Las trampas caza bobos del arte contemporáneo

Damien Hirst, Tiburon en formol, de la serie Beautiful Inside My Head Forever, 2008

Las trampas caza bobos del arte contemporáneo

Edgar Cherubini Lecuna

Septiembre 2018

El público que asiste a galerías y ferias de arte observa con desconcierto como simples objetos, sean bolsas de basura repletas de desechos, felpudos, cajas de zapatos o animales disecados son calificados por curadores y críticos como obras de arte.  El cadáver de un tiburón sumergido en una pecera con formol, una de las piezas de la exposición Beautiful Inside My Head Foreverdel artista inglés Damien Hirst (Bristol, 1965), fue vendida en el año 2008 por la galería londinense Saatchi en ocho millones de libras esterlinas (US$ 10 millones). Lo mismo sucedió con la calavera con diamantes del mismo autor, titulada For the Love of God,vendida en 50 millones de libras esterlinas (US$ 65 millones).  Estas piezas y sus exorbitantes precios forman parte de un mercado que contribuye a la confusión reinante en el arte contemporáneo y al embrollo financiero creado entre inversionistas, galeristas, curadores, críticos y coleccionistas.  Pero este artista que en 2008 ganó 201 millones de dólares, diez años después se ha convertido en un dolor de cabeza para aquellos que adquirieron sus obras, ya que estas han tenido una pérdida del 50% y más de su valor original. 

Damien Hirst, For the Love of God, 2008

En 2012, ante el temor de que la carencia de un discurso y la extravagancia de esas obras pudieran adquirir un carácter efímero, dos destacados coleccionistas que habían invertido en ellas, influyeron para que el Tate Modern de Londres organizara una exposición retrospectiva, intuyendo que en el contexto de un museo con tanto prestigio, se comenzaran a valorar esos objetos como obras de arte. Sin embargo, eso no pudo detener la caída de su valor en el mercado. Pero recordemos lo exhibido en dicha retrospectiva, curada por Ann Gallagher: Boxes(1988) composiciones en las que cajas de cartón coloreadas conforman diseños en los muros a lo Mondrian; Spots Painting(1986), lunares de colores sobre lienzos, que vendrían a ser una ampliación de la trama que uno puede ver a través de un cuenta hilos de imprenta …ya visto en los años 60’s en el Pop Art norteamericano; 8 Pans(1987), ocho ollas y sartenes coloreados con pintura acrílica. En el centro de la sala No 2, se encontraba Mil años(1990) una estructura de vidrio aislante en cuyo interior estaba la cabeza decapitada de un becerro pudriéndose en tiempo real con miles de moscas revoloteando sobre la carroña mientras que en lo alto estaba colocada la parrilla de un matamoscas eléctrico donde se electrocutaban docenas de éstas. En las otras salas fueron instalados corderos y vacas  (Mother and Child, 1990) cortados por la mitad y conservados en formol, mariposas en libre vuelo, materiales didácticos para la enseñanza de la medicina, el interior de una farmacia, así como todo un instrumental quirúrgico exhibido en vitrinas. En fin, cualquier cosa dentro de una serie de despropósitos de una curadora y un artista que no tenía un discurso sólido que mostrar. El Tate convertido en morgue o en laboratorio de taxidermia.

En subastas recientes como la de Sothesby’s este año, los precios de las obras de Hirst cayeron en 50% o no se vendieron, y en la subasta de Phillips London, en marzo de 2017, la obra con el rimbombante título: The “spin” work Beautiful Mider Intense Cathartic Painting with Extra Inner Beauty(2008), vendido originalmente en US$1.2 millones en 2008, se revendió en US$ 546.000. Es una verdadera debacle para algunos inversionistas. 

Pero el caso de Hirst es solo uno entre muchos ejemplos de la superficialidad y banalidad que invaden las galerías, ferias y museos alrededor del mundo. Eso es cosa frecuente en muchos stands de las últimas ferias de arte que he visitado, donde uno no sabe si estaba observando una exposición de decoradores, artesanos o bromistas …a los “instaladores” les ha dado por colocar juegos de muebles, espejos y valijas, eso sí, con un texto explicativo de la “obra” con el que tratan de convencer de su engendro.  Muchas de las llamadas obras de arte e instalaciones “vanguardistas” o “posmodernas”, sin ningún discurso conceptual que las sostenga, no son otra cosa que trampas caza bobos armadas por arribistas sin oficio, curadores y galeristas con una estrategia de marketing respaldándolos, muchas agallas y poco miedo al ridículo. Hay un viejo refrán popular que dice: “Donde hay un timador, hay un incauto”. Es una trapacería, no hay otra palabra para definir a unos autodenominados “artistas”, fabricantes de desaguisados. 

¿De dónde viene esto? Cuando Marcel Duchamp (1887–1968), cuestionó el academicismo en el arte y en 1917 expuso un urinario de porcelana que tituló Fountain, bajo el concepto ready-made art, dio inicio, sin proponérselo, a que muchos otros se sintieran con licencia para matar el arte.  Son vulgares imitadores de las obras de Duchamp, Ray, Picabia o del pop Art de la década de los 60, que ya hemos visto hasta la saturación pero que estos exponentes del disparate nos tratan de vender como algo novedoso. La exposición del joven artista mexicano Gabriel Orozco en el Museo de Arte Moderno de Nueva York (MoMA), en 2010, quien fue catalogado por la revista Art Now como “uno de los 81 creadores más influyentes de la actualidad”, se refería a su obra Caja de zapatos vacía(1993). Tan magnífica “obra” era ¡…una caja de zapatos vacía!, muy bien iluminada. Críticos de arte, periodistas culturales y curadores que convierten lo banal y nulo en vanguardia, no hacen otra cosa que invitar a la gente a vivir en el mundo de la estupidez y la confusión. Como afirma Baudrillard, el “arte apuesta a esa incertidumbre, a la imposibilidad de un juicio de valor estético fundado, y especula con la culpa de los que no lo entienden, o no entendieron que “no había nada que entender”. Esta paranoia cómplice del arte hace que ya no haya juicio crítico posible, sólo un reparto amistoso de la nulidad”. 

Si bien, el arte debe ser completamente libre por tratarse de un mecanismo de expresión del que dispone cualquier individuo, debe existir al menos una dosis de ética en el artista en relación a las obras que exhibe. Son hilarantes las anécdotas sobre estos supuestos artistas. Se comenta que en una famosa galería de New York, un visitante preguntó el nombre del artista y el título de la obra colgada en la pared de una exposición de “arte conceptual”, tratándose en realidad de la rejilla del sistema de ventilación que tenía incorporadas unas delgadas tiras de plástico de colores que ondeaban en el aire. En la FIAC de 2103 en parís, un stand exhibía felpudos usados, eso sí, bellamente enmarcados e iluminados. Uno de estos aún tenía restos de una plasta de perro, donde muy probablemente el “artista” había limpiado sus zapatos. Tuvieron mucha demanda pese a los altos precios.  El paroxismo de esta confusión generalizada sobre lo que es el Arte en la actualidad, lo presencié en la FIAC París en 2016, cuando en uno de los pasillos me topé con un grupo de personas que tomaban fotografías o señalaban hacia el piso, donde vi una bella agenda de cuero marrón, entreabierta de canto en el piso, repleta de hojas amarillas de post-ity unas cartas de visita desparramadas bajo el spot de un reflector. Un señor mayor, muy elegante y con la punta de sus lentes colocada en su labio inferior, comentaba con cierto desdén a su bella acompañante lo interesante de la obra en el centro del haz de luz, que el interpretaba como el tiempo lineal en el que uno se pierde en la vida.  En medio de ese espontáneo apiñamiento, apareció una señora un tanto regordeta, desencajada y respirando nerviosamente, se coló hacia el centro iluminado hasta que, entre suspiros de alivio, tomó la agenda y organizando las tarjetas dio las gracias hacia el cielo por haberla encontrado, la guardó en su bolso y se marchó presurosa. 

En el mundo de las “instalaciones”, tan de moda entre los mercaderes del templo del arte y generalmente tan mediocres, la caustica voz de Avelina Lésper se hace escuchar: “Qué hacemos con el arte: decir abiertamente que ni el discurso, ni las intenciones, ni las grandes sumas de dinero convierten en arte a objetos sin inteligencia, factura y belleza, que la condición de arte está por encima de intereses ideológicos y económicos. Dejemos la hipocresía de las buenas intenciones y aceptemos el arte está padeciendo a sus mercenarios, gente que lo ha convertido en un instrumento ideológico y económico, que han hecho de su mediocridad un arma, y que son artistas del chantaje social”.  

