Niña secuestrada por un contingente de las FARC en El Caguán, Colombia

 

Los niños invisibles de Colombia

Edgar Cherubini Lecuna

París, Septiembre 2017

Desde hace más de cincuenta años, las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC), han estado en guerra contra el Estado, manteniendo en jaque a la sociedad colombiana. A este escenario de conflicto bélico se sumaron el Ejército de Liberación Nacional (ELN), poderosos carteles de la droga y grupos paramilitares como el AUC. En el presente se habla de una posibilidad para la paz, no exenta de exabruptos políticos y de oscuros acuerdos fabricados en Cuba. En esta larga historia de violencia, la aparición de los niños soldados es una de sus indignantes consecuencias, que hoy diversos factores políticos tratan de ocultar.

Para entender la situación de los niños y adolescentes en el conflicto colombiano, tomemos como ejemplo un parte de guerra del año 2.000: “El ejército colombiano cercó la columna Arturo Ruiz, de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia FARC- EP, en medio de la operación Berlín, en Suratá, Santander. Allí murieron 100 personas y fueron capturadas 90, de las cuales 72 eran menores de 18 años” (Ximena Pachón C., La infancia perdida en Colombia: los menores en la guerra, Universidad Nacional de Colombia, 2009).

Pero basta con recordar el informe que en el año 2004 ofrecieron una docena de organizaciones humanitarias, entre las que se encontraban Human Rights Watch, Save the Children y UNICEF, donde estimaban un promedio de 11.000 niños, niñas y adolescentes reclutados por los ejércitos guerrilleros de las FARC, el ELN y las Autodefensas Unidas de Colombia AUC. Los menores, con edades comprendidas entre 9 y 16 años, entrenados para el combate y manipulados psicológicamente, han sido utilizados para acciones de alto riesgo tales como la activación y desactivación de minas antipersonales, asaltos con armas cortas, espionaje, transporte de explosivos y servidumbre sexual para la tropa. Han sido reportados y documentados cientos de casos de niños, niñas y adolescentes que murieron o quedaron mutilados a consecuencia del manejo de minas antipersonales. No existe ninguna diferencia entre los “niños bomba” utilizados por Hezbollah y Hamas en el Medio Oriente, con lo ocurrido a sus pares colombianos.

Las FARC y al ELN son también responsables del reclutamiento de menores en las zonas fronterizas con Venezuela, amplia geografía por donde se han desplazado con total impunidad esos grupos narco terroristas debido a las alianzas y apoyo logístico brindado por Chávez desde que llegó al poder de la mano de Fidel Castro. Imposible olvidar la frase de Chávez: “Venezuela limita por el Oeste con las FARC”. Comunidades indígenas de Amazonas han denunciado por igual la utilización de sus jóvenes por la guerrilla, debido al conocimiento de la selva o como mano de obra en la extracción de oro que la guerrilla realiza a cielo abierto en territorio venezolano.

Niño entrenado por las AUC

Las “leyes de la guerra”, frágiles y variables, ponen ciertos límites al horror, pero cuando no se respetan las convenciones, la guerra se criminaliza. Las FARC y el ELN, con su ideología del “se vale todo”, aliadas con el narcotráfico, se ubicaron en la categoría de “terroristas internacionales”, incursos en crímenes contra la humanidad.

La aprobación en 1989 de la Convención sobre los Derechos del Niño, es el principal instrumento legal para proteger a todos los niños, niñas y adolescentes del planeta. Las resoluciones y protocolos sobre los niños y los conflictos armados, tanto de la Organización de Naciones Unidas (ONU) como de la Organización de Estados Americanos (OEA), instan a los Estados a impedir la utilización de niños como soldados. El Estatuto de Roma (1998), considera “crimen de guerra” el reclutar a niños menores de 15 años. Uno de los más importantes instrumentos legales a nivel internacional es el Protocolo Facultativo sobre la Participación de Niños en Conflictos Armados, que entró en vigencia en el año 2002, prohibiendo el reclutamiento obligatorio o voluntario de menores de 18 años.

Niños y adolescentes reclutados por las FARC

Como corolario de los acuerdos de paz, el 26 de enero de 2017, el presidente Santos exigió a las Farc entregar a los menores de 15 años, declarando: “La guerrilla ha incumplido esa parte del acuerdo, (los niños) deben salir ya de las filas de las Farc”, como fue estipulado en el pacto con los insurgentes el 15 de mayo 2016. Pero lo más grave es que no existen datos oficiales sobre el número total de menores que aún están en manos de los narco-guerrilleros o cuántos han sido desmovilizados “por la puerta trasera” para evitar denuncias.

Si bien se aprobó un protocolo para facilitar su reintegración a la vida civil, este se activará solo cuando las Farc ingresen definitivamente a las “orwellianas” Zonas Veredales Transitorias de Normalización (ZVTN), demarcaciones que agruparán a los guerrilleros como un primer paso para la “dejación (¿?) de armas y desmovilización”.

Por otra parte, Coalico, que hace parte de la Coalición Internacional contra la utilización de niños soldados, constituida en 1998 por Amnistía Internacional, Human Rights Watch, Jesuit Refugee Service, entre otras ONG’s, emitió la grave denuncia que, durante el primer año de negociación, las FARC habían reclutado medio millar de nuevos niños.

