Venezuela: una nación destruida, una nación por inventar

Edgar Cherubini Lecuna

París, abril 2020

 En estos momentos, en todos los centros de pensamiento se analizan los cambios que producirá esta emergencia mundial ocasionada por la pandemia del Covid-19. La sociedad planetaria está detenida en sus diferentes dinámicas hasta nuevo aviso y el confinamiento de casi 3.000 millones de seres humanos produce reflexiones como la del historiador Yuval Noah Harari, quien afirma: “La humanidad se enfrenta ahora a una crisis global. Tal vez la mayor crisis de nuestra generación. Las decisiones que las personas y los gobiernos tomen en las próximas semanas, probablemente darán forma al mundo en los años venideros, no solo a nuestros sistemas de salud, sino también a nuestra economía, política y cultura. Hay que actuar con rapidez y decisión. También hay que tener en cuenta las consecuencias a largo plazo de nuestras acciones. Al elegir entre alternativas, debemos preguntarnos no solo la manera de superar la amenaza inmediata, sino qué clase de mundo vamos a habitar una vez que pase la tormenta. Sí, la tormenta pasará, la humanidad va a sobrevivir, la mayoría de nosotros va a seguir vivo – pero vamos a habitar un mundo diferente” (El mundo después del coronavirus, marzo 2020).

Pienso que quienes proporcionarán las pautas en ese nuevo amanecer del mundo serán las naciones cohesionadas socialmente antes, durante y después de esta guerra contra el temible enemigo invisible. En las naciones desarrolladas se esta convocando a los distintos actores sociales y políticos a lograr acuerdos en estrategias y soluciones colectivas para aglutinar a todos los factores en una causa común necesaria para la resiliencia y los retos del día después. ¿Podemos afirmar que esto sucede en Venezuela? Por desgracia no. Durante veinte años el régimen ha destruido la capacidad de cohesión social al utilizar un lenguaje de odio, reduccionista, excluyente y pervertido. El lenguaje político fue demolido y junto con éste se extinguieron la democracia, las instituciones y su sistema de libertades y derechos, de progreso individual y colectivo en un despropósito desatinado y nihilista.  La respuesta a la pregunta anterior es aún más dolorosa, no solo contemplamos una nación destruida, arruinada física y moralmente en estos últimos veinte años en manos de la corporación criminal que usurpa sus instituciones, hay que añadir que esto fue la consecuencia de no haber construido durante la era democrática un concepto que unificara al pueblo en un destino común de nación. El ingreso petrolero no se reinvirtió en un desarrollo sustentable para lograr la independencia económica, industrial y productiva, mucho menos para sentar las bases de una sociedad del conocimiento. Antes y durante la actual era chavista, las ganancias petroleras no se utilizaron para empoderar a los ciudadanos de manera que estos emprendieran su propio desarrollo y progreso individual, por el contrario, los convirtieron en mendigos de los partidos políticos, después de las misiones y recientemente de las bolsas CLAP. El chavismo en el poder, lejos de mejorar la precaria estructura de seguridad social existente o de construir una moderna red de hospitales, montaron sus improvisadas misiones dirigidas por cubanos para el control social y político de los barrios pobres. En resumen, se robaron miles de millones de la renta petrolera, hipotecando el futuro del país, convirtiéndolo en un paria del progreso humano. Hoy, en toda Venezuela, hay una profunda carestía  de alimentos y medicinas, aparte de la falta de electricidad, agua, gasolina y de elementales servicios públicos.  Si antes de la llegada de la epidemia, la situación del país se consideraba como de desastre humanitario, esta pudiera convertirse en un genocidio controlado si los sociópatas que han usurpado las instituciones no son depuestos. Según Luis Almagro (ABC Internacional, 22/03/2020): “Podríamos estar enfrentando una tragedia de dimensiones catastróficas para el hemisferio. Pero una dictadura irresponsable que ha generado la peor crisis migratoria y humanitaria de la historia del hemisferio, con un patrón de coronavirus que puede multiplicarse en función de esas condiciones, puede transformarse en un desastre absoluto”.

Naciones en vías de extinción vs naciones que invierten en conocimiento

Ese mundo diferente que pudiera surgir de la pospandemia del que habla Harari, citado al comienzo de esta nota, no es otro que el de la transición de una economía de bienes básicos a una economía del conocimiento. Según J. E. Cabot: “Aquellas naciones que siguen tratando de competir vendiendo materias primas sin conocimientos, son cada día más pobres. Una economía no solamente puede mover la riqueza física, reservas e inversiones, sino que también puede mover la riqueza intelectual (Los imperios del futuro, 2006). Una sociedad que no se encuentre en este momento ensayando modelos alternativos para su futuro, en un franco proceso de reposicionamiento ante un entorno de incertidumbres y amenazas globales, será un país frágil o en vías de extinción. Esto será así en Venezuela, si los políticos y líderes continúan sin entender que para reconstruir el país deben sacudirse los modelos obsoletos de economía y política, no sólo los del socialismo real, que comprobadamente fracasó, sino también las abstracciones económicas insostenibles que están colapsando en muchos países, plagados de creciente inflación y desempleo estructural, donde los políticos confunden a la gente ofreciendo la idea de que a mayor consumo mayor desarrollo y prosperidad mientras obvian la disminución de los índices de desarrollo humano, de educación y conocimiento, mientras se hace todo lo contrario a la producción sostenible de bienes y alimentos, se expolia al medio ambiente y se agotan los recursos naturales no renovables.

Ante la enorme crisis global, el costo de la energía, el agotamiento acelerado de los recursos naturales, así como el descontrol climático y el desastre ecológico producto de la irracionalidad del sistema, Yuval Harari (Sapiens, 2014; Homo Deus, 2015) augura para el mundo un escenario preocupante que debe llamar a la reflexión a todos los venezolanos conscientes: “Las tecnologías, el conocimiento y la información están ampliando las desigualdades entre una clase de superhombres con mayores capacidades y posibilidades y el resto de la humanidad, la casta de los inútiles”. Muchos países, aun pequeños, sin petróleo ni fuentes de energía, se preocupan por invertir y desarrollar el conocimiento, retener y atraer a los mejores talentos, buscar la excelencia en sus campus universitarios, nutrir la cultura y las artes, potenciar la agroindustria, desarrollar start-ups, pequeñas y medianas empresas dedicadas a la innovación tecnológica, acelerar el desarrollo de las ciencias vivas, desarrollar energías alternativas, hacer emerger las ciudades del mañana mediante diseños urbanos sustentables, alentar economías de nicho, promover políticas públicas eficaces, empoderar al ciudadano, invertir en el desarrollo informático, en la investigación biomédica, en la gestión sostenible de los residuos, en fin, todo lo que las sociedades democráticas están demandando de sus gobiernos. Por el contrario, Venezuela, un gigantesco territorio pletórico de recursos y de gente buena, se ha quedado rezagada de la creatividad necesaria para enfrentar los retos que representan los nuevos paradigmas de la civilización, ya que la casta de inútiles de la que habla Harari, en alianza con militares y el crimen organizado nos ha retrocedido a etapas primitivas. Pero, hay que decirlo, desde el boom del petróleo en la década de 1970 hasta el presente, estos temas cruciales desaparecieron del imaginario de políticos y gobernantes, obviando reflexionar y debatir sobre modelos de desarrollo que no estuvieran basados en la renta petrolera y en las importaciones, debido a que allí han estado y continúan estando las oportunidades de enriquecimiento de una casta privilegiada de arribistas, políticos y militares, asociados a cada gobierno de turno, siendo una de las causas que ha contribuido a la ruina en la que hoy se encuentra Venezuela.  

Como lo afirmó en su momento el pensador Buckminster Fuller: “No podrás cambiar las cosas luchando contra la realidad existente. Para cambiar algo, debes construir un nuevo modelo que haga obsoleto el modelo actual”. La verdadera lucha es por un cambio de paradigmas. Entre los factores para lograr la reinvención del país es imperativo pasar de ser un petro-Estado rentista a un Estado emprendedor, no hay otra alternativa. La tarea más urgente es la de recuperar la voz crítica de ideas, de recuperar la política. En este presente desacertado y dramático, por encima de los cogollos partidistas y de la casta de inútiles es la hora de reunificar a la nación, es la hora de avanzar, es la hora de una nueva conducción política. No debemos subestimar la capacidad de los venezolanos para reinventarse. Esto solo será posible en democracia, con la participación de mentes lúcidas que decidan corregir el rumbo incierto mediante el establecimiento de nuevas reglas de juego para salir del cul-de-sac donde nos han conducido. Parafraseando a George Steiner: “No nos quedan más comienzos”, por eso, a la esperanza hay que ponerle nombre, estrategias, conducción, ideas y programas, para hacer posible el renacimiento y la reconstrucción de la nación a la que aspiramos y merecemos.

La construcción de una nación es la suma del aporte de las convicciones, fidelidades y solidaridades de cada uno de sus ciudadanos. Benedict Anderson (L’imaginaire national, 2006), aporta una definición de nación que motiva a la reflexión y brinda esperanza en medio del caos que padecemos: “Una nación es una comunidad política imaginada”. Esto quiere decir que una nación no es un hecho consumado, sino una permanente y dinámica construcción humana. Podríamos añadir lo que el filósofo Wittgenstein afirmó en relación a la función del lenguaje en la sociedad: “imaginar un lenguaje significa imaginar una forma de vida”.  Allí está la clave para lograr lo políticamente imaginado, un discurso que motive la sinergia de todos los venezolanos, capaz de construir una causa que nos conmueva y nos movilice permanentemente en la defensa y reconstrucción de la democracia, de los valores éticos, de la libertad, la igualdad y la justicia social, sentirnos dignos y orgullosos de pertenecer a una nación moderna.

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Un cambio de visión sobre la naturaleza

Edgar Cherubini Lecuna

París, marzo 2020

Ante el peligroso agotamiento de la capa de ozono, protectora del planeta, el descontrol climático y los desastres ecológicos producto de la irracionalidad de un desarrollo mal concebido, muchos coinciden en que es necesario plantearse y debatir qué vamos a hacer para construir sociedades post-industriales y salvar el planeta junto con las especies que aún sobreviven en él, incluyendo la nuestra. Existen dos grandes tendencias en el movimiento ambientalista mundial, la primera está orquestada por extremistas de izquierda que inculpan al capitalismo de destruir la biodiversidad debido a que este se apoya en una concepción extractivista y expoliadora. Sin embargo, los portavoces de esta tendencia nunca han denunciado la deforestación del Amazonas brasileño durante el gobierno del socialista Lula, el arrase de reservas forestales para la siembra de coca ordenado por Evo Morales, ni la devastación de la biodiversidad al sur de Venezuela que desarrolla ferozmente la corporación criminal chavista, tampoco mencionan la terrible degradación ambiental de la industria petrolera rusa, por solo mencionar estos casos. Esto sirve de ejemplo para demostrar el sesgo ideológico que permea la lucha a favor del medio ambiente y de quienes estarían detrás del financiamiento de estas organizaciones.

