La “estrategia del espejo”

La llamada “revolución bolivariana” no tiene nada que ver con el socialismo democrático moderno, al ser un “proceso” diseñado en Cuba y encausado hacia el comunismo.

El régimen es “comunista”, con todo el legado de crueldades, genocidios, retrocesos, pobreza y calamidades que conlleva el término.

La “estrategia del espejo”

Edgar Cherubini Lecuna

París, 08.08.2013

El chavismo lleva 14 años desenvolviéndose en un esquema comunista. El régimen ha borrado los límites entre partido, gobierno, estado y nación, tomado por asalto a las instituciones, demoliendo el concepto de democracia. Son innumerables sus actos de violencia verbal y física que convierten al disidente, al adversario político o simplemente al que no piensa como ellos, en “enemigo” al que hay que hostigar, golpear, encarcelar o aniquilar. Intervino y asfixió a los medios de comunicación, creó un Estado paralelo, por demás ineficaz y corrupto, ha hundido la economía al confiscar y destruir las fuentes de producción y cada día se hace más patente el aislamiento progresivo del país de la modernidad global, entre otros desgarramientos a los que ha sometido a Venezuela.  La llamada “revolución bolivariana” no tiene nada que ver con la práctica del socialismo democrático moderno, al ser un “proceso” diseñado en Cuba y manifiestamente encausado hacia el comunismo.

Entre sus argucias el régimen ha usado la estrategia del espejo, y la oposición desde hace mucho tiempo ha caído en esa trampa. “Se trata de un calco perfecto de la realidad política, solo que invertido” (Pablo Brito, “Terrorismo de Estado o la táctica del espejo”). Así, el opositor es “fascista”, “golpista”, “corrupto”, “traidor a la patria”, cuando esos adjetivos, en especial el último, le corresponden al régimen chavista. La víctima del abuso de poder, fraude electoral y represión “se convierte en el responsable de los delitos cometidos por el victimario”. El acusado se convierte en acusador, el esbirro en víctima. Antes Chávez, y ahora Maduro, hablan de la “revolución del amor”, “patria segura”, “Venezuela es una democracia perfecta”… desde el espejo. De allí que cuando la “oposición” tilda de “fascista” al régimen, éste refuerza su campaña mediática local e internacional donde los “fascistas” y “golpistas” son los contrarios, de allí que el “canciller” Jaua reclame en la ONU por “más democracia”.

Es notorio que importantes dirigentes de la oposición, así como algunos asesores políticos, periodistas y analistas (algunos del cono sur), provienen de la izquierda radical, por lo que les cuesta llamar las cosas por su nombre: que el régimen es “comunista”, con todo el legado de crueldades, genocidios, retrocesos, pobreza y calamidades que conlleva el término. El comunismo soviético y la búsqueda del “hombre nuevo” resultó en la asfixia colectiva, la represión, la ruina, los campos de concentración y 20 millones de disidentes aniquilados. Sin entrar en la aterradora historia de Kampuchea bajo el Khmer Rouge o de Corea del Norte, es Cuba, que se encuentra devorando las entrañas de la patria, es el verdadero espejo del régimen: 11 millones de personas sometidas a la miseria y a la desesperanza en una cárcel de 100.000 km2.

Mark Lilla en su libro, La seducción de Siracusa, afirma que las doctrinas del comunismo, del marxismo en todas sus barrocas mutaciones, del nacionalismo, del tiers mondisme, en ocasiones animadas por el odio contra el poder despótico, fueron todas capaces de generar feroces dictadores, pero también de cegar a los intelectuales ante sus crímenes.

Pasaron muchos años, antes de que algunos dirigentes de la oposición criticaran la entrega de la soberanía al tirano Fidel Castro, ya que muchos de ellos también bebieron de la fuente habanera por años… y algunos continúan con sus corazoncitos enterrados en la isla. Prefieren hablar de “fascismo”que, por cierto, no le dice nada al pueblo venezolano, mientras que “comunismo” y “dictadura comunista”, eso sí lo rechaza la mayoría, incluyendo a un gran porcentaje de chavistas y “transaccionistas”asociados al gobierno. Llamarlos “comunistas” ayudaría a romper ese espejo.

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