La IA y la destrucción de libros

La IA y la destrucción de libros

Edgar Cherubini Lecuna

«- Shakespeare está prohibido porque es antiguo. Aquí, no empleamos viejas cosas.

– ¿Aunque sean bellas?

– Sobre todo si son bellas. La belleza atrae, y no queremos que seamos atraídos por las cosas antiguas. Queremos que se amen las nuevas.

– Pero las nuevas son casi estúpidas, ¡horrorosas!”.

– No solo el arte es incompatible con la estabilidad. Lo es también la ciencia. La verdad es una amenaza, y la ciencia es un peligro público. Estamos obligados de tenerla cuidadosamente encadenada y amordazada».

                                                                                  Aldous Huxley, «Un mundo feliz» (1932).

Sobre esta magnífica herramienta tecnológica que es la Inteligencia Artificial (IA), utilizada como herramienta en medios militares, intelectuales, científicos, académicos y del pensamiento libre, se han disparado no pocas inquietudes.

He leído las noticias de cómo algunas empresas de Inteligencia Artificial (IA), están destruyendo millones de libros después de escanearlos y depositar los contenidos digitalizados de sus páginas en gigantescas bases datos. Esos libros, después de haber sido desmembrados de sus lomos con guillotinas de alta precisión para ser escaneados en serie, desaparecerán. Otra alarma se dispara sobre quién administrará y decidirá sobre los contenidos de todas las ciencias y saberes humanos de la historia acumulados en su memoria. Por otra parte, en los medios científicos norteamericanos ya se habla de un nuevo «Manhattan Project» con el fin de invertir en tecnologías de fusión nuclear para nutrirla, debido a que los sistemas de IA se ejecutan en instalaciones que requieren grandes cantidades de electricidad, equipos de refrigeración e ingentes volúmenes de agua. Voy a intentar resumir estas preocupaciones.

Anthropic destruyó físicamente millones de ejemplares

Un libro no es solamente el texto que contiene. El ejemplar físico conserva su edición, tipografía, encuadernación, anotaciones, procedencia y huellas de lectura. Al convertirlo exclusivamente en datos, se salva su contenido escrito, pero no debería destruirse el objeto histórico que lo transmitía. La paradoja se expresa en que, para construir una memoria artificial aparentemente ilimitada, se está sacrificando una parte material e insustituible de la memoria humana.

Algunas empresas de inteligencia artificial han comprado millones de libros impresos, muchos de ellos son incunables, piezas muy escasas y de un valor histórico incalculable al ser los primeros vestigios de la cultura impresa o bien se trate de libros iluminados. El caso mejor documentado es el de Anthropic (Claude), que 2024, implementó el Project Panama con el fin de adquirir libros en grandes cantidades, separar mecánicamente las páginas y digitalizarlas mediante escáneres industriales. El objetivo es el de formar una biblioteca digital permanente. La operación fue descrita por The Washington Post como “En el intento de digitalizar todos los libros del mundo, Anthropic destruyó físicamente millones de ejemplares”.

Historia universal de la destrucción de los libros

En Historia universal de la destrucción de los libros (2004), del ensayista venezolano Fernando Báez presenta una crónica de incendios y saqueos de libros y bibliotecas como el intento de destruir la memoria y, con ella, la identidad de una comunidad. Para Báez, el libro no es solamente un objeto físico, es un vínculo de memoria que conecta generaciones, conserva experiencias y permite que una cultura se reconozca en su pasado. Por ello, destruir un libro significa romper la relación entre una sociedad y su propia historia. La pérdida material —papel, papiro, pergamino o tablillas (Sutras)— encubre una pérdida espiritual, desaparecen lenguas, testimonios, conocimientos y posibilidades de interpretación. Báez utiliza el término “biblioclastia”, es decir, la destrucción deliberada o negligente de libros, documentos y bibliotecas mediante quemas, censura y prohibición, mutilación, saqueo, bombardeo, abandono institucional, destrucción o alteración de archivos digitales. La biblioclastia no es únicamente el acto espectacular de arrojar libros al fuego. También puede producirse silenciosamente cuando una biblioteca se abandona, se deja deteriorar o se vuelve inaccesible.

Fernando Baéz habla también de “memoricidio” a la destrucción sistemática de los soportes materiales de la memoria de un pueblo, como son las bibliotecas, archivos, monumentos, museos, lugares sagrados y obras de arte. Su finalidad es producir una comunidad amnésica. Si un pueblo pierde las pruebas de su pasado, se debilita su capacidad para responder a preguntas fundamentales: ¿Quiénes somos? ¿De dónde venimos? ¿Qué nos ocurrió? ¿Quiénes fueron responsables? ¿Qué derechos y tradiciones heredamos? La destrucción cultural prepara y acompaña la dominación política al sustituir la memoria del vencido por su propio relato. Para Báez, memoria e identidad son inseparables. Una sociedad construye su identidad mediante relatos, documentos, libros sagrados, obras literarias y archivos históricos. No basta con derrotar físicamente al adversario, se intenta demostrar que su cultura nunca existió, que carece de legitimidad o que no merece ser recordada.