El periodista colombiano Eduardo Mackenzie, lanza una alerta sobre los llamados planes de “normalización” de los niños soldados: “Las Farc quieren perpetuar el control de los niños reclutados y de los niños secuestrados que logren salir de sus filas en los próximos meses. Quieren controlarlos de cerca para que no le cuenten a la prensa qué vida desgraciada tuvieron dentro de esa organización criminal y para que no se pasen, con el tiempo y la reflexión, al campo político contrario. Para eso inventaron un astuto programa. Lo llaman “Camino diferencial de vida”. Dicen que ese grupo se encargará de “consolidar” los “proyectos de vida” de los menores que dejen las armas. Prometen que a través de ese programa ellos podrán “reintegrar a la sociedad” a esos menores. Pero no habrá la tal “reintegración”: esos niños pasarán directamente de los cambuches guerrilleros, o de las zonas de “normalización”, a ese organismo para seguir siendo adoctrinados por las Farc. ¿Para qué? Para enviarlos enseguida a engrosar las filas de la organización política que las Farc quieren lanzar bajo la cubertura del falso “proceso de paz”. (No basta pedir que devuelvan a los niños, Periodismo sin fronteras, 13 de febrero de 2017).

Esos niños entrenados para odiar y asesinar, se les han cercenado sus derechos, sufriendo humillaciones a su dignidad y a su inocencia, los que sobrevivan a este horror nunca podrán crecer un solo centímetro como hombres y mujeres normales.

¿Cuál ha sido o será el destino de los miles de niños y adolescentes (muchos de ellos ya son adultos) reclutados y entrenados por las Farc y el ELN en todos estos años? ¿Cuántos son? ¿Quiénes son? ¿Dónde están? Es un grave error político que en aras de una supuesta justicia transicional para lograr la Paz con esos criminales narco-terroristas, se invisibilice a estos niños.

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Wuilly Arteaga

El violín y la aplanadora

Edgar Cherubini Lecuna

París, agosto 2017

Wuilly Moises Arteaga, el joven violinista de las barricadas, fue apresado por la GNB durante una manifestación en Caracas. Además de haber permanecido aislado, le quemaron su cabello y lo golpearon fuertemente en la cabeza y rostro, lo que hizo que perdiera la audición del oído derecho. Wuilly fue trasladado al Palacio de Justicia de Caracas y fue presentado ante un tribunal que determinó que continuará detenido, ya que al músico le imputan los delitos de “instigación pública y detentación de sustancias incendiarias”. No es la primera vez que arremeten contra él. En otra oportunidad fue sometido a una brutal golpiza y despojado de su violín para ser destruido, aplastado por las botas de los militares y paramilitares asesinos que reprimen las manifestaciones pacíficas que claman por democracia en Venezuela. Hasta aquí las noticias que circulan en las redes.

Vamos a tratar de dilucidar el por qué del odio y el ensañamiento de los verdugos del régimen contra este indefenso músico. Una de las respuestas la encontramos en 1984 de George Orwell, libro publicado en 1945, que describió en forma premonitoria la utopía totalitaria de una sociedad y una nación cayéndose a pedazos, dirigida por un gigantesco y abrumador aparato de propaganda. Unos fragmentos de la novela ilustran la terrible lógica de lo que sería en el presente la reedición de esta pesadilla: “Los hombres, deben ser dirigidos por aquellos que son más fuertes que ellos. El bien de los otros no nos interesa, solo buscamos el poder, nada mas que el poder. No se establece una dictadura para salvaguardar una revolución. Se hace una revolución para establecer una dictadura”. Por cierto, desde 1960, dicho libro está prohibido en Cuba y quien se arriesgue a obtenerlo, leerlo o comentarlo es encarcelado de inmediato.

El mundo orwelliano de 1984, revela la esencia del totalitarismo: “Luego del control de los recursos de la nación, lo que importa ahora es controlar la mente. La realidad está en el interior de la cabeza: El poder real, el poder por el cual debemos luchar día y noche, es el poder sobre los individuos ¿Cómo aseguramos el poder sobre el prójimo? ¡…Haciéndole sufrir!. La obediencia no basta. El poder es infringir sufrimiento y humillaciones. El poder es destruir el espíritu humano en pedazos que se juntan después bajo nuevos patrones armados por nosotros. ¿Qué clase de mundo estamos creando? Un mundo de temor, miedo, traición, tormento. Un mundo de aplastadores y aplastados, un mundo que a medida que lo afinemos se volverá cada vez más despiadado. El progreso de nuestro mundo será el progreso hacia el sufrimiento. Nuestra civilización está fundada sobre el odio; no habrá otras emociones que el temor, la rabia, el triunfo y la humillación. Destruiremos el resto”.

En el comunismo, llámese Stalinismo, Khmer Rouge, Castrismo o Chavomadurismo, se halla la matriz de todas estas aberraciones. Las botas que aplastaron el violín de Wuilly, son las mismas que en los años sesenta quisieron aplastar la libertad de conciencia del realizador ruso Andrei Tarkovski, autor del film El violín y la aplanadora, título de este artículo, en el que el tosco operario de una enorme aplanadora de asfalto se siente conmovido por primera vez en su vida por la música ejecutada por un niño violinista, dando nacimiento a una amistad entre la fuerza bruta y la sensibilidad musical, logrando transformar la vida del obrero. Tarkovski (1932-1986) y sus films fueron duramente criticados por el Partido Comunista y los comisarios políticos garantes de lo que se denominaba en Rusia el realismo socialista en el arte, es decir, la eliminación de toda expresión que no exaltara al socialismo real. Sus películas fueron prohibidas, forzándolo al exilio. El pensamiento único del Comunismo no permite desviaciones y menos que alguien se inspire en la música para transformar su existencia.