En contrapartida, está la llamada ecología liberal, en especial la denominada economía circular, que propugna integrar la ecología dentro de la economía de mercado a través de un desarrollo sustentable, junto a la necesidad de desarrollar aceleradamente modelos de energías alternativos. Sin negar la voracidad y el desprecio a la naturaleza que han demostrado el desarrollismo y las multinacionales de la globalización, hay que pisar tierra para retomar lo positivo y recuperable del desarrollo, para así innovar y crear a partir de los errores pero en especial de los logros y avances del presente, modelos sustentables hacia el futuro basados en los progresos del conocimiento y la información, así como de todas las herramientas científicas y tecnológicas desarrolladas hasta el presente. Los desacuerdos entre estas dos posturas son a veces más relevantes que la preocupación misma por el planeta.

No basta con la ideología ni la denuncia, es necesario un cambio de visión 

Más allá de las ideologías en juego y de las necesarias campañas de denuncia, pienso que es necesario reflexionar sobre las causas que han ocasionado la crisis ambiental y los desequilibrios climáticos del presente. Una aproximación acertada la encontramos en los estudios de Philippe Descola (Les natures en question, 2017).  Este antropólogo y profesor del Collège de France afirma que “la modernidad se construyó sobre la idea de una división fundamental entre naturaleza y cultura, entre humanos y no humanos, entre el mundo y el espíritu”.  Somos herederos de una antigua concepción naturalista, característica de Europa, que establece una separación radical entre naturaleza y cultura, que consiste en hacer de la  naturaleza un objeto autónomo que los humanos pueden controlar y poseer. En esta visión, enraizada en las sociedades occidentales, está el origen del problema, al separar al individuo de su relación original con la naturaleza y ver a ésta solo como un objeto de explotación y beneficio.

La dualidad o dicotomía de esta creencia aprendida de la separación entre el individuo y el mundo físico, la abordó Gilles Deleuze sin ambages al afirmar: “No venimos al mundo, somos el mundo”, recordándonos que la existencia humana y el mundo son un constante devenir en el que estamos inmersos formando una unidad inseparable.

Por su parte, el filósofo japonés Daisaku Ikeda, uno de los principales exponentes del Budismo en el siglo XX, nos habla del milenario principio budista del Esho Funi, concepto que expresa la inseparabilidad del individuo y el medio ambiente.  La vida (sho) y su entorno (e) son inseparables (funi). Ello a su vez implica que, aunque percibimos las cosas que nos rodean como separadas de nosotros, existe una dimensión de nuestra vida que es una con la naturaleza. En el nivel más esencial, no hay separación alguna entre nosotros mismos y nuestro entorno: “Cada vida humana, junto con su ambiente, participa de la fuerza vital fundamental del cosmos. El ambiente individual toma forma como ambiente objetivo. La existencia subjetiva y el ambiente objetivo constituyen una sola existencia. Es inconcebible que esta existencia pueda ser dividida en dos. La formación de una vida humana como existencia subjetiva es idéntica con la formación del ambiente de esa vida. No es posible separarlas, como no lo es separar el crecimiento y el desarrollo de plantas y animales del mundo en que viven”. (Daisaku Ikeda, La vida un enigma, Emecé, 1984).

Si en occidente nos educan a percibir la naturaleza como algo que está allí afuera, completamente distinta y separada de nosotros, con las consecuencias antes señaladas, la filosofía budista aporta un sustancial concepto sobre la inseparabilidad del individuo y el medio ambiente.

Hace pocos días participé en París en el foro Amazonie vénézuélienne, (05.03.2020), organizado por la asociación Diáspora Venezuela-Francia, sobre la catástrofe ambiental y humana que se desarrolla al sur de Venezuela, enfocando mi intervención sobre la filosofía de vida de los Yekuana, un modelo de pensamiento comparable a la filosofía budista, ya que su cosmovisión parte de una integración indivisible entre individuo y su medio ambiente. Lo mismo ocurre con los Yanomamis, en su concepción de la vida, cada individuo y todos los seres sean animales o vegetales son en sí portadores de una energía que forma parte de una fuerza vital universal común a todo lo que existe. Estos dos pueblos, hoy en peligro de extinción, han sobrevivido por miles de años en perfecta armonía en las selvas al sur del Orinoco al vivir y experimentar una perfecta unidad e inseparabilidad con ese mundo vegetal, de dialogar con la selva y entender los fenómenos que esta produce.

Nunca es tarde para un cambio de perspectiva y para cuestionar nuestros esquemas aprendidos. Es necesario realizar cambios en la educación y promover la reflexión sobre el concepto de unidad persona-naturaleza, individuo-mundo. Mientras no se entienda este principio fundamental, continuará inexorablemente el expolio, la dramática destrucción de la biodiversidad y la extinción de la sabiduría ancestral de las cultural indígenas de Amazonas.

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“Un solo signo es como el gran océano”

Edgar Cherubini Lecuna

París, febrero 2020

El filósofo japonés Daisaku Ikeda hace alusión a un párrafo de una carta escrita por Nichiren Daishonin (1222-1282), dirigida a uno de sus discípulos, en su afán por transmitir las enseñanzas de Buda: “Un solo ideograma del Sutra del Loto es como la vasta tierra de la que nacen todas las cosas. Un solo ideograma es como el gran océano que contiene el agua de todos los ríos. Un solo ideograma es como el Sol y la Luna que iluminan el conjunto de los cuatro continentes. Ese solo ideograma se transforma y (…) se convierte en Buda”.[1] 

Los ideogramas chinos y japoneses son trazos sobre papel que representan ideas abstractas, algunas cargadas de un contenido filosófico y espiritual que no tiene comparación con la escritura que conocemos en Occidente.  En la escritura china, el ideograma Un, consta de un solo trazo horizontal y significa Cielo y Tierra, simbolizando división y unidad, pero a su vez, representa el “trazo inicial”, el aliento primordial que separa la dimensión sagrada y la dimensión humana. A partir de ese signo, el pintor y calígrafo Yuanji Shih T’ao o Shin-tao (1642–1707), desarrolló el concepto del “trazo único de pincel”. Según François Cheng (Cinq méditations sur la beauté, 2010), “el trazo único implica todos los trazos posibles e imaginables, encarna lo uno y lo múltiple y el aliento primordial que unifica y anima a todos los seres de la creación”.

Mediante el trazo único, se accede a un orden superior. En el imaginario artístico chino, la tinta encarna el devenir de la naturaleza y el pincel, el alma del artista que aborda y expresa esa naturaleza en busca de una revelación. Por lo tanto, afirma Cheng (Vacío y plenitud, 1989), “La pincelada, no es una simple línea ni el simple contorno de las cosas. Proviene del arte caligráfico y tiene múltiples implicaciones. Por lo grueso y lo fino de su trazo y por el vacío que encierra, representa forma y volumen; por su “ataque” y su “empuje”, expresa ritmo y movimiento; por el juego de la tinta, sugiere oscuridad y luz; finalmente, por el hecho de que su ejecución es instantánea y sin retoques, introduce los alientos vitales, cargándose de las pulsiones irresistibles de esa persona”.  Según Shin-tao, la pincelada única, sea en pintura o en la caligrafía, es el origen de todas las cosas, la raíz de todos los fenómenos, aunque el vulgo lo ignore. Si no se domina la pincelada única no se puede entender la belleza de la vida, de la naturaleza y los seres que la habitan.

La caligrafía japonesa o Shodo (Escribir el camino), se originó con la introducción del budismo en Japón en tablillas de madera traídas en los zurrones de los monjes que retornaban de estudiar los sutras de Sakiamuni en los monasterios chinos. Los sutras, son las enseñanzas que predicó en la India el Buda Sakyamuni (S. V a.C.), en las que describe su iluminación. Después de su muerte, discípulos y devotos transmitieron de memoria sus prédicas, hasta que escribas las compilaron en tabletas de madera y posteriormente en pergaminos, logrando su difusión por toda Asia.

Sutra del Loto, extracto de un ejemplar del siglo X, Museo Nacional de Tokio, Japón.

El budismo fue introducido en China alrededor del año 67 d.C., quinientos años después de la muerte de Sakyamuni, y en el año 557 hizo su entrada en Japón, en especial el Saddharmapundarika o Sutra de la Flor de Loto de la Ley maravillosa, en el que Buda revela su verdadera identidad, además de promulgar que todos los seres humanos, sin distinción de género, raza o condición social, pueden alcanzar la iluminación. Esto último significó una revolución, no solo en el tiempo en que Sakyamuni lo difundió, sino en la férrea sociedad imperial japonesa del siglo XII. Daisaku Ikeda, explica que el Sutra del Loto pasó de China a Japón, gracias la traducción que en el año 406 hizo Kumarajiva (350-406) del texto original en sánscrito y que lleva por título de Myoho-rengue-kyo, estos tres caracteres contienen en sí mismo los 69.384 ideogramas del Sutra, que hablan del vasto universo interior que posee cada individuo y su unidad indisoluble con la naturaleza y el cosmos.

Kanji

Los kanjis son los ideogramas utilizados en la escritura del idioma japonés que, junto con los silabarios hiragana y katakana, son utilizados para expresar conceptos, de allí que a cada kanji le corresponda un significado y se usa como determinante de la raíz de la palabra y según el tono de su pronunciación varía su significado. Los ideogramas kanji, originalmente estuvieron inspirados en la observación de la naturaleza y están nutridos de un profundo sentido filosófico. Plasmarlos en tablillas de bambú y posteriormente en papel de arroz, constituyó un verdadero camino de realización personal y espiritual, así como de una especial actitud ante la vida y la sociedad, por eso la caligrafía japonesa se considera un arte y una disciplina en busca de la perfección.