Damien Hirst, oveja en formol, de la serie Beautiful Inside My Head Forever, 2008

El mercado del Arte se ha globalizado convirtiéndose en un verdadero fenómeno financiero del XXI. En el 2017 se registraron ventas globales por US$ 63.700 millones. En todas partes del mundo, el público acude en masa a las ferias, museos y galerías, sin embargo, existe una gran confusión ante el “se vale todo” en el arte, lo que ha ocasionado una crisis de valoración estética aunada a una deslegitimación promovidas por un mercado voraz y muy eficaz en mercadear propuestas insulsas que persuaden a la gente desinformada a preferir lo falso a lo verdadero, lo insustancial a lo valioso. Este desconcierto está opacando a los verdaderos discursos del Arte contemporáneo, incluyendo el de jóvenes artistas con investigaciones y propuestas coherentes e innovadoras. 

Pese a esa invasión de la estulticia, la percepción de los coleccionistas y del público está retornando a las fuentes estéticas. En Art Basel 2018, la feria más importante del mundo, el primer día fue un éxito de ventas para las galerías que mostraban a los artistas con discursos coherentes.  Vale la pena destacar que en las primeras horas de la feria, en el denominado First Choice, exclusivo para coleccionistas e invitados especiales, el Louisiana Museum of Modern Art de Copenhague adquirió la obra Translucent Chromointerférent Environement (1974-2009) del maestro Cruz-Diez. 

Para terminar estos pensamientos en voz alta sobre la confusión del arte contemporáneo y buscando un poco de sentido, me remito a tres definiciones sobre el Arte: Tomás de Aquino (c. 1225–1274), en su Summa Theológicadice: “el Arte es la técnica de lo factible, el arte es el recto ordenamiento de la razón”. Hegel, en su Fenomenología Del Espíritu (1807),aporta su interesante visión:“La verdadera obra de Arte, además del goce inmediato genera en los seres pensamiento, reflexión y juicios”, y para Jorge Wagensberg
(El arte en aforismos, El País, 2014),“Una obra de arte es una compresión en pos de una expansión”.


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Intervención en Venezuela y la doctrina de la “Guerra justa”

Intervención en Venezuela y la doctrina de la “Guerra justa”

Edgar Cherubini Lecuna

Paris, septiembre 2018

Parte de los fundamentos para la existencia de democracias liberales se basan en los conceptos de Kant y su idea de una Paz perpetua entre naciones, un mundo en que verdaderas repúblicas se sustentan en la separación de poderes, en la existencia de ciudadanos libres que a su vez controlan y regulan las instituciones del Estado y en acuerdos con otras repúblicas para crear un orden internacional aceptado por todos. Kant pensaba que en ese mundo reinaría la paz en la esfera doméstica y se mantendría la paz entre las naciones (Emanuel Kant, Sobre la Paz perpetua, 1795).

Michael Doyle, asesor de las Naciones Unidas, en su explicación sobre el modelo moderno de la Paz ideada por Kant (Ways of War and Peace: Realism, Liberalism, and Socialism, 1997), afirma que para  mantener la Paz se necesitan tener estructuras democráticas liberales, reconocer la dignidad humana, poseer una economía basada en la propiedad privada, ser un Estado soberano e independiente, estar sustentado en una democracia representativa y acordar compromisos de paz con otras repúblicas. Este argumento da validez la afirmación de que entre repúblicas democráticas liberales hay relaciones pacíficas, no existen guerras entre ellas, pero no se puede estar en paz con las ‘no-repúblicas’ ”, acota Doyle.

En relación a las “no-repúblicas”, es decir, aquellos países en los que no existen estructuras democráticas, que son de naturaleza totalitaria o se han convertido en estados fallidos, poniendo en peligro tanto la paz interna como la de sus vecinos, las Naciones Unidas (ONU) tendría la responsabilidad de intervenir, pero dicha institución tiene un fuerte corset de leyes, normas y protocolos que no le permiten prevenir ni actuar de inmediato o de hacerlo en forma limitada. La única instancia autorizada a determinar si en un país determinado existe alguna amenaza a la Paz y el orden internacional es el Consejo de Seguridad (CS) y decide intervenir solo cuando se trata de crímenes atroces: genocidio, limpieza racial, crímenes de guerra y crímenes de lesa humanidad. Sin embargo en 2011, a raíz de la crisis desatada por Kadhafi en Libia, se implementó por primera vez la doctrina Responsabilidad de Proteger (RtoP) para salvaguardar a la disidencia y a la población civil en conflictos armados.

El Consejo de Seguridad de la ONU se compone de Cinco miembros permanentes: China, Francia, Rusia, Gran Bretaña y Estados Unidos, además de 10 miembros no permanentes, a saber (indicando el año en que termina su mandato): Bolivia (2018), Côte d’Ivoire (2019), Guinea Ecuatorial (2019), Etiopía (2018), Kazajstán (2018), Kuwait (2019), Países Bajos (2018), Perú (2019), Polonia (2019), Suecia (2018).

La presidencia pro tempore este mes la ejerce los Estados Unidos.  Para que la ONU se implique en un conflicto, es necesaria la aprobación con el voto afirmativo de nueve de los quince miembros;  Sin embargo, cualquiera de los miembros permanentes tiene derecho a vetar la resolución y dejarla sin efecto.

Resumiendo el protocolo del CS, este sería el procedimiento: cuando el CS recibe una denuncia relativa a una amenaza a la paz, la primera medida que adopta el Consejo generalmente es recomendar que las partes intenten llegar a un acuerdo por medios pacíficos. El Consejo puede: establecer principios para este acuerdo, en algunos casos llevar a cabo una investigación y un proceso de mediación, enviar una misión, nombrar enviados especiales o solicitar al Secretario General que interponga sus buenos oficios para llegar a una solución pacífica del conflicto.

Cuando una situación de conflicto da lugar a hostilidades, la principal preocupación del Consejo es ponerles fin lo antes posible. En ese caso, el Consejo puede: emitir  directivas de alto al fuego que puedan ayudar a prevenir una escalada del conflicto, enviar observadores militares o una fuerza de mantenimiento de la paz  para ayudar a reducir las tensiones, separar a las fuerzas enfrentadas y crear un entorno de tranquilidad en el que se puedan buscar soluciones pacíficas.

Si esto no fuera suficiente, el Consejo podrá optar por aplicar medidas coercitivas, entre ellas: sanciones económicas, embargos de armas, sanciones y restricciones financieras y prohibiciones de viajar, ruptura de relaciones diplomáticas, bloqueo e incluso acciones militares como las que actualmente llevan a cabo 115.000 soldados (Cascos Azules) de la ONU desplegados en 20 países, en operaciones vitales para la seguridad, centrando sus acciones en los responsables del conflicto, poniendo a salvo a la población civil y la economía.

El Consejo de Seguridad establece una operación de mantenimiento de la paz mediante la adopción de una resolución que determina el mandato de la misión y su envergadura. Si bien otros órganos de las Naciones Unidas hacen recomendaciones a los Estados Miembros, sólo el Consejo tiene el poder de adoptar decisiones y los Estados Miembros están obligados a ponerlas en práctica. De allí su importancia.

En muchos casos no ha habido una voluntad política firme o miembros del Consejo de Seguridad se han opuesto mediante el veto a una intervención o han tardado un tiempo valioso en actuar como en el caso de Camboya, Ruanda, Kosovo o la negativa de Rusia y China a que la ONU interviniera en Siria. En este último caso, después de los ataques químicos de las fuerzas armadas sirias contra posiciones rebeldes, se creo una coalición de países entre los que se contaban Estados Unidos, Francia y Gran Bretaña, sin el consentimiento del Consejo de Seguridad, legitimando la intervención en la necesidad de acciones urgentes para detener las masacres, facilitar un corredor humanitario y proteger a la población civil. En una conversación con la politóloga Marieke Louis (Books & Ideas, 06.09.2018), Michel Doyle, antes citado, argumentó que casos como este último podrían estar fuera de la legalidad, pero que sus acciones pueden ser interpretadas dentro de la Convención de 1948 sobre genocidios y ser legitimados dentro de la ONU como una “guerra justa”. Doyle apunta que en Somalia y África se aplica el RtoP, resaltando que es Brasil quien está proponiendo ampliar esta doctrina y hacer más énfasis en la prevención antes de que un conflicto se torne en una espiral de violencia.

A propósito de este término de Guerra Justa (Ius ad bellum) o derecho a hacer la guerra, aparece en los escritos de San Agustín (Siglo IV d.C.) quien consideraba que “toda guerra es malvada pero que existe una guerra justa al ser librada por una causa justa como es la de restaurar la paz, sí bien hay que recurrir a ella con remordimientos y como último recurso”. Santo Tomás de Aquino (Siglo XIII), también hace referencia a esta doctrina: “Que la guerra se haga para defensa de la nación y evitar que ésta sea oprimida por la fuerza de algún tirano. Incluye la defensa de las personas y las cosas que se encuentren en el propio imperio. La guerra defensiva, es lícita aun para los particulares que no cuentan con la autoridad del príncipe o del superior, en virtud de que la ley natural les autoriza a la defensa”.