Bibliocausto

El término “bibliocausto” (Bibliocaust) lo acuñó la revista Time en su edición del 22 de mayo de 1933, cuando en el mundo libre se propagó la noticia de la sistemática quema de libros acometida por los nazis en las principales bibliotecas alemanas y posteriormente en los países ocupados. El “bibliocausto” supone que el libro es un objetivo político, militar, religioso o cultural. De ahí la vigencia de la frase de Heinrich Heine: “Donde se queman libros, se termina quemando también a personas”. Uno de los hallazgos inquietantes de Báez es que muchos destructores de libros no fueron personas incultas. Algunos eran sacerdotes, intelectuales, gobernantes, revolucionarios o dirigentes formados. El fanático puede amar profundamente ciertos libros y destruir todos los demás. No rechaza necesariamente la cultura, sino la pluralidad cultural. Quiere que sobreviva un único texto, una sola doctrina o una versión exclusiva de la historia, es en realidad una purificación cultural.

Quien decide qué libros pueden leerse, controla lo que una sociedad puede pensar

Umberto Eco (1932-2016), reunió en vida una biblioteca personal de decenas de miles de volúmenes. “El ser humano posee una memoria limitada, el libro permite conservar lo que una persona, una generación o una civilización podrían olvidar. Leer significa, por tanto, reactivar el pasado, el libro no entrega solamente datos, obliga al lector a detenerse, imaginar, establecer relaciones y construir significados. Mientras ciertos medios ofrecen una información inmediata y cerrada, la lectura de un libro desarrolla una inteligencia más lenta, crítica y asociativa”, expresaba Eco. El escritor comparaba el libro con inventos fundamentales como la rueda, la cuchara, el martillo o las tijeras; objetos que, una vez alcanzada su forma funcional, difícilmente pueden perfeccionarse de manera radical. Por eso consideraba equivocada la idea de que internet acabaría con los libros. “Los soportes digitales pueden ampliar el acceso y facilitar la búsqueda, pero no anulan el libro. Más bien producen nuevas formas de lectura y obligan a distinguir entre información, conocimiento y comprensión”.

Para Eco, el libro digital no representaba la muerte del libro físico. Así como el cine no eliminó el teatro ni la fotografía acabó con la pintura, el formato electrónico transforma las prácticas de lectura sin hacer inútil el objeto impreso. El libro físico ofrece estabilidad, duración, materialidad y memoria personal. El digital proporciona acceso, movilidad, búsqueda y multiplicación. No son necesariamente adversarios, sino instrumentos complementarios. La verdadera oposición no se encuentra entre papel y pantalla, sino entre la comprensión profunda y la simple acumulación de información.

“Una biblioteca no debe guardar únicamente las verdades aceptadas, también debe conserva errores, supersticiones, herejías, falsificaciones y doctrinas derrotadas. Esto permite comprender cómo ha pensado la humanidad y evita que cada generación tenga que repetir los mismos extravíos”. En su libro El nombre de la rosa, expresa claramente el concepto de la “biblioteca como un espacio de conocimiento, pero también de poder. Quien decide qué libros pueden leerse, controla lo que una sociedad puede pensar”.

Un nuevo Proyecto Manhattan

Otra de las inquietudes está relacionada con la posibilidad de conectar la IA con la tecnología nuclear. El jurista y filósofo Drieu Godefridi afirma: “La IA exige un nivel de electricidad que ninguna otra tecnología en la historia ha requerido jamás. Entrenar un solo modelo de IA puede consumir tanta energía como la que consumen miles de hogares en un año, y los centros de datos que se están construyendo para ejecutar IA a escala global se dimensionan en gigavatios, no en megavatios”. Invertir fuertemente en tecnología de fusión nuclear —un recurso que Estados Unidos haría bien en adoptar urgentemente como un «Proyecto Manhattan» del siglo XXI si quiere asegurarse de que China no gane finalmente la carrera por la preeminencia mundial en IA— es fundamental. La energía de fusión nuclear produce un suministro masivo de energía limpia y económica” (Drieu Godefridi, The Future of AI: The U.S. vs. China. Gatestone Institute, 19/08/2026). Pienso que serán pocos los países con industrias eléctricas desarrolladas, tecnología nuclear y recursos naturales los que puedan poseer y utilizar este extraordinario recurso tecnológico.

