Carlos Cruz-Diez, Muro y pisos de Couleur Additive (1974).
Aeropuerto Internacional Simón Bolívar, Caracas. © Atelier Cruz-Diez Paris

La sociedad acepta algunas cosas como reales, pero la realidad visible esconde otras más profundas y es el artista quien las revela. La sociedad asume que todo es estable, pero es el artista el que conoce y expresa que no hay nada estable bajo el cielo”.

James Baldwin

¿De qué color es el cielo?

Apuntes sobre el color espacial de Cruz-Diez

Edgar Cherubini Lecuna

París, julio 2019

Las interrogantes que incitaron a Carlos Cruz-Diez (1923-2019) a escrutar la realidad que existe detrás del fenómeno cromático y que lo llevaron a transformar el plano estático de la pintura tradicional en colores dinámicos o espaciales, fueron producto de una intensa y sistemática reflexión sobre la condición sustantiva del color. El artista propuso y demostró que “el color es autónomo, sin anécdotas, desprovisto de simbología”, definiendo al color como un “acontecimiento” que sucede en “tiempo y espacio reales” y que es conjugado a voluntad por el observador.

Al plantearse una reflexión ontológica sobre el color, su existencia como manifestación fenoménica real, así como su condición mutante, ambigua, autónoma, el color como un acontecimiento, el artista comenzó por preguntarse ¿De qué color es el cielo?. Una simple pregunta que provocaría el cambio de paradigmas sobre el fenómeno cromático. En una conversación con el crítico y curador de arte Hans Ulrich Obrist [1], el artista le expresó el por qué de su cuestionamiento y su posterior razonamiento sobre el color como “acontecimiento”, expresando lo siguiente: “Los indígenas Pemones de la Gran Sabana, en Guayana, al sur de Venezuela, tienen otra concepción de la visión del color. Cuando uno les pregunta de qué color es el cielo, responden: “¿De noche? ¿de tarde? ¿por la mañana?”, mientras que un occidental contesta sin pensarlo: “¡Azul!”. Si uno le pregunta de qué color es un Coro-Coro rojo(ibis escarlata), el indígena responde: “¿Cómo? ¿cuándo? ¿volando? ¿en el suelo? ¿de día? ¿de noche?. Por eso me propuse hacer ver que el color no existe como un hecho absoluto, sino que siempre es un acontecimiento que se está haciendo, que se está produciendo …Un devenir que trato de poner en evidencia en mis obras”, concluye Cruz-Diez.


Carlos Cruz-Diez, mostrando sus primeros experimentos de Amarillo Aditivo (1959). © Articruz Panama, 2015 / Photo: Rafael Guillén

El color es un acontecimiento

Para Cruz-Diez, el color tiene un valor sustantivo que le permite afirmarse a sí mismo mediante sus comportamientos y ambivalencias.  Sus primeros hallazgos, que lo llevaron progresivamente a transformar el plano estático en colores dinámicos, son el fruto de un pensamiento libre, sin esquemas preconcebidos, que lo conducen a escrutar la realidad que existe detrás de los fenómenos. “Tú descubres cosas, las relacionas, haces tus reflexiones y asociaciones para luego inventar. El invento es la codificación de algo existente, es decir, de algo que existió siempre pero que tus contemporáneos o tus predecesores nunca lo percibieron. El arte es el vehículo entre el hombre y las cosas de una época, por eso, los misterios se aclaran gracias a los artistas”.[2]

A finales de la década de 1950, Cruz Diez tuvo conocimiento de las investigaciones sobre el color del Dr. Edwin Land (1909-1991), este científico de Harvard descubrió que al filtrar los colores físicos rojo y verde, mediante la simple adición o sustracción de ambos, reproducía todo el espectro cromático. Si bien, Land aplicó sus hallazgos a la industria fotográfica creando el sistema Polaroid, Cruz Diez los adaptó a sus interrogantes, hipótesis y experimentos sobre el fenómeno cromático.