La situación que vive Venezuela, debido a su intensidad, se ha convertido en un problema regional con repercusiones internacionales. La inexistencia de instituciones democráticas en ese país, la permanente violación de los DDHH, la utilización de militares y grupos civiles armados para hostigar y asesinar oponentes, así como la criminalidad desatada contra la población civil que padece sin sosiego una inseguridad promediada en 25.000 asesinatos anuales en medio de una impunidad generalizada, son componentes de una crisis política y social insostenible.  A esto se suma la carencia de servicios y el desabastecimiento de alimentos y medicinas que han forzado el éxodo a 2.300 millones de personas según la ONU y al exilio y al autoexilio a cientos de miles.  Es un Estado fallido donde los altos funcionarios civiles y militares están asociados con mafias criminales, narcotraficantes, guerrilleros y organizaciones terroristas. Todo esto conforma una situación propicia para que las Naciones Unidas intervenga para remediar esta crisis humanitaria. En días recientes, Michelle Bachelet, Alta Comisionada de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos, instó al organismo a “tomar todas las medidas disponibles para abordar las graves violaciones a los DD.HH. en Venezuela”. No se tienen noticias de si el caso Venezuela a pasado a consideración del Consejo de Seguridad, pero la urgencia en detener la sistemática violación de los DD.HH. podría forzar a sus ciudadanos desarmados y víctimas de un Estado criminal, a clamar por la intervención de otros gobiernos en una coalición bajo la doctrina de la “guerra justa”. Es una hipótesis que cobra fuerza a medida que se acentúa el drama de los venezolanos. Porque aún logrando una salida no violenta, el restablecimiento de la normalidad que comenzaría con el desarme de los grupos paramilitares, guerrilleros y organizaciones delictivas apoyadas por el gobierno, pasando por la reorganización de las instituciones y el establecimiento de canales de abastecimiento de emergencia y en suma el comienzo de la reconstrucción del país, exigiría la presencia de contingentes militares y policiales no contaminados por la corrupción y criminalidad existente. Todo apunta a que la ONU podría tener un rol crucial para restablecer la seguridad y la Paz en Venezuela.

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El archipiélago de Gulag y el terrorismo intelectual de la izquierda

Solzhenitsyn, Alemania Occidental, 1974.

El archipiélago de Gulag y el terrorismo intelectual de la izquierda

Edgar Cherubini Lecuna

París, septiembre 2018

Aleksandr Solzhenitsyn (1918-2008), físico y matemático ruso, fue condenado a trabajos forzados en un campo de concentración desde 1945 a 1956, por expresar, en una carta dirigida a un amigo, opiniones contrarias al régimen estalinista. Antes de que eso ocurriera, estaba bajo constante hostigamiento y muchos de sus trabajos ya habían sido censurados por un régimen que perseguía a todo aquel que se le ocurriera reclamar algo al Estado o criticar al “padrecito” Stalin. Un día en la vida de Iván Denísovich(1962), publicada durante el período en que Khrouchtchev, crítico de Stalin, presidió la secretaría general del partido, fue prohibida en 1964 apenas Brejnev asumió el poder. Los manuscritos originales de obras importantes como El primer círculofueron confiscados junto con todos sus documentos personales.  Solzhenitsyn fue galardonado con el Premio Nobel de Literatura en 1970 y expulsado de la Unión Soviética en 1974, cuando el aparato de espionaje de la KGB se enteró que el escritor había entrevistado a más de cien disidentes políticossobrevivientes del Gulagpara dar a conocer los horrores a los que fueron sometidos. Científicos, intelectuales, agricultores y gente del común que, aparte de las penurias, trabajos forzados y a la falta de alimentos a los que estaban sometidos, debían sobrevivir a los hostigamientos de delincuentes y criminales recluidos en un mismo recinto para que no tuvieran sosiego ni de día ni de noche.Solzhenitsyn resistió once años el infierno del Gulag.

Gulagen ruso, equivale a las siglas de la Dirección General de Campos de Trabajo Correccional y Colonias. Eran campos de concentración diseminados por todo el país que desde 1930 dependían y eran operados por la KGB, la policía secreta, donde fueron recluidos 12 millones de disidentes durante el régimen de Stalin. Stéphan Courtois, editor de “El libro negro del comunismo” (Le Livre noir du communisme : Crimes, terreur, répression, 1977), sostiene que “El comunismo real, puso en funcionamiento una represión sistemática, hasta llegar a erigir el terror como forma de gobierno”. Los actos criminales que significaron hostigamientos, prisión, asesinatos, tortura, exclusión social y deportaciones que arrojó la implantación del comunismo ofrece un balance más terrible que el del nazismo. De acuerdo con dicho informe, se estima en 20 millones de opositores asesinados en la URSS, de los cuales un gran porcentaje murió en los Gulags.

Los Gulags, denominados eufemísticamente “Industria Penitenciaria”, sirvieron de modelo administrativo eficiente a los campos de exterminio nazis, gracias a los intercambios oficiales y protocolos secretos que se sucedieron durante el pacto ruso-alemán de 1939, llamado también Pacto Ribbentrop-Mólotov.

El libro Archipiélago Gulag,metáfora que el autor utiliza como título para denominar a esos campos de concentración, es una disección literal del sistema de prisiones donde iban a parar los disidentes y que él padeció en carne viva durante once años, allí denuncia las “atrocidades de un Estado enfrentado demencialmente a su propio pueblo”, así como los procedimientos de la temible KGB.

Gracias a que había podido sacar clandestinamente de Rusia uno a uno los capítulos de su libro, pudo publicarlo en París, en diciembre de 1973, al enterarse que la KGB había apresado y torturado hasta darle muerte a Elizaveta Voronyánskaya, su secretaria, exigiéndole dónde escondía el manuscrito original. En la novela, se intercalan hechos históricos y autobiográficos con testimonios de las víctimas, cuyas identidades mantuvo en secreto siempre. “Con el corazón oprimido —escribe en el prólogo—, durante años me abstuve de publicar este libro, ya terminado. El deber para con los que aún vivían era más importante que el deber para con los muertos. Pero ahora, cuando pese a todo, ha caído en manos de la Seguridad del Estado, no me queda más remedio que publicarlo inmediatamente”. En febrero de 1974, fue detenido y acusado de traición a la patria, a los pocos días fue despojado de la ciudadanía soviética y deportado a Alemania. En 1975 se estableció en un pueblito perdido de Vermont, Estados Unidos, junto con su esposa y sus hijos, para dedicarse solo a escribir. Volvió a Rusia en 1994, en plena perestroikay glásnot, cuando Gorbachov le ofreció recuperar la nacionalidad, siendo recibido como un héroe en Moscú.

El terrorismo intelectual de la izquierda

Bajo este mismo título,  Jean Sévillia publica una crítica demoledora sobre la intelectualidad y los medios de comunicación ocupados por la izquierda en Francia (Le terrorisme intellectuel, Ed. Tempus, 2.000). Entre otros temas, reproduce las opiniones sobre Solzhenitsyn que hacen referencia a la publicación de su obra en francés. En el editorial de l’Humanité del 17.01.1974, se lee: “La publicación del Archipiélago de Gulag, está enmarcada en una campaña antisoviética, destinada a distraer de la crisis que padecen los países capitalistas”. Le Monde, Le Nouvelle Observateur, Tel Quel y otros medios no se quedan atrás, calificando a Solzhenitsyn de “Traidor de la izquierda”; “Colaboracionista de la derecha y del capital”; “Máquina de guerra contra la URSS, contra el socialismo y contra la unión de la izquierda en Francia”; “Es un personaje psíquicamente inquietante. Tiene un aspecto simiesco, es como un mono que con tristeza ve pasar a los que se pasean el domingo frente a su jaula” (Tel Quel, 1974). En una entrevista televisada del programa Apostrophes, los entrevistadores solo lo dejaron hablar cinco minutos durante la emisión, mientras lo tildaban de “Profeta de la contra revolución”, entre otros epítetos, ironías y sarcasmos contra una persona que vivió un verdadero martirio por sus ideas en pro de la libertad y la democracia. En sus declaraciones mientras estuvo en el país que se ha ufanado siempre de ser el campeón de los Derechos Humanos, denunció que aún estaban en funcionamiento en la URSS más de 2.000 Gulags, donde permanecían recluidos 5 millones de prisioneros políticos y que en ese mismo año habían dado muerte a más de 20.000 disidentes. Es imperdonable que destacados intelectuales y dirigentes de la izquierda francesa guardaran silencio con la excusa de mantener la unidad en el templo del Socialismo mientras sus acólitos y oficiantes radicales demolían y asesinaban intelectualmente al escritor que había osado criticar el régimen comunista de Stalin. Ese es el silencio o “efecto Lucifer” al que apunta el psiquiatra Philip Zimbardo (The Lucifer Effect: Understanding How Good People Turn Evil, 2007), “El mal de la inacción o del silencio es una nueva forma del mal, que apoya a aquellos que perpetran el mal”.

