gente desinformada a preferir, en muchos  casos, lo falso a lo verdadero, lo insustancial a lo valioso.

Observamos con desconcierto y a veces con indignación, como simples objetos, sean bolsas de basura repletas de desechos, felpudos usados, cajas de zapatos o animales disecados son calificados por curadores y críticos como “obras de arte”.  Basta citar como ejemplo, el cadáver de un tiburón sumergido en una pecera con formol o la calavera del artista inglés Damien Hirst, titulada For the Love of God, vendida en 50 millones de libras esterlinas (US$ 65 millones) en 2008. Obras que junto con sus exorbitantes precios, forman parte de un mercado que contribuye a la confusión reinante en el arte.  

El creciente desconcierto está opacando a los verdaderos discursos del Arte contemporáneo, incluyendo el de jóvenes artistas con investigaciones y propuestas innovadoras entre los que se vislumbran visionarios y precursores de una nueva estética, pero los curadores y galeristas insisten en promocionar bodrios sin sentido que produzcan dividendos. En muchos stands de las últimas ferias de arte que he visitado, donde uno no sabe si estaba observando una exposición de decoradores, artesanos o bromistas, he notado que a los “instaladores” les ha dado por colocar valijas apiñadas, las mismas que vimos en pasadas ediciones de la Bienal de Venecia, las encontramos en parecida versión en otras ferias, junto a ramas y troncos cortados de árboles o plantas dispuestas en hilera como si visitáramos un vivero o los espejos, que son un déjà-vu, sin hablar de los mobiliarios de baño, poltronas y sofás dispuestos como en una sala de visita en los stands, siendo esto último la nueva idea fija que tienen estos pseudo artistas. Muchas de las llamadas obras de arte e instalaciones “vanguardistas” o “posmodernas”, sin ningún discurso conceptual que las sostenga, no son otra cosa que trampas caza bobos armadas por arribistas, curadores y galeristas con muchas agallas y poco miedo al ridículo. Hay un viejo refrán popular que dice: “Donde hay un timador, hay un incauto”. Es una trapacería, no hay otra palabra para definir a unos autodenominados “artistas”, fabricantes de desaguisados. El arte corre el riesgo de convertirse en una banalidad.

¿Cuál es el origen de este despropósito? Cuando Marcel Duchamp (1887–1968), cuestionó el academicismo en el arte y en 1917 expuso un urinario de porcelana que tituló Fountain, bajo el concepto ready-made art, dio inicio, sin proponérselo, a que muchos otros se sintieran con licencia para matar el arte.  En ferias y galerías nos encontramos con vulgares imitadores de Duchamp, Ray, Picabia, del Dadá o del pop Art de la década de los 50, 60 y 70, de los que ya hemos visto obras similares hasta la saturación, pero que estos exponentes del disparate nos tratan de vender como algo novedoso. Críticos de arte, periodistas culturales y curadores que convierten lo banal y nulo en vanguardia, no hacen otra cosa que invitar a la gente a vivir en el mundo de la estupidez y la confusión. Si bien, el arte debe ser completamente libre por tratarse de un mecanismo de expresión del que dispone cualquier individuo, debe existir al menos una dosis de ética o al menos de pudor en el artista en relación a las obras que exhibe. 

El anti-David

Esta hecatombe de extravagancias llegó a su paroxismo este año. En la subasta organizada en el mes de mayo por la casa Christie’s de Nueva York se vendió la escultura de Jeff Koons titulada «Rabbit» en 91.1 millones de dólares, un récord histórico para un artista vivo. Se trata de una pieza de metal que imita la forma de un globo al que se le ha dado la apariencia de un conejo. Para entender los alcances de este artificio e indignarse con sobrada razón, basta escuchar lo que Alex Rotter, el arrogante director de arte contemporáneo de Christie’s, dijo sobre esta obra: «Rabbit es la pieza más importante de Jeff Koons. Iría aún más lejos, es la escultura más importante de la segunda mitad del siglo XX. Es el final de la escultura, es el anti-David, como yo lo llamo», afirmó sin pudor. Así de sencillo quedó eclipsada la obra maestra de Miguel Ángel, por un puñado de dólares.