Cartel del film “El violín y la aplanadora”, 1960.

Como un antídoto contra el horror totalitario, la escritora Maria Popova relata que en un concierto de Bach en 1952, el filósofo alemán Josef Pieper, fue invitado a dirigirse al público durante el intermedio. Piepper habló de la perplejidad que sentimos por el encantamiento y el poder de la música, expresándose así: “La música es uno de los fenómenos más sorprendentes y misteriosos del mundo, lo que nos hace pensar que la música no es más que una filosofía secreta del alma”. Por eso, la dictadura comunista odia al joven violinista y a todo aquello que implique libertad de pensar y crear.

Caricatura de Rayma, 2017

En defensa del violinista, podríamos esgrimir la frase de Nietzsche, quien proclamó: “Sin música la vida sería un error”. De allí que, confiemos en que Wuilly seguirá en la calle, enfrentándose a los matones del dictador, utilizando su instrumento para disparar Mozart, Bach y Beethoven (Rayma dixit), en “Tempo giusto”, “Vivace” y “
Prestissimo” en este momento “Maestoso
” del pueblo venezolano luchando por la democracia, hasta que los criminales en el poder ejecuten su “Tocata y Fuga”.

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Una nación es un plebiscito de todos los días

Edgar Cherubini Lecuna

París, Julio 2017

Existen variadas definiciones sobre lo que es una nación, aunque todas hacen referencia a un conjunto de personas que se encuentran unidas por vínculos comunes como son la lengua, la raza, la cultura, las costumbres y las tradiciones, que van conformando una historia específica dentro de unos límites geográficos. Podríamos decir, que una nación es la unión psicológica de un pueblo que toma conciencia de un destino común. Ernest Renan, en una conferencia pronunciada en la Sorbona el año 1882, titulada “Qu’est-ce qu’une nation?”, afirmó en ese entonces: “Una nación es un alma, un principio espiritual”.

Por eso, la gente que siente a su nación en lo profundo de su ser, lucha por su construcción y su defensa, a través de decisiones éticas, que son el verdadero ejercicio de la libertad. Sin esa capacidad de elegir a diario no hay libertad posible y sin libertad una nación agoniza, es débil, es avasallada o desaparece. Cada una de nuestras decisiones y actos, nos va construyendo a nosotros mismos y a la vez va construyendo la nación que deseamos. De allí que Renan haya proclamado: “Una nación es un plebiscito de todos los días”.

El término “Nación”, proviene del latín “nascere”, “nacer”. Una nación la conforman quienes han nacido en su territorio y comparten la misma lengua que a su vez unifica a la nación y a su historia. Esa lengua se transforma en lenguaje político cuando se utiliza en lograr acuerdos para un pacto social, como única herramienta de búsqueda de conceptos, estrategias y soluciones colectivas concertadas para aglutinar las individualidades en una causa común, en un destino común.

Sobre esto último, Hubert Peres, reafirma la importancia de participar en “una comunidad de destino”, compartida por sus miembros más allá de los desacuerdos políticos y de la diversidad social. El sentimiento de que el destino individual solo es posible cumplirlo unido al de los otros, aunque piensen diferente a uno, forma parte de la construcción de una nación, que al final no es sino la suma del aporte de las convicciones, fidelidades, solidaridades y las narrativas personales que cada uno de sus ciudadanos desarrolla en libertad e igualdad.

La gesta popular del 16-J, significó el rechazo a “constitucionalizar el fracaso”, como bien lo definió Gustavo Roosen: “Nacida como una jugada política de audacia frente a la pérdida de aceptación ciudadana, la constituyente se anuncia como la consagración precisamente del modelo y de las políticas que han generado el inocultable fracaso de estos años” (El Nacional, 17.07.2017).

Siete millones seiscientas mil personas han puesto en marcha la reconstrucción democrática de Venezuela. Sin embargo, hay que terminar de definir ese gesto masivo, acompañándolo de conceptos y objetivos de un nuevo modelo de desarrollo, de un nuevo posicionamiento como nación, de un concepto que unifique de una vez por todas al pueblo en la defensa de la democracia y la búsqueda de un destino común.

Benedict Anderson (L’imaginaire national), aporta una definición que motiva a la reflexión: “Una nación es una comunidad política imaginada”. Esto quiere decir que una nación no es un hecho en sí, algo consumado, sino la permanente construcción de un ideal.

En Venezuela, hay que comenzar por la reconstrucción de las instituciones y de los valores, para poder lograr la democracia, la libertad, la igualdad y la justicia social. Pero estas palabras son tan solo una representación ideal. Como dice James Baldwin (Nothing Personal), “La realidad detrás de estas palabras depende, en última instancia, de lo que todos y cada uno de nosotros creamos lo que realmente representan, depende de las decisiones que uno esté dispuesto a tomar, todos los días”. Supeditar la política a la ética es el único terreno sólido desde donde tomar esas decisiones. Una nación, al igual que un individuo, se construye todos los días.