Para comprender esta actitud vale decir que a raíz de la muerte de Stalin, las revelaciones del Informe Khrushchev en 1956 sobre los horrores del régimen, produjo por muchos años en dirigentes e intelectuales de izquierda una negación psicótica de la realidad del totalitarismo soviético. El Partido Comunista Francés tardó 17 años en reconocer la veracidad de dicho informe, de allí que dicho partido junto a intelectuales y medios, avalaran por igual el sojuzgamiento de los países del Pacto de Varsovia a la URSS, la invasión a Hungría o el aplastamiento de la primavera de Praga (1968).  Los que lograron distanciarse de esa distorsión cognitiva sobre Stalin corrieron presurosos a cantarle alabanzas a nuevos tiranos comunistas, tal fue el caso de Sartre quien en 1960, a los pocos meses de instaurada la revolución cubana, viajó a Cuba a rendirle pleitesía a Fidel Castro, el Stalin caribeño. Mientras, a comienzos de la década de 1970, intelectuales y periodistas de izquierda se dedicarían a asesorar y apoyar a los jóvenes líderes del recién formado Khmer Rouge de Camboya que estudiaban en el prestigioso instituto Sciences Po de París, con el resultado de todos conocido: el de uno de los más crueles genocidios del siglo XX en nombre del socialismo.  En el presente, junto a los “guardianes del templo” comunista, convive una liga de intelectuales y pseudodirigentes socialistas desprovistos de toda ética política que, escudados en las banderas del tercermundismo y el antiimperialismo, apoyan a los regímenes dictatoriales y corruptos de Cuba, Bolivia, Nicaragua y Venezuela, países que conforman la nueva internacional comunista en el Foro de Sao Paulo, integrada por la izquierda radical continental, guerrilleros, narcotraficantes y grupos terroristas como Hezbollah y Hamas que campean a sus anchas en esos tristes trópicos. El apoyo de esa izquierda a los desmanes totalitarios de los caudillos caribeños debe obedecer a transacciones utilitarias o a simple perversidad, pues nos negamos a creer que se trata de idealismo o miopía, ya que la corrupción y la crueldad de esos criminales está alejada de cualquier razonamiento político. Es una pulsión que florece y da sus frutos en el terreno de la psicología clínica o de la delincuencia organizada. A fin de cuentas, es una izquierda que tiene en su cabeza un Gulag y obedece a un mismo guión del que ha sido incapaz de desprenderse de sus camisas de fuerza ideológicas, una verdadera “ortopedia del pensamiento” como lo expresa Pascal Bruckner.

¿La falta de coraje es el comienzo del fin?

En las obras de Solzhenitsynencontramos profundas reflexiones sobre el materialismo moderno, sobre la defensa de los derechos humanos, la libertad de expresión y la democracia. Solzhenitsyn pensaba que Occidente había perdido sus recursos morales y espirituales para resistirse a su propia decadencia. En su discurso en la universidad de Harvard en 1978, se pronunció sin ambages sobre la cobardía de políticos, gobiernos e instituciones internacionales: “El declive del coraje es quizás la característica más sobresaliente de Occidente hoy en día para un observador externo. El mundo occidental ha perdido su valor cívico, tanto en conjunto como de manera particular, en cada país, en cada gobierno y por supuesto en las Naciones Unidas. Este declive de coraje es particularmente notable en el segmento gobernante e intelectual dominante, de ahí la impresión de que el coraje ha abandonado a la sociedad en su conjunto. Por supuesto, todavía hay muchos individuos con coraje, pero esas personas no son las que dirigen la vida de las sociedades. Los políticos e intelectuales manifiestan notoriamente este declive, esta debilidad, este despropósito en sus actos, sus discursos y más, en las consideraciones teóricas que argumentan complacientemente a nivel intelectual e incluso moral para justificar que esta forma de actuar, que funda la política de un estado en la cobardía y el servilismo, es pragmática, racional y justificada. ¿Es que acaso no hemos entendido que la falta de coraje es el comienzo del fin?”.

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¡El monstruo está vivo!

FOTO No 1_Frankenstein

¡El monstruo está vivo!

Edgar Cherubini Lecuna

París, julio 2018

Hace doscientos años, en julio de 1818, una tímida adolescente llamada Mary Shelley (1797–1851), veraneaba en Suiza con su esposo, el poeta Percy 
Bysshe Shelley, alojándose ambos en la casa de Lord Byron, en villa Diodati, a orillas del lago Leman. Byron, aventurero y poeta romántico, se había instalado en Suiza ese año, huyendo de la mala fama que había acumulado en Londres debido a sus escandalosos amoríos.

Una noche, para matar el aburrimiento, Byron propuso un juego en el que cada uno redactaría una historia de miedo para compartirla en las tertulias habituales a la luz de las velas en medio del bochorno. Tres semanas después, la joven Shelley, quien contaba apenas 17 años, una noche les leyó su Frankenstein o el Prometeo moderno, dando origen a uno de los grandes mitos de la literatura universal. Esta obra ha sido traducida a todos los idiomas del planeta, representada en teatro y plasmada en más de cuarenta versiones de cine.

Frankenstein es un ser creado por un científico que utiliza el cerebro de un criminal, trasplantándolo a los fragmentos de otros cadáveres con los que ha creado un cuerpo semejante a un humano. Por medio de la descarga eléctrica de un rayo, logra pasar la chispa de la vida a esa tosca simulación de hombre, que al sentirse vivo se rebela contra su creador, sembrando el caos y el terror en su huida hacia ninguna parte.

Según Sébastien Lapaque en Frankenstein, doscientos años y ni una arruga (Frankenstein, deux cents ans et pas une ride), más que una historia de fantasmas como la pidió Byron, representa la confrontación del hombre moderno consigo mismo: “En el libro de Mary Shelley, el Dr. Viktor Frankenstein es un científico extraño y solitario que hurga en el cuerpo humano, incluyendo el de los animales tratando de ubicar la esencia, el origen del principio de la vida. Al escudriñar el misterio del paso de la vida a la muerte en los cementerios familiares de su pueblo, logra dar con el camino opuesto: el paso de la muerte a la vida. En un pasaje del libro se lee: «Después de días y noches de increíble fatiga, logré descubrir la causa de la generación y la vida: incluso, yo mismo fui capaz de animar la materia inerte». La cultura popular ha denominado Frankenstein al monstruo que los aterroriza con su poder inhumano. Ese artificio de hombre está fatalmente condenado al mal. Así es como la novela de Mary Shelley es más moral de lo que parece”, expresa Lapaque.

En el libro de 1818, Shelley lo denomina simplemente «la criatura». Sin alma, sin nombre propio, desdichado en su fuerza sobrehumana desatada y sin control. Curiosamente también se refiere a él como daemon, nombre que en la mitología griega refiere a un ser sobrenatural. En El banquete, Platón definió un daemon o demonio como un ser intermedio entre los mortales e inmortales, puesto que debía transmitir los asuntos humanos a los dioses y los asuntos divinos a los hombres. Dentro de esta concepción platónica, las principales funciones de los daemones eran servir de guías a los hombres a lo largo de su vida y de conducirles al Hades en el momento de la muerte.

Criatura, monstruo o demonio, Frankenstein está más vigente que nunca, como lo resume Maria Popova (200 Years of Frankenstein, Brain Pickings, 2018), refiriéndose al Proyecto Bicentenario de Frankenstein de la Universidad Estatal de Arizona, un esfuerzo multidisciplinario y multimedia para involucrar y hacer reflexionar a la gente sobre los eternos temas de ciencia, tecnología, ética y responsabilidad creativa planteados en el libro. El proyecto explora las preguntas proféticas de Shelley, enfocándose sobre la naturaleza de la conciencia, la evolución y la definición de la vida, la ética de la ingeniería genética, el futuro del cuerpo humano y la inteligencia artificial. La novela de Shelley está viva en el corazón del mundo. En el portal Web del proyecto The Frankenstein Bicentennial Project se lee: “…It’s alive! ”, “¡…Está vivo!”. https://frankenstein.asu.edu

Por su parte, MIT Press, publicó “Frankenstein: comentado para científicos, ingenieros y creadores de todo tipo” (Frankenstein: Annotated for Scientists, Engineers, and Creators of All Kinds). Se trata del manuscrito original de Shelley de 1818, editado en línea con los comentarios, anotaciones y ensayos de destacados pensadores contemporáneos en ciencia, tecnología, filosofía, ética, feminismo y ficción especulativa. En el prefacio se lee: “Ningún trabajo de la literatura ha hecho más para dar forma humana a los humanos y a sus consecuencias morales que Frankenstein el Prometeo Moderno”. https://mitpress.mit.edu/books/frankenstein

FOTO No 3_Frankenstein_poster_1931

La primera versión cinematográfica de esta obra, está plasmada en un cortometraje de Searle Dawley, autor del cine mudo americano de 1910. La versión más aclamada sin duda es el Frankenstein de James Whale (1931), protagonizada por Boris Karloff, es una obra anticipatoria de lo que sucedería en Europa cuando la sociedad alemana creó a Hitler y el nazismo. Recordemos que al final de la cinta, la gente del pueblo pierden el miedo, se unen y se arman con lo que tienen a la mano, Frankenstein es perseguido, acorralado y quemado vivo por una turba iracunda. La moraleja es que para que no te aniquile, hay que unirse y enfrentarse al monstruo.