Jean Clair, pensador francés, historiador de Arte, antiguo director del Musée National d’Art de Paris, ex conservador del Centre Pompidou y ex director de la revista de vanguardia «L’Art Vivant», se pregunta: “¿Por qué está prohibido mencionar el término «engaño» sobre este tipo arte, sin que se lo considere a uno reaccionario?”. Como afirma Baudrillard, el “arte apuesta a esa incertidumbre, a la imposibilidad de un juicio de valor estético fundado, y especula con la culpa de los que no lo entienden, o no entendieron que “no había nada que entender”. Esta paranoia cómplice del arte hace que ya no haya juicio crítico posible, sólo un reparto amistoso de la nulidad”. 

En una entrevista reciente (Nicolas Ungemuth, Les vérités de Jean Clair, la sentinelle intellectuelle, Le Figaro, 05/07/2019), Clair calificó de “abortos” las obras de Koons y denuncia sin ambages: “Esto es obra de un sistema financiero, muy inteligente, que hace que las obras tengan un valor agregado más fuerte y más rápido de lo que carecen, es decir, del valor estético o espiritual. A esto le llamo la «titulización de la nada», pero esta “titulización” (en el sentido del término bancario) solo es posible si las obras en sí no tienen un valor intrínseco. Los banqueros lo saben muy bien. Llevar las obras existentes al mercado debido a sus cualidades artísticas y estéticas nunca conducirá a las extraordinarias hazañas de las subastas que permiten lograr precios alucinantes como las obras de Koons. Esta falsificación original hace posible todas las demás imposturas y todas las demás corrupciones”.

Pero el caso de Hirst o de Koons, son apenas  dos entre muchos ejemplos de la superficialidad y banalidad que han atizado la cáustica voz de Avelina Lésper: “¿Qué hacemos con el arte? Decir abiertamente que ni el discurso, ni las intenciones, ni las grandes sumas de dinero convierten en arte a objetos sin inteligencia, factura y belleza, que la condición de arte está por encima de intereses ideológicos y económicos. Dejemos la hipocresía de las buenas intenciones y aceptemos que el arte está padeciendo a sus mercenarios, gente que lo ha convertido en un instrumento ideológico y económico, que han hecho de su mediocridad un arma, y que son artistas del chantaje social”.  


Miguel Ángel Buonarroti, David (1501-1504), Florencia

Haciendo frente al arte de la vulgaridad, existen voces reflexivas como la de Roger Scruton: “La belleza es un valor, tan importante como la verdad y la bondad. Pero en el siglo XX, la belleza dejó de ser importante. El arte apuntó a perturbar y romper tabúes morales, no era la belleza sino la originalidad, por mucho que se lograra y a cualquier costo moral, lo que ganaba los premios. No solo el arte ha hecho un culto a la fealdad, la arquitectura también se ha vuelto sin alma y estéril, y no es solo nuestro entorno físico lo que se ha vuelto feo. Nuestro lenguaje, nuestra música y nuestros modales son cada vez más escandalosos, egocéntricos y ofensivos. Como si la belleza y el buen gusto no tuvieran un lugar real en nuestras vidas”.

Pese a esta invasión de los Goliat del arte de la estulticia que acabamos de resumir, los coleccionistas informados y el público sensible al verdadero arte, ese que genera belleza, emoción, pensamiento y reflexión, siempre acudirán a las fuentes estéticas y a los artistas contemporáneos dotados con discursos coherentes, porque tienen la certeza que sus obras son las que van a perdurar en el futuro, como hasta hoy ha perdurado el David.

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De la ópera muda al monólogo abstracto

Robert Wilson – Philip Glass, escena de la ópera Einstein on the Beach (1976)

Robert Wilson

De la ópera muda al monólogo abstracto

Edgar Cherubini Lecuna

París, julio 2019

Antes de comentar la más reciente obra de Robert Wilson, Mary Said what She Said, que presencié hace unos días en el Espace Cardin del Théâtre de La Ville de París, voy a comenzar por tratar de resumir la sorprendente historia de este genio del teatro contemporáneo, ya que para juzgar esta singular puesta en escena sobre María Estuardo, reina de Escocia, hay que remontarse a los orígenes de su creador.