En la caligrafía, ejecutar el trazo requiere de una extrema concentración mental

En 1990, en ocasión de una visita a Japón, tuve la oportunidad de observarel lenguaje corporal de un calígrafo en el momento de trazar un ideograma sobre pliegos de papel blanco colocados sobre un tatami. Recuerdo su actitud concentrada y los momentos en que repentinamente atacaba al papel sin lograr su propósito, que no era otro sino plasmar sus sentimientos, rompiendo uno tras otro los trazos ejecutados, al no lograrlo.  Este arte se practica a la usanza milenaria, con pinceles y una barra de tinta (Sumi-e). Es una técnica de escritura que utiliza caracteres kanji y hiragana. Además de requerir una gran precisión por parte del calígrafo, cada caracter debe ser escrito según un trazo específico, lo que implica una rigurosa disciplina. Debido a que el trazo no admite corrección, el gesto requiere de una extrema concentración mental, de manera que el cuerpo del calígrafo transmita su energía a la muñeca y mano para hacerlas converger armoniosamente en el pincel. De allí que, un maestro calígrafo, en su intento de trazo único de un ideograma, pueda hacerlo de una sola vez o pasar días o semanas en el intento, meditando sobre el papel o vacío, mientras lo ensaya mediante movimientos corporales que asemejan a una danza. Cuando visité la colección de caligrafías antiguas, modernas y contemporáneas de la Fundación Mainichi Shodokai, en el Museo Guimet de París, entendí por qué dicha colección está englobada bajo el título: El papel vivo.  

Dentro de este arte encontramos la tendencia caligráfica de poesía moderna o Kindai Shibunsho. Esta se realiza pintando ideogramas inspirados en la observación de una escena: un paisaje o un acontecimiento como puede ser la puesta del sol entre dos edificios de Tokyo. Los ideogramas Kindai Shibunsho, mezclan las impresiones de un mundo hecho de sensaciones, sueños y todas las bellezas de una elusiva estética real o sobrenatural que inundan la vida, donde el vacío se llena simbólicamente de inagotables momentos poéticos capturados en vivo por el calígrafo y que necesariamente deben ser percibidos por el observador o lector. Si no es así, no ha logrado su propósito.

Rigurosa disciplina del cuerpo, perfecta comunión entre la mente, el papel y la tinta, la acción del calígrafo no deja lugar a dudas, nada se deja al azar y no permite el arrepentimiento. En la caligrafía japonesa, cada línea expresa un significado y cada trazo encarna la vida del calígrafo. Este debe conducir su inconsciente al pincel ya que cada ideograma posee una dimensión sagrada, con la que el autor se ha conectado en ese instante y lo expresa con tinta sobre el papel en un gesto único e irrepetible.

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[1] Daisaku Ikeda, La grande citadelle de l’ecrit, Valeurs humaines, N° 107, sep 2019, ACEP, France.

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La violencia en Venezuela

Una Fotografía de hace 60 años

Edgar Cherubini Lecuna

París, enero 2020

En 1958, después de haber derrocado a la dictadura militar de Pérez Jiménez, los venezolanos comenzaban a reconstruir la democracia a través de serias negociaciones y acuerdos entre las diversas tendencias para un entendimiento político y la reconstrucción de las instituciones, cuando irrumpieron violentas acciones armadas provenientes de militares y civiles de izquierda, alentados por la dictadura cubana, pieza caribeña de la URSS en el tablero de ajedrez de la Guerra Fría. Fidel Castro, el artífice de todas las conspiraciones, trataba de impedir el establecimiento de la democracia promoviendo la subversión en el país.

Lo vivido y registrado durante los años 60 en Venezuela, se proyecta calamitosamente en el presente como resultado del imaginario de la izquierda en ese entonces. Se trataba de imponer por las armas el comunismo cubano, inspirado a su vez en el estalinismo soviético. Es imposible pensar que estos hombres y mujeres, muchos de ellos de brillante inteligencia, no estuvieran informados y conscientes de lo que el socialismo real estaba perpetrando en el mundo: de los 20 millones de disidentes asesinados en la URSS, los 65 millones de asesinatos políticos en la República Popular China, de los 2 millones en Corea del Norte, del millón en los regímenes comunistas de Europa oriental o en los campos de la muerte en Camboya. No hay espacio suficiente para exponer las estadísticas del horror de los regímenes comunistas que inspiraron y motivaron a esos subversivos. Es una pregunta muy inquietante.

De haber triunfado la guerrilla en esos años, el resultado hubiera sido aún más terrible, ya que importantes cuadros fueron enviados por La Habana a entrenarse militarmente e inspirarse en los programas sociales de los Khmers rouges en Camboya. Cuando los Jémeres Rojos tomaron por asalto el poder, su líder, un sicópata conocido como Pol-Pot, formado en Francia, ordenó la confiscación de todas las propiedades privadas y el traslado a la fuerza de los habitantes de las zonas urbanas concentrándolos en granjas colectivas donde, según él, surgiría el “Hombre nuevo”. En el programa de trabajos forzados para recuperar la agricultura, murieron 1.900.000 personas en solo tres años, aparte de las ejecuciones sumarias que ascendieron a más de 300.000 en cuestión de semanas. Un genocidio en nombre de una visión denominada “El paraíso verde”, muy parecido al “Mar de la felicidad”,  a la “Revolución bonita” o al “Hombre nuevo chavista”, que años después adoptaría Chávez, repitiendo el perverso guión orwelliano del comunismo.

Como la democracia respeta y promueve la diversidad política, en 1969 se puso en marcha el proceso de pacificación, que dio como resultado que guerrilleros, terroristas y secuestradores se reintegraran a la sociedad. Sin embargo, salvo contadas y honrosas excepciones, la mayoría de estos hombres y mujeres continuaron conspirando y recibiendo instrucciones desde Cuba. Algunos exguerrilleros despachaban desde las cómodas esferas de la administración pública donde habían sido recibidos sin trabas ni represalias, los mismos que conspiraron junto a Chávez y militares de izquierda en los golpes de Estado sucedidos en 1992 y que, a partir de 1998, estando Chávez en el poder, mordieron la mano a quienes les dieron de comer y apoyaron la demolición del Estado y de la infraestructura productiva del país, la exclusión y persecución de los opositores y la confiscación de la libertad. Fue una gran ingenuidad creer que esa izquierda resentida cesaría sus actos subversivos contra la república. El cinismo y la mentira a la que nos han habituado durante estos últimos veinte años nos impiden creerles que ahora, en medio del desastre humanitario que han creado y debido al cerco democrático internacional, deseen de nuevo vivir en democracia después que la destruyeron con saña y perversidad. Como si la fábula del escorpión y la rana fuese una ficción y no la cruda realidad en estos personajes.

Lo que acontece hoy en Venezuela no solo es responsabilidad de la izquierda. El pacto de los partidos democráticos en los años 60, no fue lo suficientemente riguroso y efectivo en el tiempo debido a que las herramientas de búsqueda de conceptos, estrategias y soluciones colectivas concertadas para aglutinar al país en una causa común, en un destino común de democracia y desarrollo, degeneraron durante la cuarta república en individualismo, populismo y corrupción, sin reposicionar el modelo rentista del Estado petrolero, fuente de enriquecimiento de los políticos y de las élites a la sombra de los sucesivos gobiernos, fueran democráticos o dictatoriales.

La miopía de los partidos políticos que había debilitado en extremo la democracia, sumando a esto la ignorancia e inmadurez política de los venezolanos y a la voracidad de ciertas élites que deseaban acceder a las mieles del poder, propiciaron la construcción del escenario ideal para que la sociedad se sintiera embelesada por un nuevo caudillo militar, el mismo que había comandado un golpe de Estado, un justiciero que acabaría con la pobreza y la corrupción.  En realidad, era una pieza de Fidel Castro disfrazado de demócrata, que una vez electo demolería la institucionalidad democrática, incluyendo la que aún quedaba en el ejército, invitando a Cuba a ocupar el país sin disparar un solo tiro. Allí se inició la vuelta al futuro de los objetivos que se habían propuesto esta misma gente en la década de 1960. Cumplieron con éxito sus metas, que hoy estamos padeciendo: la violación masiva de los derechos humanos, las muertes a consecuencia de la escasez de alimentos y medicinas, el terrorismo de Estado con sus 25.000 personas asesinadas anualmente, producto de la inseguridad y la violencia adoptados como política de un régimen que ha propiciado que militares y grupos de civiles armados denominados “colectivos”, asedien, repriman, secuestren, encarcelen, torturen y asesinen a quienes se les oponen. Estas últimas son las mismas UTC o Unidades Tácticas de Combate, creadas en los años 60 por la guerrilla urbana: una liga compuesta por delincuentes, guerrilleros y militantes con el objetivo de controlar los espacios y a los habitantes de cada barrio en las principales ciudades del país, con la notable diferencia que es ahora el Estado y el alto mando militar quien las nutre de armas, recursos y les da órdenes para que actúen con absoluta impunidad.

Voy a utilizar el símil de la fotografía corporativa, ya que es habitual la foto en grupo frente a un determinado paisaje o motivo cuando se ha llegado a la meta o cuando se han cumplido los objetivos de una organización. El motivo de esta fotografía tomada hace 60 años, negativo que fue revelado en 1998 con el triunfo de Hugo Chávez, muestra en primer plano al grupo que ha causado con éxito la destrucción de la nación y sus recursos, el desastre humanitario y la diáspora de 5 millones de venezolanos. En segundo plano de la imagen se observan los cientos de miles de millones de dólares robados durante estos 20 años de revolución socialista, los carteles del crimen organizado que conviven en el país controlando el territorio y los nexos con organizaciones terroristas internacionales a los que se les ha permitido usufructuar nuestras riquezas. El ideal totalitario y el terrorismo de Estado que en los sesenta deseaban fervientemente los ideólogos del exterminio, se cumplió. Lo que observamos no es otra cosa que una fotografía forense.

Esta y otras treinta reflexiones y testimonios las encontrará el lector en el libro La violenta década de los sesenta en Venezuela, una compilación de testimonios, libres de todo corsé académico, realizada por Enrique Viloria Vera,  José Pulido y Petruvska Simne, publicado en 2020 por Barra Libros Editores.  En la introducción se lee: “Esta década venezolana no ha podido ser más violenta, más cruel y sanguinaria, y lo que es peor, una generación de jóvenes sacrificados, inmolados en el indolente altar del castro comunismo. Ciertamente, la monserga, la prédica, el inhumano consejo del Che Guevara a sus correligionarios alzados en armas, fue aplicado a rajatabla en el país: “El odio como factor de lucha; el odio intransigente al enemigo, que impulsa más allá de las limitaciones naturales del ser humano y lo convierte en una efectiva, violenta, selectiva y fría máquina de matar”. ¿No es acaso lo que viven los venezolanos en el presente?