El interés científico o literario que hoy despierta un monstruo creado por la imaginación de una adolescente hace doscientos años, nos convence de su existencia real y del temor a que nuestras creaciones e inventos escapen de nuestro control sembrando el caos. Me refiero, solo para citar algunos ejemplos, a los primeros experimentos sobre la fusión nuclear, que condujo a la creación de la bomba atómica y que, a partir de Hiroshima y Nagasaki, desató una carrera armamentista que hoy, en manos de sicópatas iraníes o norcoreanos, amenaza no solo con borrar borrar del mapa a naciones enteras, sino con destruir la vida sobre el planeta. Otro ejemplo serían los experimentos de las grandes corporaciones enfocadas en la biogenética, que exigen de la sociedad leyes, control y normas éticas, dirigidas especialmente a los que pretenden modificar los genes de los alimentos para humanos y animales. El monstruo anda suelto.

Una interpretación adicional podría ser que las sociedades, sean avanzadas o subdesarrolladas, han creado por igual sus monstruos ideológicos alejados de toda humanidad, volcándose contra sus propios pueblos, sembrando el terror y la muerte; ejemplos de esto son Hitler, Stalin, Mao, Pol Pot, así como sus émulos, me refiero a Fidel Castro y sus frankensteins latinoamericanos: Chávez, Kirchner, Correa, Lula, Evo, Ortega y Maduro. El monstruo vive entre nosotros.

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El dolor y la dignidad de los demás


Fotografías de James Natchtwey

El dolor y la dignidad de los demás

Edgar Cherubini Lecuna

París, junio 2018

Las fotografías de la exposición Memoriade James Natchtwey (1948), que actualmente exhibe la Maison Européenne de la Photographie en París, me hicieron recordar que Susan Sontag expresaba que no es un acto inútil “el hacer que el sufrimiento parezca mas amplio, al globalizarlo, al darle la indispensable significación, acaso lo vuelva un incentivo para que la gente sienta que puede interesarle” (Susan Sontag, Ante el dolor de los demás, 2003). Es que, el conjunto de fotografías de esta muestra, nos remiten al concepto de compasión (del Latín compassio: “sufrir juntos”) de este fotógrafo de guerra, que en el fragor del combate, se interesa en captar la desesperanza y el dolor de las víctimas del conflicto, sin importarle a cuál de los bandos pertenecen. El dolor de los demás le interesa, no como punto de vista, sino como una actitud genuina, la de exponerse en combate para comunicar lo que otros no pueden expresar por sus propios medios. Pero ¿Quiénes son esos «otros» en cuyo nombre James Nachtwey arriesga su vida en Irlanda, Vietnam, Cambodia, El Salvador, Irak, Rwuanda, Kosovo, Afganistan, Darfur?  Win Wenders responde a esta pregunta en el discurso que ofreció durante la ceremonia de entrega del Dresden International Peace Prize, otorgado a este fotógrafo:¿Los sujetos de sus fotografías, acaso son solo los hambrientos, los moribundos, los muertos, los perpetradores, los enfermos, los heridos, los horrorizados? ¿O acaso estos «otros» también nos incluyen a nosotros, los espectadores, en el mismo momento en que comenzamos a involucrarnos con una de sus imágenes? Cuando se hace de testigo y se cumple con esta tarea, ¿no nos llaman también a nosotros como testigos? Si este es realmente el caso, entonces James Nachtwey crea una comunidad entre los sujetos de sus fotografías y nosotros, una comunidad de la que no podemos zafar fácilmente. Él nos convierte en una sola humanidad, ni más ni menos: una humanidad común. La palabra «compasión» adquiere su significado original. (En alemán, literalmente, significa «compartir el sufrimiento»). No connota condescendencia o «lástima», «sonrisa compasiva», sino empatía real, cuando el sufrimiento de los demás se convierte en el nuestro también”. Ese día, Wenders pidió al público dejar de llamar a Nachtwey fotógrafo de guerra, en su lugar propuso llamarlo fotógrafo humanitario (Menschenfreund).

James Natchtwey (en primer plano), Ramallah, 2000

Originario de Syracuse, New York y diplomado en Historia y Ciencia Política del Dartmouth College, se inicia como fotógrafo de guerra en 1980 cubriendo el conflicto de Irlanda del Norte para las agencias Black Star y Magnum. En una entrevista reciente le preguntan sobre cómo, después de 40 años como fotógrafo de guerra, esos dramas humanos lo afectan, a los que Natchtwey responde: “Periodistas, médicos, trabajadores humanitarios o bomberos enfrentan las tragedias de otros y viven situaciones insoportables. Pero hay una justificación para eso, tenemos una razón para estar presente, debemos respaldar y aceptar nuestro papel. Pero admito que me agota. Busco dormir cuando no puedo soportarlo más, pero mis sueños son pesadillas que nunca me abandonan. Llevo estos horrores conmigo y me persiguen. Este trabajo es una carga. Tienes que estar preparado para todo eso. Aún no me ha llegado el momento crítico de decir “no puedo más”. Mientras pueda hacerlo, física y moralmente, continuaré. Es mi responsabilidad. Y si un día sucede que desaparezca, otros tomarán mi rol. Muchos de nosotros estamos haciendo este trabajo con esa esa determinación en mente” (Entrevista de Dimitri Beck, Polka, 2018).

Bosnia-Herzegovina, 1993

Sobre su experiencia en la guerra de los Balcanes, Natchtwey afirma: “Durante la guerra de Bosnia, hubo masacres en Srebrenica, bombardeos de mercados en Sarajevo, entre otros horrores donde mataron arbitrariamente a civiles … Los cínicos decían de este conflicto que no había escapatoria, que era imposible una solución. Pero la opinión pública fue informada y sensibilizada por los que estábamos allí cubriendo ese desastre humanitario. Los políticos se vieron obligados a reaccionar. Se llegó a un acuerdo y se firmó una paz. Es muy fácil desesperarse, eso nunca ha resuelto el más mínimo problema. Eso sí, debemos mantener la presión sobre los líderes políticos” (Beck).

La fotografía de guerra ha contado con figuras de gran talla y coraje, causando la muerte de algunos o quedando severamente mutilados otros. Robert Capa, estaría a la cabeza con sus reportajes sobre el desembarco en Normandía y la guerra civil española. Alfonso Sánchez Portela, cuyas imágenes brindan un testimonio invalorable de la batalla de Madrid. Joe O’Donnell, quien fotografió el drama posterior a los bombardeos nucleares de Hiroshima y Nagasaki. Eddie Adams y Nick Ut, ambos ganadores del Premio Pulitzer, por su cobertura de la guerra de Vietnam. Nick Ut es el autor de la foto donde se observan unos niños quemados por Napalm, huyendo desnudos de su poblado, fotografía que ocasionó un revuelo político mundial contra esa guerra. Otro es Laurent Van Der Stockt, fotógrafo francés que reveló con su reportaje gráfico el uso de armas químicas por el gobierno sirio. Michael Kamber reunió sus pavorosas fotografías de guerra en un libro titulado Untold Stories From Irak. Rodrigo Abd, es otro acreedor del Pulitzer por sus imágenes sobre las víctimas civiles de la guerra civil en Siria, entre otros fotógrafos, tan valiosos como éstos, que cubren decenas de conflictos armados en este momento alrededor del planeta.

Kaboul, Afghanistan, 1996

Lo más notable de la actitud de Natchtwey es su compromiso con los desamparados por la guerra y su empeño de mostrar la dignidad del ser humano en medio del caos y la violencia: “Yo he sido testigo de cómo le han quitado todo a esa gente – sus hogares, sus familias, sus brazos, sus piernas y hasta el discernimiento. Pero, una sola cosa no les han sustraído: su dignidad, ese elemento irreductible del ser humano. De eso dan testimonio mis imágenes”.

Joven Hutu sobreviviente al genocidio, Ruanda, 1994

Las imágenes de Natchtway, hablan más que mil palabras porque las guerras han agotado las palabras, las han debilitado, las han deteriorado, sus imágenes nos observan y reafirman lo que nutre la férrea voluntad de este fotógrafo: “Hay un trabajo que hacer… registrar la verdad. ¡Quiero despertar a la gente! Los sucesos que he documentado, no deberían olvidarse y ¡…No deberían repetirse!”.