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Gandhi o la fuerza de la convicción

Edgar Cherubini Lecuna

París, junio 2017

Mahatma Gandhi (1869-1948), dedicó su vida al bien común y a la independencia de su país. Este hombre de contextura esquelética y de una profunda espiritualidad, escogió el camino de la no violencia, adoptando el principio denominado satyagraha. En su autobiografía, relata como llegó a definir su lucha: “Veníamos utilizando el término inglés Nonviolent resistance o resistencia pasiva, para describir nuestra lucha, pero en una conversación con unos visitantes europeos comprendí que el término “resistencia pasiva” era muy simple y quizás débil, por eso reflexioné que era necesario acuñar una nueva palabra en nuestra lengua para designar el firme deseo de lucha de los hindúes por su independencia. Pero al no poder encontrar la definición, elaboré un concurso a través del diario Indian Opinion, premiando al lector que hiciera la mejor sugerencia al respecto. El resultado fue la palabra “Sadagraha” (sat: verdad, agraha: firmeza, convicción), de allí surgió el término satyagraha, para la designación de esta lucha que la convertí en la historia de mi vida” (Mahatma Gandhi, An Autobiography or the Story
of my Experiment with the Truth, 1955).

Mientras el movimiento para mantener el principio de la no violencia progresaba lentamente, la política de represión gubernamental se desataba con gran furia, especialmente en Punjab. Así lo describe Gandhi. “Los líderes populares fueron encarcelados, la ley marcial — lo que, en otras palabras, quiere decir inexistencia de cualquier ley — fue proclamada, y se crearon tribunales especiales. Estos no eran tribunales de justicia, sino instrumentos para llevar a cabo los deseos arbitrarios de un autócrata. Se pronunciaban sentencias por una simple sospecha, sin que ninguna evidencia fuera necesaria, en flagrante violación del más limitado espíritu de justicia”.

Entre marzo y abril de 1930, Gandhi organizó una marcha que recorrió 300 kilómetros hacia el oeste de la India hasta la costa del Océano Índico, que se conoció como Marcha de la Sal y cuyo objetivo consistía en reclamar el derecho de los hindúes a producir su propia sal y romper el monopolio impuesto por los ingleses. Al igual que muchos otros productos básicos, Gran Bretaña mantenía el monopolio de la fabricación y el comercio de sal de la India desde el siglo XIX, prohibiendo a los nativos extraer o vender el mineral y obligándolos a comprarlo a un alto costo a los comerciantes británicos. Dado que la sal era una necesidad nutricional en la India, Gandhi consideraba que las leyes de la sal eran inadmisibles.

 

A su paso por villas y ciudades, se le fueron uniendo miles de hombres, mujeres y niños, familias enteras, incluyendo funcionarios gubernamentales que padecían por igual las restricciones. En Dharasana, miles de manifestantes ignoraron las advertencias de la policía y avanzaron hacia el depósito de sal. El periodista estadounidense Webb Miller estaba en el lugar y describió lo que allí sucedía: “De repente, se escuchó una orden y decenas de policías se precipitaron sobre los manifestantes que avanzaban pacíficamente y una lluvia de bastonazos cayeron sobre sus cabezas … Ninguno de ellos levantó ni siquiera un brazo para defenderse de los golpes”. De inmediato, varios miles de hombres se colocaron en filas de a cuatro y, a medida que los de adelante eran golpeados brutalmente hasta caer al suelo ensangrentados, la siguiente fila daba un paso adelante para recibir otra andanada de bastonazos. Miller, conmovido por la decisión y convicción demostrada por aquellos hombres y mujeres, telegrafío al director de su diario anunciándole la inminente independencia de la India.

El intenso relato de Miller sobre la represión a esa manifestación pacífica y la actitud de los seguidores de Gandhi, se difundió en los medios de comunicación internacionales, llegando a ser leído en voz alta en el Congreso de los Estados Unidos. Winston Churchill, que definió a Gandhi como “un orate vestido con una sábana” admitiría más tarde que “el desafío de esas protestas y sus consecuencias habían infligido una inmensa humillación al Imperio Británico”.

Gandhi y 60.000 de sus seguidores fueron arrestados, pero los acontecimientos que se produjeron en esos días, desencadenaron el proceso de independencia de la India. El gobierno Inglés confiscó The Bombay Chronicle, diario que cubría las incidencias de la lucha por la independencia, pero surgieron otros medios que propagaron el Satyagraha como los semanarios Joven India y el Navajivan, que se pusieron a la disposición de Gandhi. “Mediante estas publicaciones me esforcé en informar al público lector sobre el verdadero sentido del satyagraha. Ambos diarios llegaron a alcanzar una amplia circulación. Estos periódicos me ayudaron, en cierta forma, a estar en paz conmigo mismo, ya que la desobediencia civil daba sus frutos, y ayudaron al pueblo en esta hora de prueba, cumpliendo con su humilde aporte en la lucha contra la tiranía y la ley marcial”.

Por otra parte, el gobierno de Punjab no podía mantener en la cárcel a miles de punjabis que, bajo el régimen de la ley marcial, fueron condenados a penas de prisión sobre la base de difusas evidencias como, por ejemplo “robo simbólico de sal”, entre otras acusaciones absurdas. Era tal el escándalo y las protestas en las comunidades que rodeaban ese acto de flagrante injusticia, que muchos de los presos fueron puestos en libertad por la presión popular.

Gandhi estuvo preso hasta principios de 1931, saliendo de la prisión más admirado que nunca. Time Magazine lo nombró “Hombre del Año” en 1930 y diarios de todo el mundo enviaron periodistas a entrevistarlo e informar sobre su gesta.

El virrey británico Lord Irwin finalmente aceptó negociar con él, y en marzo de 1931, los dos firmaron el Pacto Gandhi-Irwin, que puso fin a la satyagraha a cambio de varias concesiones, entre ellas la liberación de miles de presos políticos y el reconocimiento del derecho a recolectar ellos mismos la sal. Ese fue el primer paso en el proceso de independencia de la India, lograda finalmente en 1947.