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El Arte es un dínamo social y económico

Edgar Cherubini Lecuna

París, enero 2020

Es una desdicha que Venezuela se haya quedado rezagada con relación al dinamismo cultural de otras sociedades. El régimen chavista agotó inmensos recursos y un valioso e irrecuperable tiempo en copiar el fracasado modelo cubano y en imponer mitos populistas que contradicen toda creación de valor. En lugar de invertir en conocimiento, una camarilla gansteril robó y despilfarró 900.000 millones de dólares y después de 20 años a la deriva, sin objetivos de desarrollo, donde destruyeron la cadena ecológica de la democracia y sus valores culturales, el país está comenzando a estremecerse en su propia fragilidad.

Sin entrar a analizar las poderosas economías creadas por la inversión en conocimiento, muchos países se nutren de nichos económicos relacionados con la cultura y las artes a sabiendas de que son poderosos motores de sus economías y contribuyen a su posicionamiento mundial. Veamos a continuación algunos ejemplos de esto último.

Pese al clima de agitación social que vivió París el año pasado, el museo del Louvre recibió a 9 millones de visitantes y organizó 500.000 visitas guiadas a estudiantes. Otros espacios culturales no se quedan atrás, el Musée d’Orsay acogió a 1.584.026 visitantes y el Centro Pompidou a 1.038.832, mientras que La Villette vendió 1.423.170 entradas de Tutankhamon y para la exposición de Leonardo Da Vinci, a inaugurarse en febrero, se están vendiendo 100.000 entradas diarias.  En Italia, el conjunto de sus museos acogió a 50 millones de personas. Por su parte, el Museo del Prado en Madrid, el año pasado aumentó las visitas a 3.353.685 y aporta, en el ámbito de la economía y empleo en España, unos 745 millones de euros. En su informe anual, la institución que cuenta con un presupuesto anual de 45 millones, estima en unos 25 millones la contribución directa, unos 607 millones la indirecta y en 113 millones en los sectores de entretenimiento, transporte, proveedores, hostelería y restauración.  

En los países desarrollados, el sector cultural y artístico es tomado tan en serio que, en los Estados Unidos, su contribución a la economía representa el 4.2% del PIB de ese país.  Para citar algunas cifras, los museos en EE. UU. generan ganancias por el orden de los US$ 5.300 millones y el comercio de Arte 21.000 millones. En una ciudad de 8 millones de habitantes como lo es New York, según el Center for an Urban Future, el sector creativo emplea a más de 300.000 personas. Otro aspecto interesante es el de los 133.895 miembros, entre donantes y abonados del Metropolitan Museum de NY (el Louvre cuenta con 60.000 amigos) que proporcionan solidez a los fondos de la institución acumulando el año pasado US$ 3.200 millones producto de donaciones.

La inversión en cultura y artes es el camino hacia la prosperidad de cualquier sociedad, de allí que los montos destinados a la construcción de complejos culturales en el mundo entero en 2017 fueron de 9.900 millones de Euros, añadiendo el Louvre Abu Dhabi. En 2019, la suma de 8.000 millones se distribuyó en 58 proyectos en EE. UU., 44 en Europa y 26 en Asia y Medio Oriente, incluyendo el He Art Museum que en la actualidad proyecta el arquitecto japonés Tadao Ando en Forshan, China, así como los 17.000 m2 del Hayy Creative Hub en Djeddah, Arabia Saudita.

A las cifras anteriores hay que añadir el negocio que representa la producción de las 140.000 exposiciones que se inauguran cada año en museos y galerías en el mundo entero, monto que asciende a los 5.900 millones de US$.

El mercado global del arte facturó en 2018 US$ 67.700 millones y se estima en US$ 70.000 millones en 2019. El arte se ha convertido en un verdadero fenómeno de las finanzas y economías mundiales. Sobre esto último cabe decir que en 2019 se vendieron 71.400 obras de arte contemporáneo, algunas por cifras records en la historia del arte, como el Rabitt de Jeff Koons, subastado en US$ 91 millones, Portrait of an Artist de David Hockney en US$ 90 millones y el Devolved Parliament (los simios en el parlamento inglés) del anónimo Banksy, US$12 millones (£9.9 millones). Debido a los altos montos que mueve este mercado, las casas de subasta como Sotheby’s y Christie’s mantienen al día sus directorios de los Ultra High Net Worth Individuals (UHNWI), un pequeño segmento social de las élites mundiales que se trasladan de país en país adquiriendo obras de arte después de haber entendido que les resulta más rentable que invertir en la bolsa de valores. Mágicamente transforman objetos de arte en activos de alto grado de inversión.

Después de este breve recuento de cómo en las democracias liberales donde impera la economía de mercado el acontecer artístico contribuye a sus economías, nos damos cuenta de que Venezuela se ha quedado rezagada de esta dinámica global, en contraste con la intensa actividad cultural y artística del país durante el período democrático, cuando Venezuela aparecía en los titulares de las secciones culturales de los más importantes medios del mundo. Después de estos veinte años de ignominia y pobreza mental, el país ha desaparecido del escenario artístico internacional. Hoy solo es mencionado en las páginas rojas de los diarios internacionales debido a la crisis humanitaria, a las investigaciones sobre corrupción de la corporación criminal que lo gobierna, a sus alianzas con organizaciones terroristas, a la destrucción de la selva amazónica y a la orfandad y violación de los Derechos Humanos que padecen los venezolanos.

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Muerte a las palabras y a las caricaturas

Edgar Cherubini Lecuna

París, enero 2020

Hace cinco años, el siete de enero de 2015, un comando terrorista irrumpió en la sala de redacción del semanario Charlie Hebdo, donde se encontraban reunidos su director Stéphane Charbonnier con la plantilla de redactores y los destacados caricaturistas Cabu y Wolinski, todos fueron masacrados al grito de “Allahu akbar” (Allah es el más grande), proferido entre ráfagas de kaláshnikovs. El editorial de L’Echo, al día siguiente del atentado, tituló así: “No solo ha sido herida mortalmente la libertad de prensa sino los valores de la República”. Thierry Desjardins, director adjunto de Le Figaro escribió al día siguiente del atentado: “Los islamistas pretenden destruir la civilización occidental, la democracia, los derechos del hombre, la igualdad entre hombres y mujeres, el progreso como nosotros lo concebimos”.  Francia no termina de comprender que la concepción de la Jihad o guerra santa contra los infieles, que pretende la creación de un califato mundial, está multiplicando sus asaltos en su guerra a muerte contra Occidente. El islam fundamentalista no acepta críticas y considera enemigo e infiel a todo aquel que piense diferente a sus dogmas.

Charlie Hebdo, ya había sido víctima de atentados y hostigamientos, entre otros el incendio de su sede, debido a que desde 1970 ha mantenido una línea editorial caracterizada por un humor incisivo y una crítica mordaz hacia cada gobierno de turno, políticos, empresarios, la iglesia, los judíos y en especial el islam radical, siendo sus icónicas caricaturas fuente de comentario en todos los bistrots de Francia. Sus denuncias sobre corrupción han contado siempre con fuentes bien documentadas, por lo que presidentes, empresarios y políticos le temen.

Entre las caricaturas sobre el Islam que supuestamente provocaron el ataque de ese día, se destacaba una en la que Mahoma, arrodillado y maniatado, está a punto de ser degollado por un encapuchado, a quien el profeta le dice: “Yo soy el Profeta, idiota!”, a lo que el verdugo responde “¡Jódete, infiel!”, queriendo expresar con esto la psicopatía de los yihadistas del ISIS, quienes incluyen entre sus enemigos no solo a judíos y cristianos, sino a musulmanes Chiitas y sectas que no aceptan la Sharia o Ley Islámica.  

Una caricatura, mas allá́ del humor, sea este cínico o irreverente, es en el fondo una reflexión inteligente sobre el acontecer de nuestra sociedad. El caricaturista, dotado de una visión aguda e incisiva, es el traductor de los sentimientos de impotencia y, a veces, de indignación de los lectores víctimas de los abusos del poder o ante cualquier hecho o noticia que les cause desasosiego. Eso no tiene cabida en la dogmática moral musulmana y sus equivalentes en Occidente del fascismo y el comunismo, en fin, de todos los totalitarismos que tratan de imponer una visión unilateral y reduccionista al resto de la sociedad, acompañada por un lenguaje que se afirma en el resentimiento, el odio y la violencia contra aquellos que no comparten su visión del mundo. Es parte de una psicopatía política que busca destruir el derecho y la libertad de pensamiento, negando la construcción de la verdad social, que en democracia es el producto del conjunto de subjetividades que la conforman. Es por eso por lo que André Glucksmann, se refiere al “terror como la última ratio de cualquier estrategia totalitaria”.

Volviendo a la terrible efeméride de hoy, reproduzco un extracto del editorial del diario El País con el que se pronunció ese día sobre el ataque contra Charlie Hebdo: “Sin libertad de expresión no hay democracia, los fanáticos, los bárbaros que han atacado a Charlie Hebdo, son, simplemente, enemigos de la democracia, es decir, de nuestra civilización”.

Pienso que, frente al mal y el silencio que éste trata de imponer, el individuo es impulsado a afirmar su humanidad y su dignidad armado de palabras (…y de caricaturas), como un dictado infalible de su propia supervivencia espiritual, moral y cultural, con las que ejerce plenamente su libertad.

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Sartre en La Habana, el Che Guevara y (der) Fidel. Foto ©Alberto Korda

Los filotiránicos

Edgar Cherubini Lecuna

París, noviembre 2019

En Francia, junto a los “guardianes del templo” comunista, conviven intelectuales, periodistas y dirigentes de izquierda que apoyan sin ningún pudor a los regímenes dictatoriales y corruptos de Cuba, Bolivia, Nicaragua y Venezuela, países que integran el Foro de São Paulo, la nueva internacional comunista aliada al crimen organizado en esos tristes trópicos. El apoyo de esa izquierda a los desmanes totalitarios de los caudillos caribeños es una pulsión que florece y da sus frutos en el terreno de la patología política. Siendo promotores del tercermundismo, algunos llegan a traicionar a sus propias sociedades, mientras que otros se expresan con eufemismos o mantienen un silencio cómplice dentro del political correctness de los sistemas democráticos del primer mundo donde viven cobijados en la seguridad de sus tribunas mediáticas o académicas sin temor a ser perseguidos por expresar sus ideas en libertad. Esos intelectuales han sido incapaces de desprenderse de sus camisas de fuerza ideológicas y como bien lo expresara Pascal Bruckner, viven una verdadera “ortopedia del pensamiento”.[1]

En la década de 1950, el filósofo Jean Paul Sartre dispensaba alabanzas al socialismo real de la URSS, pasando por alto la violación de los derechos humanos y los 20 millones de disidentes asesinados por el estalinismo, llegando a declarar en 1954: “En la URSS la libertad de crítica es total”. Dos años más tarde, en 1956, después que el “Informe Krushev”, destapara las crueldades del régimen, no vaciló en volcarse hacia la utopía revolucionaria caribeña. Sin ningún decoro comenzó entonces a proponer la idea del “Hombre Nuevo” inspirado en la Revolución Cubana.