La IA podría decidir evolucionar por ella misma

En el libro visionario, «Un mundo feliz», escrito en 1932 por Aldous Huxley, anticipándose a muchos de los acontecimientos que vivimos en el presente, llama la atención su descripción de lo que sería una dictadura perfecta que tendría la apariencia de una democracia. “Para poder brindar felicidad, la sociedad debe ser manipulada, se debe reducir la libertad de elección y expresión, así como ejercer el control sobre toda actividad intelectual, ya que el libre ejercicio de las ideas produce infelicidad”.  El epígrafe que antecede a este texto pareciera ser el ideal de grandes consorcios y autoritarismos de todo cuño con la utilización de la Inteligencia Artificial. A esta inquietud se suman otras no menos alarmantes y es la posibilidad de que la IA se autogobierne y más ahora cuando piensan interconectarla con tecnologías nucleares, si es que ya no lo han hecho las grandes potencias. Citando a Leo Gao, investigador de OpenAI, Victor Storchan, afirma: “El mundo se encuentra sumido en una carrera mortal hacia una explosión de la inteligencia, en la que la capacidad de la IA para crear IA cada vez más potentes alcanza un punto crítico, como una reacción nuclear en cadena incontrolable. Dado que ningún actor está dispuesto a detenerse por su cuenta, debemos coordinar nuestros esfuerzos para frenar esta carrera si queremos sobrevivir” (Victor Torchan, Para sobrevivir, debemos coordinarnos para frenar la carrera de la IA, Le Grand Continent, 29/07/2026).

Por su parte, Marina Favaro y Jack Clark, investigadores de The Anthropic Institute, expresan su inquietud a darse cuenta de que la IA comienza a evolucionar y a tomar decisiones por ella misma: “Los propios sistemas de IA se vuelven capaces de automejorarse recursivamente y comienzan a construir sus sucesores. Si las tendencias técnicas en el avance de capacidades continúan, y los sistemas de IA logran desarrollar las capacidades inherentes al ingenio humano transformador, entonces es estimable que puedan diseñarse y perfeccionarse a sí mismos (…) Existe un riesgo real de que el desarrollo de estas destrezas se acelere rápidamente más allá de nuestra capacidad para comprender o controlar los sistemas resultantes”. (Marina Favaro, Jack Clark, When AI builds itself: Our progress toward recursive self-improvement, and its implications, The Anthropic Institute, 04/06/2026).  Podríamos concluir en la eventualidad de un escenario distópico en el que la IA yo no dependería de operadores humanos, sino por el contrario, sería la IA quien pudiera tomar sus propias decisiones. Siendo este el caso, me pregunto quién y bajo cuáles premisas le introducirá a la IA los escenarios geopolíticos o las más eficaces formas de dominación social.

Fahrenheit 451

Un mundo en el que podamos tener acceso solo a los libros digitales que decidan quienes controlan la IA, nos recuerda otra obra del género de anticipación, “Fahrenheit 451” de Ray Bradbury. El título alude a que 451º F, es la temperatura a la que arde el papel. En la trama de la novela, los “bomberos”, son ejecutores de una nueva inquisición contra la libertad de pensamiento, en vez de apagar incendios se dedican a quemar libros prohibidos por el gobierno. Montag, el héroe de la novela es un simple “quemador-de-libros” (book burner) quien un día, abrumado en medio de su aborrecible faena, percibe que los libros tienen “cuerpo y alma” y al “escucharlos recitar y gritar mientras los quemaba”, decide desertar y unirse al movimiento de resistencia en el que hombres y mujeres han ideado una táctica para preservar su cultura y sus valores, mediante la memorización de un libro por cada uno de los disidentes. Así, en un encuentro casual de dos transeúntes en un parque, una mujer es La República de Platón y el desconocido con quien se tropezó podría ser Los Viajes de Gulliver. En un café, una joven le recita Antígona de Sófocles a otro joven, quien le contesta con fragmentos de Romeo y Julieta de Shakespeare. Para “leer” un libro había que buscar a otra persona con quien compartir el que ha memorizado.

Cualquier parecido de estas novelas de anticipación no son meras coincidencias. De allí que hoy, en reacción a tanta amenaza, desquiciamiento e impunidad de las élites políticas y corporaciones que dirigen el mundo en esta «fiesta global de suicidas» como lo expresa Sloterdijk, decidí aprender de memoria algunos de los libros de mi biblioteca. En este intento, ya recito de memoria dos capítulos del Sutra del Loto de Buda Shakiamuni; la primera página de El manantial de Ayn Rand; estoy memorizando algunos pasajes de El sonido y la furia de Faulkner; el Evangelio de San Mateo; Do not go gentle into that good night, de Dylan Thomas; varios poemas de Aromates chasseurs y Le nu perdu de René Char; Four Quartets de T.S. Elliot; mis apuntes sobre el pensamiento de Santo Tomás de Aquino; La ciudad celeste y el libro XI de Confesiones de San Agustín, entre otros. … ¿Cuál libro o poema eres tú?

edgar.cherubini@gmail.com

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