“Describir la verdad, tal cual la entendí y en la forma exacta en que llegué a ella, ha sido mi objetivo”, expresa Gandhi en otras emotivas páginas de su autobiografía. “Esta tarea ha significado para mí una gran paz mental. Porque mi profunda esperanza consistía en despertar la fe en la verdad y en el ahimsa (respeto a la vida). Mis experiencias me han convencido de que no existe otro Dios que la verdad. Los chispazos de verdad que he podido entrever y transmitir, apenas sí pueden expresar la luz maravillosa que emerge de la verdad, un millón de veces más intensa que la del sol que diariamente ven nuestros ojos. Para contemplar cara a cara el espíritu de la verdad, uno debe ser capaz de amar como a uno mismo, a la más insignificante expresión de la creación. Un hombre que aspira a eso, no puede permanecer ajeno a cualquier manifestación de la vida. Por ello, mi devoción a la verdad me llevó al campo de la política”.

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              Francis Bacon, Tres estudios para un retrato de George Dyer, 1963

Francis Bacon o el desmembramiento de las certezas

Edgar Cherubini Lecuna

París, Mayo 2017

El mercado de arte contemporáneo continúa apostando por Francis Bacon. El 17 de mayo, los coleccionistas acudieron a la subasta Christie’s en Nueva York, atraídos por el tríptico, Tres estudios para un Retrato de George Dyer, siendo adquirido por la suma de US$ 51,7 millones.

En noviembre de 2013, un coleccionista pagó 142,5 millones de dólares por otro tríptico del pintor: Los tres estudios de Lucian Freud, convirtiéndose en el cuadro más costoso subastado hasta la fecha.

Dichos retratos obedecen a la íntima amistad de Bacon con ambos modelos. En 1951, Bacon realizó un retrato de su amigo Freud, identificando por primera al modelo en el título de sus obras, como para que no quedara duda de la identidad de ese rostro en trance de desdibujarse. Más tarde explicaría la brusquedad con la que, desde entonces, desechó los convencionalismos y apariencias del retrato: “La mayor parte de un cuadro siempre es convención, apariencia y eso es lo que intento eliminar de mis cuadros. Busco lo esencial, que la pintura asuma de la manera más directa posible la identidad material de aquello que representa. Mi manera de deformar imágenes me acerca mucho más al ser humano que si me sentara e hiciera su retrato, consigo una mayor cercanía mientras más me alejo”, escribió Gilles Deleuze en 1984 (Francis Bacon. Logique de la sensation). El pintor figurativo Lucian Freud, nieto de Sigmund Freud, representa junto a Bacon la corriente del retrato conceptual.

La historia con George Dyer que se inicia en 1963, es más compleja y escabrosa. Dyer era un delincuente oriundo del East End en Londres, un joven que detrás de su contextura atlética escondía una mente torturada y vulnerable. Según amigos cercanos, Bacon lo conoció una noche en que sorprendió a Dyer robando en su estudio, pero en su borrachera, en vez de enfrentarlo o llamar a la policía, hizo amistad íntima con él. Desde entonces se convirtió en su modelo hasta el día en que se suicidó en París en 1971, después de una discusión con el pintor.

George Dyer, 1963

Michael Peppiat, otro de sus amigos y autor de la biografía Francis Bacon; Anatomía de un enigma, lo describe así: “Encantador y seguro de sí mismo, con una vena sadomasoquista, llevó una vida siempre encaminada a los extremos”. Peppiat describe los excesos del pintor, su fascinación por Proust, T.S Eliot, Tiziano o Velázquez, así como su atracción por lo mundano, que lo convirtieron en una leyenda entre las mujeres de los clubes nocturnos londinenses, sus borracheras y orgías sexuales con mujeres y hombres.

En desciframiento del enigma Bacon, Peppiat desnuda las compulsiones del artista, refiriéndose a su inusitada pasión de observar los animales para comprender y plasmar en sus lienzos al hombre, como ser instintivo e inhumano. Para Bacon, “la civilización encubría una maraña de furia y bramidos de miedo escondidos en la mayoría de los seres humanos”.

En el valioso ensayo de Adolfo Vásquez Rocca, Francis Bacon. El cuerpo como objeto mutilado, el autor analiza el discurso con el que Francis Bacon, durante más de medio siglo, fue creando una serie de cuerpos crucificados, contorsionados, mutilados, deformes, con rostros en el límite de la desaparición, que lo conviertieron en un referente crucial de la pintura posterior a la Segunda Guerra Mundial: “Cuando los basamentos modernistas parecieron desfallecer, Bacon pone de manifiesto el choque de fuerzas que se origina en el mundo occidental: por un lado la vertiente racionalista, por otro, la vertiente organicista, en el centro Bacon, sosteniendo en espacios ascéticos los cuerpos que se desmembran en esa lucha por la fijeza, por la estabilidad jamás conseguida”.

Bacon desacraliza el cuerpo humano, pintando lo abyecto e innoble que mora en el interior del individuo, eso mismo que los totalitarismos del siglo XX han extraído de lo más oscuro del corazón de los hombres.

En los retratos conceptuales pintados por Bacon, el rostro humano es representado en plena disolución, con la intención de que, apenas sea reconocida la identidad del sujeto, sus rasgos, su yo, éstos comienzen a borrarse, a desdibujarse.  Los rostros clamando a la nada y las figuras desmembradas o animalizadas que Bacon pinta con obsesión serial, representan el dolor y el horror del siglo XX. A la vez repulsiva y fascinante, la obra de Bacon refleja el desmembramiento de las certezas del mundo actual.