Según Isis Wirth, “Huracán sobre al azúcar (Ouragan sur le sucre), los 16 artículos que Sartre hizo aparecer en France-Soir en 1960, fue la apología y la exégesis avant-la-lettre del castrismo. (…) El ”especialista de las revoluciones” declaraba que con Castro jamás arribaría la época del Terror. Lo más atroz para Wirth es la apologética teórica de la personalidad de Fidel Castro, aderezada con visos filosóficos: “Sartre analiza lo ‘sintético’ de su pensamiento, el carácter ‘totalizador’ – adjetivo del que aún no se cuidaba – de su sensibilidad. Castro no es una ‘totalidad’ singular sino el ‘todo’. ‘El es todos los hombres de la isla; fuera de esto, nada’. O, dicho de una manera más lírica: ‘Castro ya era la isla entera’. Sartre no vacila, incluso, en efectuarle un ‘análisis molecular’ y escribe, “Castro es como ‘el dios de Aristóteles, el primer motor’”. [2]

Fidel Castro, quien en vida expresó que “no quería morir sin ver incendiada Latinoamérica”, en 1994 le pasó el testigo a un militar golpista venezolano, de allí que Hugo Chávez comenzó por repetir los mismos eslóganes: “El hombre nuevo que el Socialismo del Siglo XXI dará a luz en Venezuela” y “Patria, socialismo o muerte”. Con esto último, sellaba lo ya demostrado por el nazismo y el comunismo, que las ideologías dogmáticas que adoptan “la muerte” como motto, son la fuente de un terrorismo de Estado, arrogándose el derecho de aniquilar en forma física o política a quienes se opongan a sus objetivos.

En los intelectuales de izquierda y muchos de los asesores políticos, analistas y periodistas europeos, amancebados con el régimen militarista y narcoterrorista que instauró Chávez y continuó Maduro, lo que ha privado es la transacción, el utilitarismo, el cinismo o la simple perversidad. Nos negamos a creer que se trata de ideología, ingenuidad o miopía, pues la llamada “revolución bolivariana”, que no es otra cosa que una mafia del crimen organizado está a mucha distancia de la práctica del socialismo democrático moderno del que tanto disfrutan y conversan puertas adentro, en los bistrots de moda o desde sus cómodas sillas académicas en prestigiosas universidades.

La seducción de Siracusa

El apoyo, el mutismo, el comportamiento adulante y complaciente a dictadores latinoamericanos como lo fueron Chávez y Castro y ahora Ortega, Morales y Maduro, que han destruido todo concepto de democracia, entre otros desgarramientos que ocurren en esas lejanas latitudes, nos recuerda la admonición de Mark Lilla en su asertivo ensayo “La Seducción de Siracusa”. [3]

Lilla, profundiza las razones que llevaron a muchos intelectuales europeos del siglo XX a avalar toda clase de tiranías y desviaciones al sentirse “seducidos por la fascinación del poder totalitario, sus líderes carismáticos o sus mesiánicas ideologías. Coreografiaron cuidadosamente sus viajes y paseos por los dominios de los tiranos, eso sí, con billetes de regreso en la mano. Las doctrinas del comunismo y el fascismo, del marxismo en todas sus barrocas mutaciones, del nacionalismo, del tiers mondisme, en ocasiones animadas por el odio contra el poder despótico, fueron todas capaces de generar feroces dictadores, pero también de cegar a los intelectuales ante sus crímenes”. Sobre los intelectuales europeos que apoyaron o que hoy apoyan estas aberraciones, Lilla es cáustico al afirmar: “La Europa continental alumbró dos grandes sistemas dictatoriales durante el siglo XX, el comunismo y el fascismo; del mismo modo, también creó un nuevo tipo social para el que necesitamos un nuevo nombre: el del “intelectual filotiránico”.

El terrorismo intelectual y el “efecto Lucifer”

Es conocida la actitud de asedio, descalificación y agresión demostrada por los intelectuales y medios de izquierda contra los que no piensan como ellos, siendo notorio en el caso de Aleksandr Solzhenitsin (1918-2008) durante su visita a París en 1974. Este físico y matemático ruso, fue condenado a trabajos forzados en un campo de concentración o Gulag desde 1945 a 1956, por expresar opiniones contrarias al régimen estalinista en una carta dirigida a un amigo. Solzhenitsyn fue galardonado con el Premio Nobel de Literatura en 1970 y expulsado de la Unión Soviética en 1974, cuando el aparato de espionaje de la KGB se enteró de que el escritor había registrado las conversaciones con más de 100 disidentes políticos sobrevivientes como él, para dar a conocer los horrores a los que fueron sometidos durante su cautiverio en el Gulag. Se trataba de científicos, intelectuales, agricultores y gente del común que, aparte de los trabajos forzados y la falta de alimentos a los que estaban sometidos, debían sobrevivir a los hostigamientos de delincuentes y criminales recluidos en un mismo recinto, para que no tuvieran sosiego ni de día ni de noche. Solzhenitsyn resistió 11 años el infierno del Gulag.

Stéphane Courtois, editor de El libro negro del comunismo señala: “El comunismo real, puso en funcionamiento una represión sistemática, hasta llegar a erigir el terror como forma de gobierno”[4]. Los actos criminales que significaron hostigamientos, prisión, asesinatos, tortura, exclusión social y deportaciones que arrojó la implantación del comunismo ofrecen un balance más terrible que el del nazismo. De acuerdo con dicho informe, se calcula en 20 millones de opositores asesinados en la URSS, de los cuales un gran porcentaje murió en los Gulags, sirviendo de modelo administrativo eficiente para los campos de exterminio nazis, gracias a los intercambios oficiales y protocolos secretos que se sucedieron durante el pacto ruso-alemán de 1939.

En el libro Archipiélago Gulag, metáfora que Solzhenitsyn utiliza para diseccionar ese sistema de prisiones, pudo publicarlo en París en diciembre de 1973, al enterarse de que el KGB había apresado y torturado hasta darle muerte a Elizaveta Voronyánskaya, su secretaria, exigiéndole revelara el lugar donde escondía el manuscrito original. En febrero de 1974 fue detenido y acusado de traición a la patria, a los pocos días lo despojaron de la ciudadanía soviética y lo deportaron a Alemania.

Bajo el título El terrorismo intelectual de la izquierda, Jean Sévillia[5] publica una crítica demoledora sobre la intelectualidad y los medios de comunicación ocupados por la izquierda en Francia. Entre otros temas, reproduce las opiniones sobre Solzhenitsyn del editorial de L’Humanité del 17 de enero de 1974: “La publicación del Archipiélago Gulag está enmarcada en una campaña antisoviética, destinada a distraer de la crisis que padecen los países capitalistas”. Le Monde, Le Nouvel Observateur, Tel Quel y otros medios no se quedan atrás, y califican a Solzhenitsyn de “traidor de la izquierda”, “colaboracionista de la derecha y del capital”, “máquina de guerra contra la URSS, contra el socialismo y contra la unión de la izquierda en Francia”, “profeta de la contrarrevolución” (Apostrophes, 1974), “es un personaje psíquicamente inquietante. Tiene un aspecto simiesco, es como un mono que con tristeza ve pasar a los que se pasean el domingo frente a su jaula” (Tel Quel, 1974).

Mientras estuvo en el país que se ha ufanado siempre de ser el campeón de los derechos humanos, denunció que aún estaban en funcionamiento en la URSS más de 2.000 Gulags, donde permanecían recluidos cinco millones de prisioneros políticos y que en ese mismo año la KGB había dado muerte a más de 20.000 disidentes. Es imperdonable que destacados intelectuales y dirigentes de la izquierda francesa guardaran silencio sobre esos hechos mientras sus acólitos asesinaban intelectualmente al escritor que había osado criticar el régimen comunista de Stalin. Es lo que conocemos como “efecto Lucifer” al que apunta el psiquiatra Philip Zimbardo, “El mal de la inacción o del silencio es una nueva forma del mal, que apoya a aquellos que perpetran el mal”.[6]

A raíz de la muerte de Stalin, las revelaciones del Informe Khrushchev en 1956 produjo por muchos años en dirigentes e intelectuales de izquierda una negación psicótica del totalitarismo soviético. El Partido Comunista francés tardó 17 años en reconocer la veracidad de dicho informe, de allí que sus dirigentes, junto a intelectuales y medios, avalaran por igual el sojuzgamiento a la URSS de los países del Europa del Este por el Pacto de Varsovia, la invasión a Hungría (1956) o el aplastamiento de la primavera de Praga (1968). Los que lograron distanciarse de esa distorsión cognitiva sobre Stalin corrieron presurosos a cantarle alabanzas a nuevos tiranos comunistas, en especial a Fidel Castro, el Stalin caribeño creador de un Gulag tropical donde recluyó a 11 millones de cubanos.

Thierry Wolton, periodista y ensayista francés, autor de Histoire Mondiale du Communisme, en una entrevista que le hace el diario Le Figaro,[7] le preguntan sobre la responsabilidad de los intelectuales, en particular los franceses, en el negacionismo de los crímenes cometidos por el Comunismo y por qué esta ideología ejerce tal influencia en ellos. Wolton, alarmado por la carencia de reflexión después de la amplia cobertura de los medios internacionales con motivo del centenario de la Revolución Rusa celebrada en 2017, expresó consternado: “Hace dos años, con motivo del centenario de octubre de 1917, un evento que dio origen al comunismo en el siglo XX se ha mantenido oculta por muchos clichés la realidad de esta trágica historia, a pesar de los hechos probados e indiscutibles. Esto es ‘negacionismo’, pues no es una interpretación de la historia, que sería una cuestión de opinión, sino la negación de la realidad. Continúan presentando el advenimiento del comunismo como una hermosa conquista del hombre, con sus gloriosas páginas tomadas de la propaganda de la época, destinadas precisamente a ocultar la realidad de la tragedia, ya que la mayoría de los medios reutilizaron ese mismo discurso propagandístico. (…) La actual negación de izquierda está arraigada en la ceguera de los intelectuales al comunismo durante el siglo veinte”.

edgar.cherubini@gmail.com

[1] Pascal Bruckner, Le sanglot de l’homme blanc, Seuil, Paris, 1983.