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(*) Fotografía del encabezado: El Salvador, 1984

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Sobre el vacío y la caída de los cuerpos

Sobre el vacío y la caída de los cuerpos

Edgar Cherubini Lecuna

Junio 2018

El 20 de mayo, fecha en que se consumó el simulacro electoral organizado en Venezuela, Radio France International en su sección geopolítica emitió un debate titulado “¿A dónde se dirige Venezuela?” (Élection présidentielle: où va le Venezuela?), con la participación de los expertos: Célia Himelfarb, de Science Po Grenoble; Pierre-Jean Vandoorme, ex embajador de Francia en Venezuela y Gaspard Estrada, director del observatorio político sobre América Latina (l’OPALC). Marie-France Chatin, conductora del programa, lo primero que hizo fue preguntarle a los panelistas: “¿Quién es el responsable de lo que ocurre en Venezuela?”. Durante 50 minutos, los analistas aludieron al desastre humanitario y económico del país, de cómo en los tres últimos años Venezuela ha perdido el 53% de su PIB, con una hiperinflación que el FMI sitúa este año entre 1.349% a 3.000%, de la deuda externa en default parcial, de la pobreza en aumento, de la migración de millones de personas incluyendo exilados políticos, la degradación de PDVSA que comenzó con el despido de los ejecutivos y técnicos competentes hasta quedar hoy en ruinas, del control de cambio para que el gobierno monopolizara el comercio y la corrupción, de la permisividad de Chávez con la narco guerrilla, de la injerencia cubana con sus 40.000 comisarios políticos en todas las áreas de decisión incluyendo la militar, de la represión, de un CNE compuesto por afectos al gobierno, de la militarización de las instituciones y empresas del Estado (14 ministros militares). También hablaron de no haberle hecho caso a Uslar Pietri en 1936, cuando aconsejó “sembrar el petróleo”, convirtiéndose el país en un parásito del mismo, de la imbecilidad y la corrupción (Vandoorme dixit) de un país anclado en el pasado y aislado internacionalmente, entre otras consideraciones. A la pregunta de Chatin todos coincidieron en la respuesta: “el chavismo, sin dudas es el responsable”, pero fue igual de inquietante cuando hablaron sobre la crisis de una oposición democrática dividida y sin propuestas.  Sobre la desunión de la oposición coinciden las declaraciones de todos los representantes de los países aliados a la causa democrática venezolana y esto es verdaderamente alarmante.

Hace ocho años escribí un artículo titulado: El martillo y la pluma, una reflexión de lo que percibía en ese momento del régimen de Chávez y la falta de coherencia de la oposición, por eso reproduzco aquí algunos extractos, porque si bien no es Chávez sino Maduro el que continúa dirigiendo este desatino en el presente, intento convencerme sin lograrlo, que los escenarios han cambiado y que los actores tienen otro libreto.

Las bolas de Galileo

La caída de los cuerpos ha sido objeto de observación y estudio a lo largo de los siglos. Galileo Galilei (1564-1642), demostró que los cuerpos, tanto los ligeros como los pesados, pueden caer con la misma rapidez. En lo que se conoce como “las bolas de Galileo”, el sabio dejó caer desde lo alto de la Torre de Pisa dos bolas de idéntica circunferencia, una de madera y otra de plomo. Para el asombro de los testigos, las dos esferas se estrellaron al mismo tiempo. La conclusión a la que llegó es que la única fuerza que reduce la velocidad de los cuerpos en su caída es la resistencia del aire. La ley que descubrió Galileo y que perfeccionaron Newton y Boyle, nos dice algo muy sencillo: si hay resistencia, el cuerpo tarda en caer. Si le cambiamos la forma éste caerá más rápido. Boyle demostró que sin aire, no importa la forma ni el peso, los objetos caen a la misma velocidad.

Hoy me hago las mismas preguntas que me formulé en el 2010, cuando el 80% del país coincidía en responsabilizar a Chávez de todos los males: ¿Es que Maduro es más ligero que el aire? ¿Es que tiene una forma aerodinámica que le permite sustentarse, planear, flotar? ¿Es que Maduro es un peso pluma? Habría que añadir a los análisis sobre el país una variable sobre las leyes físicas aplicadas a la política.

El riesgo del vacío

La oposición, cuando se haga visible, reconocible, identificable, cuando adquiera forma, tendrá la oportunidad de convertirse en fuente de esperanza. Para lograrlo hace falta darle un cuerpo, una fisonomía, un rostro, un liderazgo, “una voz”, convertirse en promotora de una idea poderosa y aglutinante, donde el ciudadano común tenga la convicción de saberse parte de una comunidad de intereses e ideas con perspectivas, integrado a una causa y a un destino común de nación. Esto dejaría sin sustentación el fenómeno Maduro, que flota en una atmósfera de populismo, ignorancia, mentiras y desinformación. Desafortunadamente, eso no ha sido posible hasta el día de hoy.

Debido a la desunión, la arrogancia, el oportunismo y el colaboracionismo de algunos dirigentes, la oposición ha desperdiciado oportunidades irrepetibles. En un Estado fallido día a día vemos agravarse la crisis y la falta de respuestas. La realidad es que lo que impera en Venezuela es una gran y estruendoso vacío.

El historiador y analista político alemán Georg Eickhoff, buen conocedor de la realidad política del país, afirmó en diciembre de 2017: “La vía electoral está cerrada desde el bloqueo del revocatorio. De cierta manera, el derrotado es el chavismo, que carece de apoyo popular y solamente puede sobrevivir como dictadura”. Hace pocos días se expresó sobre la crisis de la oposición, sus divisiones y falta de programa, amen de sus desvaríos electoralistas manejados por la dictadura, siendo tajantes sus afirmaciones: “La oposición venezolana está más dividida que nunca y así va a seguir mientras siga la tiranía. Las llaves de la unidad están en manos de la tiranía. Cualquier estrategia opositora exitosa debe prescindir de la unidad y apostar por una solución de élites con ayuda externa” (@JorgeEickhoff – 6:14 AM – 2 Jun 2018).

A propósito de esto, son preocupantes los pronósticos que van, desde el desmembramiento final del país en una especie de Somalia, donde diferentes organizaciones armadas (militares, paramilitares chavistas, narco guerrilla, carteles de la droga, hampa común) se disputan parcelas del territorio nacional en medio del caos, pasando por un golpe militar, hasta una intervención militar in extremisde una coalición de países.

A la llegada de la misión Apolo XV a la Luna en 1971, uno de los astronautas decidió experimentar sobre la caída de los cuerpos en el vacío, dejando caer desde la misma altura y al mismo tiempo un martillo y una pluma. Debido a que en la Luna no hay atmósfera, los televidentes que presenciaban la transmisión vieron con asombro cómo ambos objetos cayeron al suelo al mismo tiempo, mientras el astronauta exclamaba: “¡Vieron, Galileo tenía razón!”. El riesgo en Venezuela, es que en el vacío todos los cuerpos se desplomen a la misma velocidad.

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La revolución de Pierrot el loco

Mayo 68

La revolución de Pierrot el loco

Edgar Cherubini Lecuna

París, mayo 2018

Para tratar de comprender los sucesos de mayo de 1968 en Francia, habría que comenzar por entender a una sociedad surgida del siglo de las luces y de la revolución de 1789, que descabezó el absolutismo dando inicio a un régimen basado en el principio de la soberanía popular, germen de una democracia moderna, pero que durante los siglos XVIII y XIX basculó entre la revolución y el terror, el imperio napoleónico, la monarquía constitucional y finalmente en la democracia republicana. Marchas y contramarchas donde siempre prevaleció una burguesía rica y culta que se convirtió en la fuerza política dominante del país desde que Francia entrara en la fase de industrialización.

La educación en la Francia de los años sesenta, se destacaba por una gran rigidez enmarcada en un modelo cartesiano tradicional, encaminada a sostener los valores de una extendida clase media urbana y provincial, así como los logros del desarrollo y la estabilidad económica que por primera vez disfrutaban los franceses después de las dos guerras mundiales. Pero, como sostiene Inglehart, “el crecimiento económico de un país trae consigo cambios en la escala de valores de los ciudadanos por la adopción de valores de auto-expresión (self-expression), que exigen mayores libertades”.

Sobre la crisis de mayo de 1968, pienso que hay varias circunstancias que inspiraron y encendieron las revueltas y que minaron esa solidez aparente de Francia, dando paso a los que Zygmunt Bauman denomina “la modernidad líquida”, signada por la inestabilidad y la desaparición de referentes, donde se pasa de la rigidez, la estabilidad y la repetición, a la liquidez, a la flexibilidad y a la incertidumbre. Ese año, la Quinta República fundada por Charles de Gaulle en 1958, estaba por llegar a su fin.