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Venezuela

La tiranía y el manto de Dios

Edgar Cherubini Lecuna

París, Mayo 2017

No hablamos de un hecho milagroso o sobrenatural, sino del sentido de la oportunidad en política y la visión de que se trata del manto de Dios. Esta historia nos remonta a la ocupación soviética en la Alemania del Este (RDA) y el muro erigido en 1961 a instancias del Partido Socialista Unido Alemán, para separar en dos su país, lo que convirtió a la RDA en una carcasa de horror y vilezas, producto de un Estado militarizado, un régimen policial y represivo que, basado en la coerción, la amenaza, el espionaje de la vida privada, la represión, los asesinatos y la tortura, trató de doblegar y condicionar el comportamiento de millones de individuos que al final se rebelaron por su libertad y su dignidad.

Cualquier parecido con la realidad venezolana no es por mera analogía, ya que desde los años sesenta, el antiguo Ministerio para la Seguridad del Estado de Alemania Oriental, mejor conocido como la Stasi, los servicios de inteligencia más temibles y efectivos del mundo comunista, asesoraron durante veinte años al Servicio Secreto cubano, instruyéndolos en técnicas de espionaje, infiltración, psicología de masas, represión y tortura, aplicando esos mismos métodos de terrorismo de Estado en Venezuela desde que el chavismo está en el poder.

En el caso de la RDA, ni siquiera los más sofisticados métodos de control social y de represión de la disidencia lograron contener las ansias de libertad.  Sin ningún liderazgo visible, hombres y mujeres comunes habían llegado a los límites de la repugnancia contra una doctrina que, bajo el concepto de la búsqueda del “Hombre Nuevo” y otras manipulaciones del comunismo, instaban al individuo a sacrificar su presente y su vida en función de un gobierno dirigido por criminales y patanes corruptos, un sistema creador de miseria cuyos dogmas había que obedecer aun siendo irracionales.

En ese callejón, aparentemente sin salida en que se encontraba Alemania, el 9 de noviembre de 1989, los soldados de uno de los puestos de control (Bornholmerstrabe check point) que dividía a la ciudad de Berlín en dos mitades, hartos de la tiranía y deseosos de unirse a la multitud que quería pasar al otro lado, hacia la libertad, alzaron las barreras sin disparar a sus compatriotas. Ese gesto de solidaridad entre oprimidos, se transformó en una grieta que hizo que el agua represada de la indignación generalizada arrasara con el muro de la vergüenza con el que una minoría en el poder mantenía secuestrados a dieciséis millones de personas. Un testigo de esos acontecimientos pronunció una frase lapidaria: “Sin fusiles no hay comunismo”. Al día siguiente, una multitud incontenible, a la que se sumaron los militares que lo custodiaban, se desborda y arremete a picotazos contra el muro que los separaba de la democracia y del progreso, acabando con 28 años de oprobio.

En el artículo titulado “El muro de lo trágico”, publicado en Noviembre de 2009, compartí algunas reflexiones sobre el símil utilizado por el ex canciller Helmut Kohl, al describir los súbitos acontecimientos que condujeron a la caída del muro de Berlín en 1989. En una entrevista (El País, 08.11.09), el ex-canciller de Alemania y protagonista de esa historia, nos brinda una lección reveladora del sentido de la oportunidad en política, afirmando lo siguiente: “Yo jamás dudé de que el muro caería en algún momento y de que Alemania volvería a unirse. Pero siempre fue una pregunta abierta el cómo y cuándo ocurriría esto. El 9 de noviembre de 1989, es cierto que se había abierto una rendija en una puerta, pero nada estaba decidido todavía en el día en que cayó el muro. Hasta el último momento, fue un acto de equilibrio en el campo de tensión de la guerra fría. Para describir la situación en la que yo me encontraba entonces me gusta citar a Otto von Bismarck, porque no hay una imagen mejor: “Cuando el manto de Dios pasa por la historia, hay que saltar y agarrarse a él. Para eso tienen que darse tres requisitos: en primer lugar, hay que tener la visión de que se trata del manto de Dios. En segundo lugar, debe sentirse el momento histórico; y en tercer lugar, hay que saltar y (querer) agarrarse a él”.

Sobre esos días cruciales y las vertiginosas decisiones que él asumió, Kohl señala: “no solo hace falta la voluntad, sino que se requiere de una constelación de personas y acontecimientos”, refiriéndose a las alianzas que en pocas horas logró establecer con otros líderes internacionales para aprovechar la oportunidad y poder cabalgar encima de la ola provocada por la reacción de libertad al otro lado del muro.

Hoy nos encontramos en Venezuela con una generalizada reacción de indignación popular con marcada presencia juvenil, que ha sobrepasado los cálculos y estrategias del gobierno, así como el de los dirigentes de organizaciones políticas opositoras, que en dos oportunidades convalidaron diálogos fraudulentos con un régimen dictatorial maquinado por el comunismo cubano y sus métodos aprendidos en la RDA, que aplican despiadadamente en el país.

De allí que, para recuperar la democracia, los valores y los derechos ciudadanos arrebatados por la tiranía, es necesario desarrollar el sentido de lo factible, pero también reaccionar ante lo que es intolerable e inaceptable.