La génesis del color espacial

En la obra Amarillo Aditivo (1959), Cruz-Diez demuestra que cuando dos planos de color se tocan, se produce una zona perceptiva crítica y se crea una línea virtual más oscura en el punto de contacto. Esta línea virtual contribuye a la aparición de un tercer color que no existe en los pigmentos utilizados en el soporte. “Ello es producto de la condición prospectiva del ojo, que al moverse continuamente, superpone en sus límites los planos de color. Aislando ese espacio de contacto de los dos colores, obtengo los ‘módulos de acontecimiento cromático’ que provocan, en parte, la continua transformación del color”. Distintas gamas cromáticas aparecen y desaparecen continuamente, dependiendo de la dirección e intensidad de la fuente luminosa y del ángulo y distancia de observación del espectador. Los colores que aparecen tienen una existencia virtual, sin embargo son tan reales como los pigmentos utilizados. Esta constatación significó el génesis y el punto de partida de un discurso que fue más allá de los estables paradigmas que existían sobre el color, al atreverse a liberarlo de la forma. A partir de ese momento, Cruz-Diez afirmó: “Propongo el color autónomo, sin anécdotas, desprovisto de simbología, sin tiempo, en presente perpetuo”. Desde ese momento, sus investigaciones y propuestas no cesaron de evolucionar hasta el presente.


Carlos Cruz-Diez, Amarillo Aditivo (1959). © Atelier Cruz-Diez Paris

Desde sus primeros experimentos sobre el comportamiento del color, Cruz-Diez logró efectos de post-imagen con gran precisión mediante la utilización de líneas: “La línea no es un elemento estético en mi trabajo, es el medio más eficaz que pude encontrar para multiplicar las zonas críticas de visión entre dos planos de color. Es así como puedo generar nuevas e inestables gamas cromáticas. Lo cual no impide que el resultado sea un hecho expresivo, comunicativo y sensible”.[3]

La capilla Sixtina de Maiquetía

La apoteosis del Color Aditivo, uno de los hallazgos de Cruz-Diez en 1959, la encontramos en la obra Muro y pisos de Couleur Additive del Aeropuerto Internacional Simón Bolívar (1974), ya que su hall central miles de jóvenes se fotografían diariamente en ella y le dedican cartas y poemas. Dicha obra se ha convertido en una referencia de identidad para el venezolano, como lo atestiguan miles de mensajes y selfies en las redes sociales que referencian al piso del aeropuerto. En una entrevista reciente, el conocido crítico y curador de arte Luis Pérez-Oramas, afirmó: “A mis ojos, se trata de la más grande obra pública en la historia del arte venezolano, en el sentido de que es la más simbólica. Pienso que es una verdadera Capilla Sixtina de la abstracción venezolana. Un día vendrá cuando esta obra sobreviva a la mediocridad humana y nosotros nos preguntaremos quiénes  fueron esos gigantes que tiempo atrás crearon tales maravillas”.[4] En abril de 2017, Cruz-Diez, en una carta dirigida a los venezolanos, se expresó sobre este fenómeno social al decir: “He visto con dolor la diáspora de jóvenes talentos que han salido del país y las fotografías de sus partidas sobre mi obra en el aeropuerto de Maiquetía. Solo espero que ésta sea un motivo de reencuentro en un futuro cercano”.

Arte del movimiento, espacio y tiempo reales

Según George Steiner, “Los lenguajes son ventanas que nos permiten ingresar a la realidad de una manera única”.[5]  Sabemos que el arte está formado por un conjunto de códigos que, al utilizarlos de forma racional, intuitiva o metafórica, configuran un mensaje cuyo fin es el de trasmitir una información al receptor de la obra. De allí que pensemos que el camino alternativo que toma Cruz-Diez en su investigación sobre el color, se orienta dentro de un escenario de contemporaneidad, a la elaboración de un lenguaje. Cruz-Diez, lanza el color al espacio y hace de éste un “acontecimiento” que sucede en “tiempo y espacio reales” (sacando al color del ámbito de la bidimensional al que tradicionalmente estaba asociado), conjugándolo en un tiempo presente que es creado por el observador. Los códigos creados por Cruz-Diez son descifrados, comprendidos y utilizados por el observador para construir un diálogo y una respuesta desde su entendimiento.  Por lo tanto, se ha creado un lenguaje cromático, al hacer posible una “dialéctica” entre el espectador y las obras.