Afiche del film Pierrot le fou, 1965

Aburrimiento, liquidez e incertidumbre

Un primer evento tiene que ver con la incertidumbre, reflejada en un film de Jean Luc Godard: “Pierrot el loco” (Pierrot le fou), realizado en 1965, tres años antes de la llamada revolución de mayo. Es un film clásico – no hay trucaje – y a la vez moderno en su narrativa, libre e intuitiva. Habría que agregar algo más, fue un film premonitorio.

Como la mentalidad del francés se caracteriza por una bipolaridad entre el cartesianismo y el surrealismo, la película se hizo viral. El personaje es un “Bo-Bo” (bourgeois bohème), perteneciente a una clase social caracterizada por sus valores consumistas junto con comportamientos y gustos bohemios, actitudes hedonistas y pulsiones asociales. Ferdinad o Pierrot, que admira a “un poeta llamado revólver” (en alusión a Robert Browning) y al pintor español Velazquez “porque no buscaba pintar cosas precisas, sino lo que yace entre cosas precisas”, no soporta su incertidumbre existencial y escapa de la estabilidad de su matrimonio y entorno familiar, iniciando un aparatoso viaje sin retorno. Todo comienza la noche en que asiste con su esposa a una fiesta familiar. Es genial la escena donde los invitados, altos ejecutivos con sus esposas, conversan animadamente entre ellos, pero poco a poco el espectador se da cuenta que los parlamentos son los mensajes publicitarios de marcas comerciales en voga en el mercado francés.

Pierrot deja la fiesta y decide huir con una antigua amiga. Durante la travesía no para de leer en voz alta los diálogos de los personajes de Les pieds nickelés (Argot: pillos), publicadas en L’Epatant,un semanario de historietas que versaban sobre un universo enrevesado. Pierrot y Marianne, su compañera, inician una deriva hacia el sur de Francia, hacia “donde los vendavales arrastraron los siglos”, una aventura romántica plena de poesía, filosofía, extravagancias y riesgos, que culmina en la exacerbación del nihilismo y finalmente el suicidio: “que bella muerte, tan estúpida”, exclama Pierrot en la escena final, mientras enciende la mecha de decenas de cartuchos de dinamita atados alrededor de su cabeza (el filme fue prohibido a menores de 18 años).

Otro evento lo produce el manifiesto publicado por la Internacional Situacionistaen septiembre de 1966, titulado Sobre la miseria en el medio estudiantil, panfleto que fue reeditado ese mismo año por los estudiantes de docenas de universidades en muchos países. El primer párrafo del texto resume el contenido: “Hay que hacer más infamante la infamia, denunciándola. Podemos afirmar, sin gran riesgo de equivocarnos, que en Francia el estudiante es, después del policía y el sacerdote, el ser más universalmente despreciado”. Le sigue una agresiva crítica a la izquierda, en especial al Partido Comunista, a la Unión de Estudiantes (UNEF), a los partidos del estatus, a los medios de comunicación y a la sociedad de consumo. Las exigencias de reformas estudiantiles y sociales no se hicieron esperar ese año en las universidades de Estrasburgo, Nantes y Nanterre, con manifestaciones y barricadas.

Guy Debord, 1967

En 1967, son publicados dos libros fundamentales para entender la revuelta de mayo, se trata de La sociedad del espectáculo, de Guy Debord (1931-1994), quien fue el fundador de la Internacional Situacionista, y El tratado de saber vivir del filósofo Raoul Vaneigem (1934).  Ambos libros le dan un sustento conceptual a la protesta juvenil. En la introducción de La sociedad del espectáculose lee: “Y sin duda nuestro tiempo, prefiere la imagen a la cosa, la copia al original, la representación a la realidad, la apariencia al ser. El espectáculo no es un conjunto de imágenes, sino una relación social entre personas, mediatizada a través de imágenes” (Eso mismo es lo que había plasmado Godard en su film).

Raoul Vaneigem

Vaneigen, por su parte, se dirige sin ambages a los jóvenes, he aquí dos párrafos tomados al azar de su libro: “Tu voluntad individual es un arma poderosa que, manejada por otros, se vuelve inmediatamente contra ti”, “Que coincidan diez hombres decididos a la violencia fulgurante antes que a la larga agonía de la supervivencia, e inmediatamente se acaba la desesperación y comienza la táctica. La desesperación es la enfermedad infantil de los revolucionarios de la vida cotidiana”.

Lo que sucedería el siguiente año, se podía respirar en el ambiente. El artículo de Pierre Viansson-Ponté publicado en Le Monde el 15 de marzo de 1968, es un retrato caustico de la vida del francés burgués promedio, de su individualismo e indiferencia en su mundo bien organizado: “Lo que actualmente caracteriza nuestra vida pública es el aburrimiento. Los franceses están aburridos. No participan mayormente en las grandes convulsiones que sacuden al mundo (…) además la televisión repite al menos tres veces cada noche que Francia está en paz por primera vez hace casi treinta años (…) El joven francés está aburrido, mientras en España, Italia, Bélgica, Argelia, Japón, Estados Unidos, Egipto, Alemania y en la propia Polonia los estudiantes manifiestan, protestan, se mueven, pelean, ya que tienen conquistas que emprender…”.

 

“Prohibido prohibir”

Los sucesos de mayo se producen y desencadenan espontáneamente, las ideas creativas, el sexo, el humor, todo lo que estaba reprimido es volcado en las calles compulsivamente y vaciado en los muros: “La imaginación toma el poder”, “Seamos realistas, demandemos lo imposible”, “Prohibido prohibir”, “Desde ahora, la poesía está en las calles”, “Desabotona tu mente, tantas veces como desabotonas tu bragueta”, entre otras tantas frases que brotaron de los sprays multicolores. Una de estas, podría haber sido pintada por Pierrot: “El futuro no tiene futuro”.

Daniel Cohn-Bendit, lider de la revuelta de Mayo 1968

Los partidos políticos, como suele ocurrir, no entendieron la rebelión juvenil. El Partido Comunista calificó de “falsos revolucionarios” a los estudiantes, acusándolos de “prestarse a intereses fascistas y ser agentes del gran capital”, denigrando y atacando duramente a Daniel Cohn-Bendit, que en ese momento era el líder estrella de la revuelta. Los comunistas, que hasta esa fecha no se habían desprendido de su equipaje estalinista, tuvieron y siguen teniendo posiciones reaccionarias ante cualquier expresión de libertad o ante manifestaciones individuales o colectivas que ellos no autorizan o no comprenden. Los comunistas le tienen horror a lo espontáneo y al humor. Durante ese mes se comportaron como la inquisición católica que prohibió la risa, por pecaminosa. Quizás les molestaron pintas como esta: “Yo soy marxista tendencia Groucho” o “Abajo el realismo socialista, viva el surrealismo”.

A medida que se extendieron las manifestaciones y desórdenes, los sindicatos de izquierda y organizaciones extremistas, trataron de aprovecharse del desorden. Durante la gran marcha por los bulevares, George Marchais, el secretario general del Partido Comunista francés, intentó sumarse, siendo rechazado por la multitud.

Mientras ustedes duermen, nosotros soñamos

Aquí un breve recuento de los acontecimientos: El 3 de mayo, los estudiantes de La Sorbona apoyados por los de Nanterre toman las instalaciones de la universidad y ocupan el teatro Odeon. En el barrio latino, los estudiantes se enfrentan a la policía con el resultado de cientos de heridos. El 10 de mayo se conoció como la noche de las barricadas (La nuit des barricades). Durante una de las escaramuzas nocturnas, alguien pintó un enorme graffiti que decía: “Mientras ustedes duermen, nosotros soñamos”. El 13 de mayo, en La Sorbona, los estudiantes creían haber revivido La Comuna de París de 1871, mientras ese mismo día la izquierda convocaba a su militancia para pescar en río revuelto, pidiendo la renuncia del presidente de Gaulle.Ya para el 19 de mayo, Francia estaba paralizada, no había combustible, los bancos seguían cerrados y los obreros de las fábricas de los suburbios estaban en los bulevares de París reclamando reivindicaciones laborales, entre ellas la de trabajar menos horas y ganar más. Comenzaba a reinar la anarquía y el desabastecimiento.

El 29 de mayo, el presidente de Gaulle toma un helicóptero y se dirige a la base francesa de Baden Baden en Alemania, para reunirse con militares leales, entre ellos los generales Hublot y Massu, para asegurarse así el sostén a su gobierno. De regreso a Francia, pronuncia un vigoroso discurso utilizando la televisión como si fuera la radio. En pantalla solo se veía una foto fija de la bandera de Francia y la voz de Gaulle en “off”, para lograr un efecto subliminal al evocar su famoso discurso de 1940 convocando a los franceses a la resistencia desde Londres. Fue enfático al decir: “No me retiraré … no cambiaré al primer ministro … hoy disuelvo la Asamblea Nacional …”. Esa misma tarde, un millón de personas desfilaron desde la plaza Concorde a la plaza Etoile respaldando al presidente. A la cabeza de la multitud se vio marchar al admirado escritor Andre Malraux, entre otras personalidades. Manifestaciones similares de apoyo a de Gaulle se dieron en las demás ciudades del país. Al día siguiente hubo transporte público, correos, bancos, panaderías abiertas, los trabajadores asistieron a las fábricas y oficinas.