Robert Wilson, nace en Waco, Texas, en 1941. Hijo de un estricto e intolerante abogado, alcalde de la ciudad, y de una madre “presente pero ausente”, como él mismo lo indica. Diagnosticado como autista por el médico de la familia, en realidad era un niño ensimismado, tartamudo y retardado, lo que hacía empeorar la relación con un padre tan exigente.  Siendo un adolescente solitario, logra corregir su grave problema de tartamudeo gracias a Byrd Hoffmann, un psicólogo que utilizaba la danza como terapia. Wilson lo recuerda con infinito agradecimiento: “Aprendí con él a entender y controlar mi cuerpo, a moverme y hablar en cámara lenta, de esa forma comencé a estructurar mis pensamientos y comencé a expresarlos con palabras fluidas” (Katharina Otto-Bernstein, Absolute Wilson, 2006). Desde entonces, el ralentí o movimientos, a lo cámara lenta, estarán presente en todas sus obras. A los 20 años, decide irse de su casa para estudiar en la escuela de arte y diseño Pratt, en Brooklyn (NY). Para costearse sus estudios, trabajaba en asilos de Nueva York cuidando niños con discapacidades mentales y en estado catatónico, oficio que muy pocos querían realizar. Al egresar de Pratt, realiza pasantías con John Cage, Andy Warhol, George Balanchine y Martha Graham.

Robert Wilson
© Photography Yiorgos Kaplanidis

Wilson cuenta que cuando vivía en Waco, fue testigo de la exacerbada segregación racial de ese entonces.  Un día presenció una escena de ensañamiento de cuatro policías contra un niño negro sordomudo llamado Raymond Andrews, eso lo marcaría de por vida. En 1968, después de muchas gestiones, logra su adopción. Ese mismo año, adopta a un adolescente esquizofrénico, Christopher Knowles, para sacarlo del sanatorio donde se encontraba recluido, con ambos funda la compañía de teatro «Byrd Hoffman School of Byrds», en memoria del psicoterapeuta que lo ayudó a hablar de manera normal y a estructurarse mentalmente. El resto de la troupe estaba compuesta por discapacitados de los sanatorios y hospitales públicos de Harlem. Con ellos produce varias obras pioneras del teatro contemporáneo: The King of SpainThe Life and Times of Sigmund Freud (una obra de 12 horas), ambas en 1969, la ópera silenciosa Deafman Glance (1971) y la obra KA Moutain y Guardenia Terrace (1972), escenificada en Irán durante siete días seguidos. En 1975, Wilson comenzó a trabajar con el compositor Philip Glass la ópera Einstein on the Beach, estrenada en 1976. Le siguen otras ochenta y cinco obras, entre las que destacan: Civil War (1984) escenificando cada uno de sus tres actos en tres países diferentes; Doktor Faustus (1989); Orlando (1993); Shakespeare’s Sonette (2009); entre otras.  Veintisiete de sus obras se encuentran actualmente en cartelera en media docena de países.


Algunos de los integrantes de The Byrd Hoffman School of Byrds (1970)

Sobre Deafman Glance o La mirada del sordo (1970), Wilson dice: “Fue el primer trabajo teatral que escribí y realicé en colaboración con un adolescente sordomudo. Desde el primer momento entendí que ese niño estaba dotado de una gran inteligencia. A pesar de que era un analfabeta, nos entendimos perfectamente ya que el pensaba en imágenes y signos. (…) A menudo señalaba cosas que yo no observaba, porque uno siempre está preocupado por las palabras y sus significantes, lo que uno habla y escucha, sin percibir el entorno. Titulé este primer trabajo: Deafman Glance”. (K Otto-Bernstein, 2006). Es con esta obra que Wilson se hará famoso en todo el mundo. Conocida en francés como Le regard du sourd o La mirada del sordo, estrenada en París en 1971. Después de asistir al estreno, Louis Aragon (1897-1982), uno de los fundadores del Surrealismo, escribe la conocida Lettre ouverte à André Breton sur le regard du sourd, la science et la liberté, expresando que “esta ópera muda es la obra más hermosa y conmovedora que he presenciado en mi vida”. Aragón se convertirá en uno de los admiradores y mejores amigos de Wilson.