En la poética de Cruz-Diez su obra se afirma por igual en el concepto de que el color es un sentimiento, y los sentimientos transforman al individuo y a su entorno, contribuyendo así a revolucionar la percepción no solo del color, sino de la vida de la gente: “La evidencia del color en el espacio, así como su mutación continua, se operan porque he cambiado los soportes materiales y conceptuales. El postulado de mi discurso plástico es llevar el color al espacio. No sabemos “leer” el espacio, sólo leemos la forma. Saber leer el espacio genera un inmenso placer y una nueva noción de belleza”.[6]


Carlos Cruz-Diez, Paris 2017 © Atelier Cruz-Diez Paris / Photo: Lisa Preud’homme

No hay nada estable bajo el cielo …ni siquiera su azul

En su ensayo sobre el proceso creativo, James Baldwin describe la actitud del artista cabal y su reveladora misión en la sociedad: “El artista se distingue de los demás actores responsables en la sociedad por el hecho de que él es su propio tubo de ensayo, su propio laboratorio, trabajando de acuerdo con normas muy rigurosas, aunque no sean las establecidas, con el fin de revelar, sin ninguna consideración, todo lo que pueda descubrir con respecto al misterio del ser humano. La sociedad acepta algunas cosas como reales, pero la realidad visible esconde otras más profundas y es el artista quien las revela. La sociedad asume que todo es estable, pero es el artista el que conoce y expresa que no hay nada estable bajo el cielo”. [7]

Si la función del artista, según Baldwin, es la de revelar lo que se esconde detrás de la realidad, que en su devenir es sutil, inestable y ambigua, como por ejemplo contrariar la idea creada por nuestros condicionamientos culturales de que el cielo es azul por antonomasia, pensamos que Cruz-Diez se inscribe en esa función social trascendente, cuando afirma: “El condicionamiento cultural fundado en el culto de la forma y la imagen, nos impide aprehender los acontecimientos sutiles que suceden en el espacio y el tiempo. En mis obras, el color aparece y desaparece en el transcurso del diálogo que se genera con el espacio y el tiempo real. Simultáneamente, aparece de forma incuestionable el hecho de que la información adquirida, así como los conocimientos memorizados en el transcurso de nuestra experiencia vital, no son, probablemente, ciertos …al menos parcialmente.

Es posible, además, que gracias al color, abordado a través de una “visión elemental” desprovista de significaciones preestablecidas, podamos despertar otros mecanismos de aprehensión sensible más sutiles y complejos que los impuestos por el condicionamiento cultural y la información masiva de las sociedades contemporáneas”.[8]

Apartir de sus hallazgos sobre la Addition Chromatique (1959), ese mismo año desarrolla la Physichromie; en 1963 la Induction Chromatique; en 1965 la Chromointerférence, la Transchromie y la Chromosaturation;  en 1968 el Chromoscope y en 1995 Color en el Espacio, entre otras investigaciones y propuestas en torno al fenómeno cromático, hasta su desaparición física en 2019. Ya en 1969, el crítico de arte Jean Clay, se había expresado sobre la trascendencia de su obra: “podríamos afirmar, sin lugar a dudas, que los hallazgos de Cruz-Diez como pensador del color, dejan atrás las ideas establecidas sobre el color cultural, ligado a los sistemas de organización mental del siglo XX”.[9]

edgar.cherubini@gmail.com


[1]  Hans Ulrich Obrist, Conversations, Vol I. Manuella Éditions, Paris 2008.


[2]  Carlos Cruz-Diez, Reflexión sobre el color, Fundación Juan March, España, 2009

[3]  Idem

[4]  L’Architecture d’Aujourd’hui, Paris, 2016

[5]  George Steiner, Gramáticas de la creación, Madrid, Ediciones Siruela, 2005.

[6]  Carlos Cruz-Diez, Didáctica y dialéctica del color, Caracas, 1980.


[7]  James Baldwin, The Price of the Ticket, St Martin’s Press,1985

[8]  Carlos Cruz-Diez, Reflexión sobre el color, Fundación Juan March, España, 2009

[9]  Jean Clay, Cruz-Diez et les trois étapes de la couleur moderne, galería Denise René, París, 1969.

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