[2] Isis Wirth, El Evangelio según Jean-Paul Sartre, El Nuevo Herald, 26.10.2008.

[3] Mark Lilla, Pensadores temerarios, Debate, 2005.

[4] Stéphane Courtois, Le Livre noir du communisme : Crimes, terreur, répression. Ed. Robert Laffont, 1977.

[5] Jean Sévillia, Le terrorisme intellectuel. Ed. Tempus, 2000.

[6] Philip Zimbardo, The Lucifer Effect: Understanding the Evil. Penguin Random House, 2007.

[7] Thierry Wolton, Il faut aussi combattre le négationnisme de gauche!. Le Figaro Premium – 22/04/2019.

 

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FOTO No 2_Los radicales en acción en pleno corazón de París

Francia paralizada

Edgar Cherubini Lecuna

París, diciembre 2019

Hoy es martes 10 de diciembre y van cinco días de paralización del transporte y otros servicios públicos. Terminando de escribir estas notas leo los titulares de Le Figaro y otros medios: “Gran bloqueo”, “Millones de franceses desesperados”, “Record de embotellamientos”, “Martes negro” y refiriéndose a las conversaciones iniciadas ayer por las dos partes en conflicto, este otro lo explica muy bien: “Un délicat exercice d’équilibristes”. Battra, battra pas en retraite? ¿Luchar, luchar sin ceder ?, es otro de los titulares significativos debido a la interrogación que transmite. Lo cierto es que Macron se enfrenta a un conflicto social de gran amplitud similar, por no decir idéntico al que confrontó el gobierno de Chirac en 1995, después de anunciar la reforma de las pensiones. En ese entonces sucedió lo mismo y por coincidencia en la misma fecha, la CGT junto a decenas de sindicatos convocaron a una huelga general paralizando el país durante un mes, hasta que consiguieron anular la reforma. Pero antes de continuar, pasemos revista a las causas de esta crisis.

Después de 18 meses de consulta con todos los sectores sociales, el gobierno de Macron, invocando la bandera de la égalité, se propone abolir los exclusivos privilegios que disfrutan algunos sectores como el de los empleados ferroviarios. Sin esperar el anuncio oficial de dichas reformas anunciado para mañana miércoles 11 y sin mediar discusión previa, los sindicatos ferroviarios, de rancia tradición comunistas convocaron desde el 5 de diciembre a una huelga general a la que se han sumado los transportes públicos, enfermeras, desempleados, ambientalistas, variopintas organizaciones de extrema izquierda junto con los falsos “chalecos amarillos” y los vándalos anarquistas que los acompañan, destrozando e incendiando todo a su paso. El comunismo siempre ha manipulado y reinado sobre el caos.

Este bordel o bololó, como exclaman los franceses de a pié que no pueden desplazarse a sus obligaciones cotidianas, comenzó con el anuncio del Primer Ministro Edouard Phillippe, de “abolir los regímenes especiales” y hacer que el sistema de pensiones sea más justo, siguiendo el principio de que “las contribuciones impositivas otorgan los mismos derechos para todos”. Pero los sindicatos RATP, USCNF, NSA, CGT y CFE-CGC, hicieron un llamado a la huelga general para frenar la reforma, decididos a mantener sus privilegios. Los ferroviarios disfrutan de las pensiones más altas de Francia, con la ventaja adicional de un retiro más anticipado que cualquier otro ciudadano. Estos privilegios fueron adoptados cuando las locomotoras de acero fundido eran alimentadas con carbón y el duro trabajo de plantar los rieles se hacía a pico y pala bajo el sol. Hoy los trenes se conducen con el dedo índice pulsando tableros digitales en cómodas cabinas con aire acondicionado y hay todo un moderno sistema de implantación mecánica de los nuevos rieles.

En la RATP, 42,000 empleados con estatus pueden irse a los 57 años y en casos especiales a los 52 años, frente a 63 años en el sector privado y más de 61 años en el público. Además de la salida anticipada, el plan proporciona para los nuevos jubilados en 2017, una pensión bruta que asciende a € 3.705 por mes para el RATP, frente a € 2206 para un funcionario. En comparación con los demás ciudadanos, los pensionistas de RATP tienen una pensión 24% más alta. Un sistema muy ventajoso, subvencionado por los contribuyentes que paradójicamente obtienen menos beneficios de sus pensiones, deben trabajar diez años más que ellos y en muchos casos ejercen profesiones más arriesgadas que manejar un tren de última generación.

Pero, a los comunistas, una vez que están en el poder, sea de una nación o de un sindicato, no les interesa la Égalité (ni la Fraternité, ni la Liberté) sino los privilegios de su nomenklatura. La izquierda en Francia ha demostrado su incapacidad de reinventarse, de entender que el martillo y la hoz ya no se utilizarán en la utópica lucha de clases; no ha sido capaz de adaptar sus principios a las nuevas circunstancias que exigen un Estado promotor, en vez de un Estado benefactor, tampoco aportan ninguna visión novedosa en lo político, en lo económico y ni siquiera en lo social, que ha sido su bandera histórica. La izquierda francesa sigue anclada a viejos y agotados paradigmas. De allí que no les queda otra cosa que volver al milenarismo comunista e intenten producir el colapso o effondrement de Francia.

La sociedad líquida francesa

Otra coincidencia con la huelga general de los noventa, es que los analistas y presentadores en los medios utilizan hoy las mismas frases de 1995: “Fractura social” y “descontento generalizado”. Sobre esto, tanto en Francia como en otros países, se han hecho visible una diversidad de segmentos sociales que no se sienten representados políticamente, son minorías que se sienten discriminadas como fue el caso de los “Gillets jaunes” que originalmente eran los productores agrarios y la clase media de la periferia de París, cuyas justas demandas no habían sido tomados en cuenta por el gobierno, ni por los partidos y menos por la izquierda. Como lo expresa Mauricio Zieleniec (Bauman y la grieta social, 2019), son “nichos de lucha” y son tantos los sectores reclamantes que ni políticos ni sindicatos los hegemonizan. Reclaman todo tipo de derechos. Son protestas populares sin claros liderazgo y con diversas reclamaciones: las de género, seguridad, aborto, matrimonio homosexual, combustibles, ambientalistas, animalistas, etc. “La sociedad a medida que se diversifica en distintos objetivos, va perdiendo su unidad histórica y gana el individualismo como deseo y forma de enfrentar la superación deseada”. El populismo de izquierda y de derecha intentan captar estos nichos mientras estalla el descontento junto a más inesperadas reivindicaciones. “Los reclamos de derechos, son reclamos solamente, no especifican construcción ética y sostenibilidad de lo solicitado. La sociedad acaba siendo cada vez más líquida o menos sólida, sólo se reclama, no se solidifican valores sociales colectivos en las luchas. Los incendios sociales y la desintegración de valores nos rodean”.

Pienso que a Macron le ha tocado vivir esta realidad exacerbada y atizada hoy por una izquierda vacía de principios que ahora pretende liderar el “descontento líquido”. La situación política y social de Francia en crisis requiere de estadistas y no de populistas. Es una verdadera prueba de fuego.

La dama inmóvil

Contrario a la famosa aria de Verdi, La donna è mobile, la realidad según Chantal Delsol, es que “Francia se encuentra inmóvil en el reloj de la historia”. Esta analista, directora de la encuesta internacional La Démocratie dans l’adversité, no duda en expresar su inquietud sobre la parálisis que corroe a Francia desde el 5 de diciembre, expresando que “las huelgas de hoy son las mismas que se desarrollan desde hace veinticuatro años contra la misma reforma y mantienen al país inmóvil. En este teatro y durante décadas, cada gobierno de turno ha legado al siguiente la responsabilidad de implementar las necesarias reformas, mientras las finanzas del país se desangran y se profundizan sus deudas, así, las mismas huelgas y consignas y parálisis del país se repiten indefinidamente” (Paralysie du pays: guérirons-nous un jour du mal français?, Le Figaro, 6.12.2019).

Lo curioso – expresa Delsol- es que Francia está menos afectada por la crisis que muchos otros de sus vecinos: “Su esperanza de vida se encuentra entre las mejores de los países desarrollados. Se dedica a la salud, pensiones, beneficios sociales, siempre uno de los tres PIB más altos. Las desigualdades son más bajas en Francia que en la media europea al romper todos los récords de redistribución social. Sus ciudadanos son atendidos por la seguridad social y educados gratuitamente, entre otros beneficios, lo cual es una excepción pura en el mundo del siglo XXI. Pero los franceses son infelices. Una doxa letal hizo creer a los ciudadanos, falsamente, que la “Autoridad Suprema” asumiría en su lugar todas las consecuencias de su libertad. Lo cual es imposible y no existe en el mundo real” (Idem).

Los medios, en especial la TV transmite en directo el caos y la desesperación de la gente sin medios de transporte. Sin duda alguna, los sindicatos terminarán por paralizar el país buscando su colapso, ya están convocando a los gremios que faltan por unirse a la huelga con intimidación y la violencia contra aquellos que no están de acuerdo, como las agresiones de ayer contra conductores de tranvía que no se habían plegado al llamado sindical o a las estaciones de autobuses que prestan el servicio mínimo previsto en estos casos.

Para salir del inmovilismo, Francia debe sacudirse del chantaje histórico al que la tiene sometida esa izquierda que se cree poseedora de una verdad mesiánica y que, cuando no logra imponer sus ideas y mantener sus privilegios, amenaza con hacer colapsar al país. Para terminar con estos apuntes, pienso que estoy de acuerdo con Frédéric Dabi, analista político y director de la encuestadora IFOP : “Todo este circo se hubiera evitado con una mejor comunicación”.

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La devastación del Amazonas en nombre del “socialismo”

Edgar Cherubini Lecuna

Los gobiernos “socialistas del siglo XXI” y sus falsos “presidentes de los pobres”, se han caracterizado por entregar a oscuros intereses los recursos naturales y minerales de la Amazonia, llegando a ceder la soberanía sobre esos territorios a cambio de jugosos negocios, en un “se vale todo” corrupto y voraz, permitiendo la extracción indiscriminada de minerales y la tala de sus bosques, provocando la progresiva desaparición del pulmón que le brinda oxígeno al planeta y la extinción de culturas indígenas milenarias que allí habitan.