No puede haber transición hacia la democracia con un gobierno de criminales que reprime salvajemente a su pueblo y que se sustenta en poderes públicos inescrupulosos y sesgados a su favor, en especial el Poder Judicial y el electoral. Ante el muro de odio y exclusión levantado por el chavismo en los últimos dieciocho años y el avasallamiento de la dictadura al estado de derecho, se hace necesario esgrimir la legítima defensa de la desobediencia civil, resistencia, insurrección o insurgencia popular contemplada en la Constitución, cuando son violados sus sagrados principios. Los recientes acontecimientos, pese a su saldo dramático, han logrado renovar la esperanza de recuperar la democracia. Hay que observar con atención el manto de Dios pasando por Venezuela, agarrarse a él y no soltarse.

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Kolonien copie

 

Un país con tres discursos irreconciliables

Edgar Cherubini Lecuna

París, Marzo 2017

El filósofo y lingüista José Manuel Briceño Guerrero (1929-2014), al estudiar la complejidad existencial del latinoamericano, afirmaba lo siguiente: “Fuimos europeos primeros de América que nos convertimos en europeos segundos a distancia, por efecto de las revoluciones de los siglos XVIII y XIX, al calor de las luchas de emancipación. Somos los descendientes de los libertadores, los que después de nuestra independencia política buscamos la independencia económica y mental sin haberla podido conseguir hasta ahora”. Si bien las democracias latinoamericanas se construyeron con base en modelos occidentales, estas no han terminado de consolidarse, como tampoco el pleno desarrollo de sus países. La aproximación a esta realidad la analiza Briceño Guerrero a partir del lenguaje, ese lenguaje con el que el hombre construye el mundo, de allí que en sus reflexiones sobre el ser latinoamericano las encamina a través de tres discursos, compilados y editados por Monteávila en 1994, bajo el título El laberinto de los tres minotauros:

“El “discurso de señores”, es decir, el discurso cristiano-hispánico o discurso mantuano heredado de la España imperial, en su versión americana característica de los criollos y del sistema colonial español. En lo material está ligado a un sistema social de nobleza heredada, de la jerarquía y del privilegio. Este discurso se afianzó durante los siglos de colonia y pervive con fuerza silenciosa en el período republicano hasta nuestros días, estructurando las aspiraciones y ambiciones en torno a la búsqueda personal y familiar o de privilegios de clan, noble ociosidad, filiación y no mérito, sobre relaciones señoriales de lealtad y protección, gracia y no función, territorio con peaje y no servicio oficial aún en los niveles limítrofes del poder. Supervivencia del ethos mantuano en mil formas nuevas y extendidas a toda la población.

El “”discurso de las luces”, patrimonio de los siglos XVIII y XIX, guiado por la razón, animado por la posibilidad del cambio social deliberado y planificado hacia la vigencia de los derechos humanos para la totalidad de la población, expresado tanto en el texto de las constituciones como en los programas de acción política de los partidos y las concepciones científicas del hombre, potenciado verbalmente con el auge teórico de los diversos positivismos, tecnocracias y socialismos con su alboroto doctrinario en movimientos civiles o militares o paramilitares de declarada intención revolucionaria. Este discurso gobierna sobre todo las declaraciones oficiales, los pensamientos y palabras que expresan concepciones sobre el universo y la sociedad, proyectos de gobierno de mandatarios y partidos, doctrinas y programas de los revolucionarios.

El “discurso salvaje” de los que no tenían derecho a hablar, legado de la derrota sufrida por los indígenas y las víctimas de la esclavitud negra en suelo americano. Es el discurso del resentimiento en los pardos por la relegación a larguísimo plazo de sus anhelos de superación. Pero portador igualmente de la nostalgia por formas de vida no europeas no occidentales, conservador de horizontes culturales aparentemente cerrados por la imposición de Europa en América. Para este discurso lo occidental es ajeno y extraño. Sus portavoces representan una alteridad inasimilable en cuyo seno sobrevive en sumisión aparente, rebeldía ocasional, astucia permanente y oscura nostalgia. El discurso salvaje se asienta en la más íntima afectividad y relativiza a los otros dos, poniéndose de manifiesto en un cierto desprecio secreto por todo lo que se piensa, se dice y se hace, tanto así que la amistad más auténtica no está basada en el compartir de ideales o de intereses, sino en la comunión con un sutil oprobio, sentido como inherente a su condición, el discurso salvaje corroe todos los proyectos y se lamenta complacido.

Estos tres discursos de fondo están presentes en la sociedad. Es fácil ver que estos tres discursos se obstaculizan mutuamente produciendo para América consecuencias graves y lamentables, ninguno de los tres discursos logra gobernar la vida pública hasta el punto de poder dirigirla hacia formas coherentes y exitosas de organización, pero cada uno de los discursos es suficientemente fuerte para frustrar a los otros dos, y los tres son mutuamente inconciliables e irreconciliables”.