Una escena de Deafman Glance (1970)

Su otro ayudante y escenarista es Christopher Knowles, quien estaba internado en una institución para niños psicóticos hasta que Wilson lo conoció y trabó amistad con él: “La institución, su familia, todo el mundo trataba de conducirlo a una vida normal, ya que lo único que hacía todo el día era teclear en una máquina de escribir eléctrica con la que, mediante la repetición de letras con el negro y rojo de la cinta creaba fantásticos diseños e inventaba lenguajes. Yo encontré que lo que este niño hacía era de una gran belleza”. 

Robert Wilson actuando en Letter to the Queen Victoria (1974), escenografía de Christopher Knowles. En los telones se aprecian fragmentos de la lengua inventada por Knowles mientras estuvo recluido en el hospital psiquiátrico.

Wilson adopta a Knowles y a partir de allí formará parte de su equipo de producción. Es notable el escenario de Letter to the Queen Victoria (1974), realizado por Knowles utilizando los mismos diseños que solía hacer mientras se encontraba recluido en el sanatorio. En los telones se aprecian los textos en la lengua inventada por Knowles. Cuando le preguntaron a Wilson el por qué lo había adoptado, respondió sin ambages: “Porque él es incapaz de mentir”.

La mayoría de las obras y escenarios de Wilson están inspirados en acontecimientos de su niñez y adolescencia. Ante la pregunta de un crítico de teatro sobre esa fijación, Robert Wilson, parafraseando a Baudelaire, respondió: “El ingenio consiste en atreverse a recuperar la infancia”.

Un monólogo abstracto

Mary Said what She Said, es el título de la más reciente obra dirigida por Robert Wilson. Mary Stewart o María Estuardo, mujer de gran belleza y sensibilidad, fue la Reina de Escocia y de las Islas, Reina de Francia y pretendiente al Trono de Inglaterra. En vida, la Reina María se propuso erradicar el protestantismo y edificar un reino católico, misión que le costó 19 años de prisión, acusada por sectores protestantes allegados a la Corona de una supuesta y nunca comprobada participación en un complot para asesinar a su prima, la reina Elizabeth I de Inglaterra. Durante todo ese tiempo, a la prisionera no le fue permitido ver a su hijo, de apenas ocho meses cuando fue condenada a prisión, siendo recluida en diversas torres y castillos, para evitar así las concentraciones de los nobles católicos que reclamaban su libertad. Mary Queen of Scots es decapitada en Fotheringhay Castle, el 17 de noviembre de 1558. La leyenda cuenta que su cabeza, al desprenderse de su cuerpo, no cesó de mover los labios, como si estuviera hablando. De allí que la obra, más que un monólogo es una declamación intencionalmente repetitiva que de tanto en tanto adquiere un ritmo delirante, acompañado de la música concebida por Ludovico Einaudi y la singular escenografía minimalista de Wilson. El guión es de Darryl Pinckney, inspirado a su vez en la biografía de María Estuardo de Stefan Zweig.  

Isabelle Huppert en Mary Said What She Said, París, 2019

La dirección de Robert Wilson convierte la tragedia de María Estuardo en una intensa y hermosa reflexión sobre la vida de esta altiva mujer, plena de detalles tanto poéticos y glamorosos, como infelices y turbios, al hacernos partícipes de la intimidad de sus sentimientos expresados en cartas y poemas, en ritmo con una coreografía insistente que comienza con un exacerbado ralentí de la protagonista, para después pasar a repeticiones que acompasan la voz y la prodigiosa energía de la actriz francesa Isabelle Huppert. Wilson dice que ella posee el don de “pensar de manera abstracta”. En su soberbia actuación, Huppert nos conduce por la laberíntica historia de María Estuardo, logrando que en ningún momento sintamos abatimiento por su suerte sino por el contrario, los atónitos espectadores fuimos imbuidos del orgullo de quien el día antes de su ejecución, inspirada en su inconmovible fe, exclamó: “En mi final, está mi comienzo”.

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