Los mineros utilizan mercurio para extraer oro, destruyendo la capa vegetal y envenenando los ríos,

El Amazonas venezolano, territorio de 184.000 Km2, forma parte del ecosistema verde del planeta y constituye una de las más prodigiosas reservas de recursos naturales del mundo. Pese a su importancia vital, el régimen chavista ha permitido la explotación de minerales estratégicos, la penetración de la narcoguerrilla colombiana y toda suerte de negocios de extracción de minerales manejados por militares y mafias del crimen organizado, incrementándose a raíz de la desafectación y la liquidación del sistema de parques nacionales, reservas forestales y de la biosfera de ese territorio, cedidas al negocio multimillonario de actividades mineras, petroleras, forestales y “otros desarrollos”, contemplados en el decreto del  Arco Minero del Orinoco, que ha colocado en situación de riesgo ecológico y humano dicha región. Los proyectos extractivos promovidos por Chávez y continuados por Maduro, que arrasan indiscriminadamente la selva y utilizan mercurio en el proceso de extracción del oro, perjudicando los suelos y envenenando los ríos, se encuentran en territorios indígenas, donde éstos son utilizados como guías, esclavizados en las minas, hostigados y asesinados, lo que implica la progresiva desaparición de esas etnias.  

Una patrulla del ELN

Los guerrilleros del Ejército de Liberación Nacional (ELN) y de las FARC controlan la explotación de los recursos minerales del suelo venezolano, específicamente el oro, el diamante y el coltán. Según el diario El Tiempo (Valentina Lares Martiz, Amazonas, el estado venezolano donde manda el ELN, 13.11.2018 ), “Se trata de la reinvención de estos grupos a la sombra de la “revolución bolivariana”, que en tiempos de Hugo Chávez tuvieron luz verde para entrar y descansar en Venezuela, pero bajo el régimen de Nicolás Maduro tienen un “trabajo” formal en las minas: organizar a los mineros para explotar el recurso, luego transportarlo y entregarlo al gobierno venezolano (…) Estas actividades de explotación y entrega de oro y coltán solían estar a cargo de los ‘pranes’ (criminales o exconvictos pertenecientes al crimen organizado que controlan a sangre y fuego la explotación de los recursos), pero poco a poco las FARC y guerrilleros del ELN que han entrado a Venezuela han ido asumiendo estos roles”. 

La Amazonia brasileña del “hermano Lula”

Durante el gobierno del “socialista” Lula (2003-2010), paladín del Foro de Sao Paulo, se deforestaron 110.852 Km2 de la selva amazónica, concedidas a las corporaciones madereras, petroleras, mineras y de biocombustibles, sin importarle la destrucción de la mayor reserva de la biosfera del mundo, la desaparición de miles de especies animales y de plantas, así como las repetidas masacres en pueblos indígenas. Según informes de Green Peace, el gobierno brasileño presidido por Lula, financió y participó como accionista de las grandes industrias y corporaciones locales y transnacionales que operan en la Amazonia, convirtiéndose en el principal impulsor de la más grande deforestación del planeta en lo que va de siglo. Además, las leyes presentadas por sus asesores ante Congreso brasileño conceden derechos de propiedad a esas corporaciones, ocupantes ilegales de millares de hectáreas y así duplicar la porción de selva que podía ser deforestada “legalmente”. Las organizaciones Trident Ploughshares, la Fundación Right Livelihood Award y la Fundación para la Defensa del Ambiente (FUNAM), denunciaron que, durante el gobierno de Lula, Brasil fue el país que registró la mayor cantidad de asesinatos de líderes ambientales e indígenas: 365 víctimas de los sicarios de empresas ganaderas, agrícolas, mineras y madereras. Los negocios y ganancias que producen el desastre ecológico no se detienen. Entre 2017 y 2018, se talaron cerca de 7.900 km2 de bosque en la Amazonia brasileña, según Greenpeace Brasil, aproximadamente 1.185 millones de árboles desaparecieron y con ellos miles de especies de flora y fauna.

Evo, el falso indígena

En Bolivia, se recuerda a Evo Morales como el “falso indígena” cuando en 2011 ordenó reprimir salvajemente una marcha de indígenas que protestaban la ocupación de sus tierras en el parque nacional Tipnis, reserva en la cuenca amazónica boliviana, donde viven 14.000 habitantes ancestrales de ese territorio. Desde entonces, Morales trató de imponer el proyecto de una carretera, planificada, financiada y construida por su vecino Brasil con el objetivo de conseguir una salida al océano Pacífico, para exportar al Asia los productos de las mega corporaciones madereras y de soja que están devastando la Amazonia brasileña. A la sombra de este proyecto también se encontraban los productores de coca, a quienes se les facilitaría esta vía de comunicación dentro de la reserva. Recordemos que desde 1996, Evo Morales preside el Comité de Coordinación de las seis federaciones de productores de coca de Bolivia.

Sobre los recientes incendios forestales en Bolivia, que han devastado mas de un millón de hectáreas con toda la flora y fauna que la integran, provocando el desplazamiento de miles de indígenas y campesinos, Carlos Sánchez Berzaín, Director del Interamerican Institute for Democracy, afirma que este ecocidio fue provocado y ejecutado “legalmente” por Evo Morales, quien desde hace 30 años promueve y defiende con violencia y muerte la implantación y expansión de cultivos ilegales de coca como materia prima de la cocaína y del narcotráfico regional. Según expresa Sánchez Bersaín, “La zona del Trópico de Cochabamba fue convertida en cocalera por medio de quemas, talas y ‘desmontes’ de bosques tropicales. Los cultivos de coca ilegal que eran de 3.000 hectáreas en el año 2003, hoy son mas de 80.000 hectáreas, porque Morales el jefe vitalicio de las federaciones de cocaleros que producen cocaína es el jefe del Estado Plurinacional de Bolivia.  La ampliación de cultivos de coca ilegal ha llevado a Evo Morales a invadir y destrozar el Territorio Indígena y Parque Nacional Isiboro-Secure (TIPNIS), que es un área protegida de Bolivia, declarada Parque Nacional en 1965 y Territorio Indígena en 1990, de una extensión de l.236.296 hectáreas en territorio de los departamentos de Cochabamba y Beni.
El ecocidio está probado por acciones concretas de Evo Morales y su régimen, entre otras, el 25 de Agosto de 2017 el vice presidente de Morales repudia la protección del ecosistema afirmando que “las áreas protegidas fueron elaboradas por los gringos para guardarse nuestros recursos naturales para el día que se hagan cargo del país”.  El 10 de Julio de 2019 Evo Morales por Decreto Supremo 3973 ordena que “en los departamentos de Santa Cruz y Beni, se autoriza el desmonte para actividades agropecuarias en tierras privadas y comunitarias. En ambos departamentos se permite las quemas controladas”. El 16 de julio de 2019 el Viceministro de Sustancias Controladas en su informe oficial “admitió que hay tala y quema de arboles para ampliar el cultivo ilegal de coca en la reserva del TIPNIS”.

La Fundación Amigos de la Naturaleza (fan-bo.org) informa que “entre los años 2005 al 2018 se ha detectado mas de 7,1 millones de hectáreas de bosque quemado en Bolivia. El 71% en Santa Cruz, el 21% en el Beni. En 2018 las áreas quemadas en el Beni sumaron 1,8 millones de hectáreas”. Esto demuestra, además, que en sus 14 años de detentar el poder, Evo Morales y su dictadura castrochavista hicieron del ecocidio una acción reiterada para su beneficio”.

Me pregunto, qué piensan los antropólogos de izquierda, que hacen activismo político dentro de las universidades latinoamericanas, norteamericanas y europeas, de esta dramática realidad que viven los indígenas de Amazonas y del ecocidio provocado por sus camaradas Chávez, Maduro, Evo y Lula.  La supuesta utopía que anunciaron los ideólogos del Foro de Sao Paulo en 1990, la nueva Internacional Comunista dirigida desde Cuba, cuando decidieron fomentar movimientos políticos étnicos por los derechos de los indígenas o “pueblos originarios”, reclutando a estos “idiotas útiles” para sus fines, no se trataba de otra cosa que la de sistematizar el saqueo de esos territorios para beneficio de las mafias corruptas de Brasil, Bolivia y Venezuela.

Niña Yanomami en la frontera de Brasil con Venezuela

La Amazonia, en su totalidad con una superficie de 5.5 millones de Km2, es considerado el pulmón verde del planeta y constituye una de las más prodigiosas reservas de recursos naturales del mundo. Sus bosques pluviales tienen una antigüedad de 75 millones de años y junto a otros idénticos ecosistemas a lo largo del verde cinturón ecuatorial del globo terráqueo, interactúa con las zonas polares manteniendo el equilibrio climático al producir nubes, lluvias, agua y oxígeno para hacer posible la vida en nuestro planeta. Allí habitan culturas indígenas ancestrales que viven en perfecto equilibrio con el ambiente. Se debería promover la creación de una corte penal internacional, un Núremberg ecológico, para enjuiciar y condenar a los criminales que destruyen su ecosistema.  

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Carlos Cruz-Diez, Muro y pisos de Couleur Additive (1974).
Aeropuerto Internacional Simón Bolívar, Caracas. © Atelier Cruz-Diez Paris

La sociedad acepta algunas cosas como reales, pero la realidad visible esconde otras más profundas y es el artista quien las revela. La sociedad asume que todo es estable, pero es el artista el que conoce y expresa que no hay nada estable bajo el cielo”.

James Baldwin

¿De qué color es el cielo?

Apuntes sobre el color espacial de Cruz-Diez

Edgar Cherubini Lecuna

París, julio 2019

Las interrogantes que incitaron a Carlos Cruz-Diez (1923-2019) a escrutar la realidad que existe detrás del fenómeno cromático y que lo llevaron a transformar el plano estático de la pintura tradicional en colores dinámicos o espaciales, fueron producto de una intensa y sistemática reflexión sobre la condición sustantiva del color. El artista propuso y demostró que “el color es autónomo, sin anécdotas, desprovisto de simbología”, definiendo al color como un “acontecimiento” que sucede en “tiempo y espacio reales” y que es conjugado a voluntad por el observador.