Pensando en voz alta, pudiéramos añadir que también se mimetizan unos con otros para fines inconfesables. En el caso de Venezuela, pienso que se hace patente cómo la llamada revolución de los pobres o “Socialismo del siglo XXI”, enarboló en sus comienzos el “discurso de las luces”, agraciándose con el “discurso de los señores” notables y mantuanos, ganándose además el apoyo ciego de la izquierda internacional que veneró a un caudillo militar e ignorante portavoz de un “discurso salvaje”. Cuando los dirigentes del régimen militar con fachada civil hablan de soberanía popular y socialismo, sabemos que no tiene nada que ver con el socialismo democrático europeo o norteamericano. Lo mismo sucede cuando proclaman la independencia o la igualdad. Además, se disfrazan del “discurso de señores”, al haberse entronizado en el poder siendo una minoría y esgrimen el “discurso salvaje” al perseguir y violentar a los que no piensan como ellos, mientras saquean las riquezas de la nación en medio de la corrupción y la impunidad. Luego de dilapidar más de 800.000 millones de dólares en 17 años, de los cuales desaparecieron 300.000, sin dejar rastro alguno, conduciendo al país a la ruina, hablan de revolución, socialismo y comunismo a bordo de sus lujosos yates anclados en marinas del primer mundo o en sus jets privados y mansiones gracias a sus testaferros, una vida de ostentación con cuentas multimillonarias en la banca internacional mientras proclaman que “ser rico es malo” y llaman al “pueblo” a apoyar la revolución y enfrentar a los imperios de occidente. El cinismo y el autoritarismo se aprende en las cortes de los señores y el pillaje es sin duda una característica de lo salvaje. Durante la era democrática los tres discursos fluctuaron en diversos tiempos. Recordemos la dictadura de los partidos de espaldas al país y la secular corrupción. Hoy, algunos de sus dirigentes esgrimen el “discurso de las luces”, mientras traicionan sus principios al negociar con los portavoces del “discurso de los señores” y del “discurso salvaje”.

Para los que abogamos por un discurso unificador que brinde un concepto de país para hacer posible su reconstrucción en democracia, la cruda realidad desbarata las buenas intenciones, ya que, tal como afirma Briceño Guerrero, “Los tres discursos se interpenetran, se parasitan y lo más dramático es que se sabotean entre si, son inconciliables e irreconciliables. Ante este panorama de discursos en guerra, sin victoria, sólo queda, en la perspectiva del presente, el escalofrío estético catártico que produce la contemplación de una tragedia”.

Los que tuvimos el privilegio de conocer a Briceño Guerrero y nutrirnos de su erudición y visión del mundo, damos testimonio de su bonhomía, así como de su fino humor. A finales de los sesenta, siendo estudiantes en la ULA, en ocasiones nos abordaba o nos respondía con un tono irónico, tosco o agrio, utilizando un lenguaje poco académico o amistoso para, después de observar nuestro gesto de perplejidad, soltar una risa sonora para demostrarnos que estaba actuando un rol cualquiera en alguno de los tres discursos. Su método de análisis era una especie de Gestalt, al asumir y representar diferentes roles y actuarlos para poder entenderlos o el de un actor que ensaya su papel en lo cotidiano, para poder transmitir los sentimientos y pulsiones del personaje representado. Esto le permitía escribir con impecable prosa, reflexiones desde lo profundo de ese sentir y hablar. Sus discursos están escritos por personajes que encarnan cada uno de ellos y que atrapan al lector en un laberinto de pulsiones demasiado cercanas.

El sociólogo Miguel Rodríguez Lorenzo, lo denominó “El método dramático” (GRHIAL, ULA, 2015),
como una estrategia teórico-metodológica consistente en poner en boca de un relator imaginario cada uno de los sistemas de actitudes o posturas que determinan la interpretación de la realidad social, brindando para ello un ejemplo tomado de uno de los primeros ensayos de Briceño Guerrero: “(…) nuestra idiosincrasia mestiza se manifiesta negativamente de múltiples maneras como oposición, obstáculo y entorpecimiento de las instituciones que nos rigen. Así tenemos: en el trabajo el “manguareo”, en la educación sistemática, la “paja” o el “caletrazo” mal digerido de manuales por parte de los profesores, el “apuntismo” y el “vivalapepismo” por parte de los estudiantes; en la vida social la “mamadera de gallo”; en la producción literaria y artística, el “facilismo” … en la política el “bochinche”, el “caudillismo”, el “golpismo”; en las posiciones de responsabilidad el “paterrolismo” y el “guabineo”; en la lucha por el mejoramiento personal, el “pájaro- bravismo”, el “compadrazgo” y la “rebatiña”; en la religión el “ensalme”, la “pava”, la “mavita”, el “cierre”, los “muñecos” y las “lamparitas”…”.

En el “discurso salvaje” hay un pasaje revelador sobre la astucia. Allí Briceño Guerrero habla en primera persona, asumiendo el drama con un realismo conmovedor: “Dominados. Ante la fuerza superior de Occidente, nuestros ancestros derrotados debieron escoger la esclavitud o la muerte. Muchos murieron luchando. Otros aceptaron la servidumbre, se agacharon, rodilla en tierra, bajaron la cerviz, para sobrevivir. De estos otros descendimos nosotros, de ellos heredamos ese amor oprobioso por la vida, más grande que la libertad y el honor. No entendemos el valor heroico, no comprendemos que pueda haber algo más importante que la vida. Vivir de rodillas es vivir y mientras hay vida hay esperanza. Heredamos el rechazo cobarde de la muerte, pero también la astucia, la rebeldía a largo plazo disimulada en la actitud servil, la agresividad cuidadosa siempre lista para el golpe a mansalva o el repliegue. Dominados, pero existentes. Conservamos identidad. Somos nosotros. Otros, distintos de ellos, los dominadores, luego no nos han dominado realmente, no nos han asimilado, no nos han integrado a su ser…”.

Reflexionar a título personal sobre los asertivos análisis de Briceño Guerrero y rememorar su amistad y lucidez, surgen después de haber asistido al reencuentro sobre J.M. Briceño Guerrero y su obra, coloquio titulado Les trois discours de l’identité latino-américaine, organizado por la Association J. M. Briceño Guerrero, dirigida por Cristina Briceño-Fustec. Dicho evento tuvo lugar el día 09 de marzo de 2017 en la Maison de l’Amérique latine, en París.

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