Al plantearse una reflexión ontológica sobre el color, su existencia como manifestación fenoménica real, así como su condición mutante, ambigua, autónoma, el color como un acontecimiento, el artista comenzó por preguntarse ¿De qué color es el cielo?. Una simple pregunta que provocaría el cambio de paradigmas sobre el fenómeno cromático. En una conversación con el crítico y curador de arte Hans Ulrich Obrist [1], el artista le expresó el por qué de su cuestionamiento y su posterior razonamiento sobre el color como “acontecimiento”, expresando lo siguiente: “Los indígenas Pemones de la Gran Sabana, en Guayana, al sur de Venezuela, tienen otra concepción de la visión del color. Cuando uno les pregunta de qué color es el cielo, responden: “¿De noche? ¿de tarde? ¿por la mañana?”, mientras que un occidental contesta sin pensarlo: “¡Azul!”. Si uno le pregunta de qué color es un Coro-Coro rojo(ibis escarlata), el indígena responde: “¿Cómo? ¿cuándo? ¿volando? ¿en el suelo? ¿de día? ¿de noche?. Por eso me propuse hacer ver que el color no existe como un hecho absoluto, sino que siempre es un acontecimiento que se está haciendo, que se está produciendo …Un devenir que trato de poner en evidencia en mis obras”, concluye Cruz-Diez.


Carlos Cruz-Diez, mostrando sus primeros experimentos de Amarillo Aditivo (1959). © Articruz Panama, 2015 / Photo: Rafael Guillén

El color es un acontecimiento

Para Cruz-Diez, el color tiene un valor sustantivo que le permite afirmarse a sí mismo mediante sus comportamientos y ambivalencias.  Sus primeros hallazgos, que lo llevaron progresivamente a transformar el plano estático en colores dinámicos, son el fruto de un pensamiento libre, sin esquemas preconcebidos, que lo conducen a escrutar la realidad que existe detrás de los fenómenos. “Tú descubres cosas, las relacionas, haces tus reflexiones y asociaciones para luego inventar. El invento es la codificación de algo existente, es decir, de algo que existió siempre pero que tus contemporáneos o tus predecesores nunca lo percibieron. El arte es el vehículo entre el hombre y las cosas de una época, por eso, los misterios se aclaran gracias a los artistas”.[2]

A finales de la década de 1950, Cruz Diez tuvo conocimiento de las investigaciones sobre el color del Dr. Edwin Land (1909-1991), este científico de Harvard descubrió que al filtrar los colores físicos rojo y verde, mediante la simple adición o sustracción de ambos, reproducía todo el espectro cromático. Si bien, Land aplicó sus hallazgos a la industria fotográfica creando el sistema Polaroid, Cruz Diez los adaptó a sus interrogantes, hipótesis y experimentos sobre el fenómeno cromático.

La génesis del color espacial

En la obra Amarillo Aditivo (1959), Cruz-Diez demuestra que cuando dos planos de color se tocan, se produce una zona perceptiva crítica y se crea una línea virtual más oscura en el punto de contacto. Esta línea virtual contribuye a la aparición de un tercer color que no existe en los pigmentos utilizados en el soporte. “Ello es producto de la condición prospectiva del ojo, que al moverse continuamente, superpone en sus límites los planos de color. Aislando ese espacio de contacto de los dos colores, obtengo los ‘módulos de acontecimiento cromático’ que provocan, en parte, la continua transformación del color”. Distintas gamas cromáticas aparecen y desaparecen continuamente, dependiendo de la dirección e intensidad de la fuente luminosa y del ángulo y distancia de observación del espectador. Los colores que aparecen tienen una existencia virtual, sin embargo son tan reales como los pigmentos utilizados. Esta constatación significó el génesis y el punto de partida de un discurso que fue más allá de los estables paradigmas que existían sobre el color, al atreverse a liberarlo de la forma. A partir de ese momento, Cruz-Diez afirmó: “Propongo el color autónomo, sin anécdotas, desprovisto de simbología, sin tiempo, en presente perpetuo”. Desde ese momento, sus investigaciones y propuestas no cesaron de evolucionar hasta el presente.


Carlos Cruz-Diez, Amarillo Aditivo (1959). © Atelier Cruz-Diez Paris

Desde sus primeros experimentos sobre el comportamiento del color, Cruz-Diez logró efectos de post-imagen con gran precisión mediante la utilización de líneas: “La línea no es un elemento estético en mi trabajo, es el medio más eficaz que pude encontrar para multiplicar las zonas críticas de visión entre dos planos de color. Es así como puedo generar nuevas e inestables gamas cromáticas. Lo cual no impide que el resultado sea un hecho expresivo, comunicativo y sensible”.[3]

La capilla Sixtina de Maiquetía

La apoteosis del Color Aditivo, uno de los hallazgos de Cruz-Diez en 1959, la encontramos en la obra Muro y pisos de Couleur Additive del Aeropuerto Internacional Simón Bolívar (1974), ya que su hall central miles de jóvenes se fotografían diariamente en ella y le dedican cartas y poemas. Dicha obra se ha convertido en una referencia de identidad para el venezolano, como lo atestiguan miles de mensajes y selfies en las redes sociales que referencian al piso del aeropuerto. En una entrevista reciente, el conocido crítico y curador de arte Luis Pérez-Oramas, afirmó: “A mis ojos, se trata de la más grande obra pública en la historia del arte venezolano, en el sentido de que es la más simbólica. Pienso que es una verdadera Capilla Sixtina de la abstracción venezolana. Un día vendrá cuando esta obra sobreviva a la mediocridad humana y nosotros nos preguntaremos quiénes  fueron esos gigantes que tiempo atrás crearon tales maravillas”.[4] En abril de 2017, Cruz-Diez, en una carta dirigida a los venezolanos, se expresó sobre este fenómeno social al decir: “He visto con dolor la diáspora de jóvenes talentos que han salido del país y las fotografías de sus partidas sobre mi obra en el aeropuerto de Maiquetía. Solo espero que ésta sea un motivo de reencuentro en un futuro cercano”.

Arte del movimiento, espacio y tiempo reales

Según George Steiner, “Los lenguajes son ventanas que nos permiten ingresar a la realidad de una manera única”.[5]  Sabemos que el arte está formado por un conjunto de códigos que, al utilizarlos de forma racional, intuitiva o metafórica, configuran un mensaje cuyo fin es el de trasmitir una información al receptor de la obra. De allí que pensemos que el camino alternativo que toma Cruz-Diez en su investigación sobre el color, se orienta dentro de un escenario de contemporaneidad, a la elaboración de un lenguaje. Cruz-Diez, lanza el color al espacio y hace de éste un “acontecimiento” que sucede en “tiempo y espacio reales” (sacando al color del ámbito de la bidimensional al que tradicionalmente estaba asociado), conjugándolo en un tiempo presente que es creado por el observador. Los códigos creados por Cruz-Diez son descifrados, comprendidos y utilizados por el observador para construir un diálogo y una respuesta desde su entendimiento.  Por lo tanto, se ha creado un lenguaje cromático, al hacer posible una “dialéctica” entre el espectador y las obras.

En la poética de Cruz-Diez su obra se afirma por igual en el concepto de que el color es un sentimiento, y los sentimientos transforman al individuo y a su entorno, contribuyendo así a revolucionar la percepción no solo del color, sino de la vida de la gente: “La evidencia del color en el espacio, así como su mutación continua, se operan porque he cambiado los soportes materiales y conceptuales. El postulado de mi discurso plástico es llevar el color al espacio. No sabemos “leer” el espacio, sólo leemos la forma. Saber leer el espacio genera un inmenso placer y una nueva noción de belleza”.[6]


Carlos Cruz-Diez, Paris 2017 © Atelier Cruz-Diez Paris / Photo: Lisa Preud’homme

No hay nada estable bajo el cielo …ni siquiera su azul

En su ensayo sobre el proceso creativo, James Baldwin describe la actitud del artista cabal y su reveladora misión en la sociedad: “El artista se distingue de los demás actores responsables en la sociedad por el hecho de que él es su propio tubo de ensayo, su propio laboratorio, trabajando de acuerdo con normas muy rigurosas, aunque no sean las establecidas, con el fin de revelar, sin ninguna consideración, todo lo que pueda descubrir con respecto al misterio del ser humano. La sociedad acepta algunas cosas como reales, pero la realidad visible esconde otras más profundas y es el artista quien las revela. La sociedad asume que todo es estable, pero es el artista el que conoce y expresa que no hay nada estable bajo el cielo”. [7]

Si la función del artista, según Baldwin, es la de revelar lo que se esconde detrás de la realidad, que en su devenir es sutil, inestable y ambigua, como por ejemplo contrariar la idea creada por nuestros condicionamientos culturales de que el cielo es azul por antonomasia, pensamos que Cruz-Diez se inscribe en esa función social trascendente, cuando afirma: “El condicionamiento cultural fundado en el culto de la forma y la imagen, nos impide aprehender los acontecimientos sutiles que suceden en el espacio y el tiempo. En mis obras, el color aparece y desaparece en el transcurso del diálogo que se genera con el espacio y el tiempo real. Simultáneamente, aparece de forma incuestionable el hecho de que la información adquirida, así como los conocimientos memorizados en el transcurso de nuestra experiencia vital, no son, probablemente, ciertos …al menos parcialmente.

Es posible, además, que gracias al color, abordado a través de una “visión elemental” desprovista de significaciones preestablecidas, podamos despertar otros mecanismos de aprehensión sensible más sutiles y complejos que los impuestos por el condicionamiento cultural y la información masiva de las sociedades contemporáneas”.[8]

Apartir de sus hallazgos sobre la Addition Chromatique (1959), ese mismo año desarrolla la Physichromie; en 1963 la Induction Chromatique; en 1965 la Chromointerférence, la Transchromie y la Chromosaturation;  en 1968 el Chromoscope y en 1995 Color en el Espacio, entre otras investigaciones y propuestas en torno al fenómeno cromático, hasta su desaparición física en 2019. Ya en 1969, el crítico de arte Jean Clay, se había expresado sobre la trascendencia de su obra: “podríamos afirmar, sin lugar a dudas, que los hallazgos de Cruz-Diez como pensador del color, dejan atrás las ideas establecidas sobre el color cultural, ligado a los sistemas de organización mental del siglo XX”.[9]

edgar.cherubini@gmail.com


[1]  Hans Ulrich Obrist, Conversations, Vol I. Manuella Éditions, Paris 2008.


[2]  Carlos Cruz-Diez, Reflexión sobre el color, Fundación Juan March, España, 2009

[3]  Idem

[4]  L’Architecture d’Aujourd’hui, Paris, 2016

[5]  George Steiner, Gramáticas de la creación, Madrid, Ediciones Siruela, 2005.

[6]  Carlos Cruz-Diez, Didáctica y dialéctica del color, Caracas, 1980.


[7]  James Baldwin, The Price of the Ticket, St Martin’s Press,1985

[8]  Carlos Cruz-Diez, Reflexión sobre el color, Fundación Juan March, España, 2009

[9]  Jean Clay, Cruz-Diez et les trois étapes de la couleur moderne, galería Denise René, París, 1969.

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