El 7 de junio, el presidente de Gaulle utiliza la televisión para hacer un análisis de la crisis y explicar al país las decisiones y reformas que serán aplicadas para remediar las demandas populares. Días más tarde, las legislativas son ganadas por los Gaullistas con una abrumadora mayoría. Volvió la calma. “Las gasolineras fueron surtidas, no para utilizar la gasolina en bombas molotov sino para llenar el tanque y tomar carretera en el puente vacacional de Pentecostés (…) Fue una revolución hecha en nombre del pueblo por los hijos de la burguesía (E Zemmour, Mai 68, la grande désintégration). Según este pensador, mayo del 68 dio inicio a la fragmentación de Francia y sus valores tradicionales e identitarios.

                                         Pierrot le fou, escena final

Sumido en su individualismo, el francés que siempre ha exigido un espacio personal para diferenciarse y no rozar al otro, vio disueltas las distancias y diferencias en el tumulto de mayo. Sentirse estrujado por la masa era una sensación desconocida que evocaba la consigna “igualdad, fraternidad”. Los estudiantes marchaban abrazados con obreros de la Renault, juntos lanzaban adoquines a la policía y cantaban a coro la Marsellesa. De allí la percepción, por demás irreal y efímera, de una revolución social que algunos creyeron realizar.

Después de treinta días, todo retornó a la normalidad y a la cotidianidad. Una revuelta plena de creatividad y poesía, que murió de “una bella muerte” como el rebelde Pierrot. Si bien no hubo un cambio real de paradigmas, aceleró transformaciones que cincuenta años después aún vivimos, para bien o para mal.

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¿Cuántos minutos de silencio necesitamos para acabar con el horror?

¿Cuántos minutos de silencio necesitamos para acabar con el horror?

Edgar Cherubini Lecuna

París, abril 2018

George Steiner, en Lenguaje y Silencio, dice que vivimos dentro del acto del discurso, pero que hay realidades que no pueden narrarse, que no pueden expresarse con palabras, “lo inefable está más allá de las fronteras de la palabra, hay acciones del espíritu enraizadas en el silencio”.

Si bien, para Aristóteles “el hombre es el ser de la palabra”, que lo hace imponerse sobre el silencio de la materia. En la dimensión mística del budismo, los sutras hablan del silencio de Buda, que Octavio Paz (Aguila y sol, 1957) interpreta sabiamente: “Hay ciertas cosas que no se pueden decir sino con el silencio. La palabra es dialéctica: si afirma algo, niega algo. Yo creo que significación y no significación son trampas lingüísticas y que el silencio disuelve esa falsa disyuntiva. Eso sería el sentido del silencio de Buda. Pero es el silencio después de la palabra. O sea, lo que está después del saber”. Algo similar escribió Henry Miller: «Es del silencio de donde se extraen las palabras». De allí que sea necesario hacer silencio para poder pronunciar la palabra apropiada ante hechos aberrantes que nos conmueven, como bien lo dice el filósofo Raphaël Enthoven: “El silencio es la última palabra, ya que el silencio es el origen y la finalidad de toda palabra”.

En un mundo construido por las palabras, el silencio es una forma de expresar la indignación ante los crímenes contra la humanidad.  Cada año, el 12 de abril, con un minuto de silencio, el Estado de Israel y la comunidad judía mundial conmemoran la Shoá, el genocidio de seis millones de judíos inocentes asesinados por el nazismo. Es el día de un ritual social conmovedor, donde a una determinada hora, suenan las sirenas a lo largo y ancho de Israel, para anunciar el momento en que toda una sociedad se detiene en silencio. Los conductores interrumpen su marcha en calles y autopistas bajándose de sus vehículos, permaneciendo de pie sobre el asfalto. Los trenes y buses suspenden su circulación, los empleados dejan los teclados de sus ordenadores y teléfonos, los deportistas paran de correr aunque estén próximos a llegar a la meta, en las aceras se congrega una multitud firme y silenciosa. Ese minuto de silencio es el sentimiento de cada individuo y a la vez el espíritu de toda una sociedad, creando una vivencia inexplicable cargada de emociones, donde se mezclan el recuerdo del horror y el optimismo al contemplar su pujante nación erigirse como un baluarte democrático en el Medio Oriente y en el mundo. Como lo expresaron muchos mensajes ese día, “El estado de Israel no es una compensación por lo que hicieron los nazis al pueblo judío, es la garantía de nunca más algo así vuelva a suceder”.  La intensidad del silencio se convierte en una fuerza poderosa de unión, de determinación, de identidad. Ahora entendemos lo dicho por Maeterlinck: «el silencio nunca se desvanece».Junto al minuto de silencio para rememorar la Shoá, deberíamos guardar un minuto de silencio para recordar todos los genocidios y masacres ocurridas en la historia, productos de la intolerancia religiosa, política o ideológica, en especial los producidos por el Comunismo.

Junto al minuto de silencio para rememorar la Shoá, deberíamos guardar un minuto de silencio para recordar todos los genocidios y masacres ocurridas en la historia, productos de la intolerancia religiosa, política o ideológica, en especial los producidos por el Comunismo.  El libro negro del comunismo (Le Livre noir du communisme :Crimes, terreur, répression, 1977), escrito por investigadores de varios países europeos y editado por Stéphan Courtois,director de investigaciones del Centre national de la recherche scientifique(CNRS), de Francia, efectúa un inventario de actos criminales (hostigamientos, asesinatos, tortura, exclusión, deportaciones) que arrojó la implantación del comunismo en el mundo, un balance más terrible que el del nazismo. En la introducción, el editor sostiene que “El comunismo real, puso en funcionamiento una represión sistemática, hasta llegar a erigir, en momentos de paroxismo, el terror como forma de gobierno”. De acuerdo con las estimaciones realizadas, el informe cita un total de muertes que “…se acerca a la cifra de cien millones”.  La estadística del horror es la siguiente: 20 millones en la Unión Soviética,65 millones en la República Popular China1 millón en Vietnam2 millones en Corea del Norte2 millones en Camboya1 millón en los regímenes comunistas de Europa oriental150.000 en Latinoamérica1,7 millones en África1,5 millones en Afganistán10.000 muertes provocadas por “el movimiento comunista internacional y partidos comunistas no situados en el poder”.

En 1977, fecha de la publicación del libro, Chávez no había llegado al poder, por lo que probablemente su mandato y el de su sucesor serán tomados en cuenta en la reedición de dicho informe, ya que en 20 años de régimen chavista las cifras hablan de un promedio de 25.000 asesinatos anuales, producto de la inseguridad y la violencia adoptados como política de Estado, que ha propiciado que los militares y grupos de civiles armados, asedien, repriman, secuestren, encarcelen, torturen y asesinen a quienes no piensan como ellos. Sumando a esto, la aberrante exclusión social de todo aquel que no milite en el partido de gobierno, impidiéndole el acceso a los servicios públicos, alimentos y medicinas, provocando una mortandad que crece exponencialmente, incluyendo a centenares de recién nacidos. Entonces me pregunto: ¿Cuántos minutos de silencio necesitaremos para recordar la destrucción de una nación, la violación masiva de los Derechos Humanos, el horror y las muertes de la dictadura comunista que asola Venezuela? Como dijo Ionescu, creador del teatro del absurdo, “…A veces la palabra impide que el silencio hable”.

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Villas, pueblas y escritores

Giorgio de Chirico, I piaceri del poeta, 1911.

Villas, pueblas y escritores

Edgar Cherubini Lecuna

París, Febrero 2018

“Dime el paisaje en que vives y te diré quién eres”, esta concluyente frase es de José Ortega y Gasset (1885-1955). En sus caminatas por “las lomas nerviosas de Guadarrama”, el filósofo consiguió entender y traducir el lenguaje de ese paisaje serrano. “Había en torno nuestro un silencio que en cada instante iba a romperse y persistía, silencio donde laten las entrañas de las cosas, en que esperamos que rompa a hablarnos cuanto no sabe hablar”. En esas contemplaciones confiesa descubrir una parte de sí mismo “más compacta y nervada, menos fugitiva y de azar”.

Citar a Ortega y Gasset me pareció acertado para comentar este libro de Enrique Viloria Vera (1950), Villas, pueblas y escritores, ya que se trata de una singular antología de paisajes interiores expresados en las voces de escritores y poetas vivos o lejanos en el tiempo y en la geografía.

Villas, pueblas y escritores, es como un mapamundi de sentimientos y a la vez un inventario a escala, de tristezas, soledades, alegrías, amores, nostalgias y olvidos, en el que podemos ubicar a quienes sobreviven gracias a un hilo vital anclado a su terruño, aldea, villorrio, pueblo, villa, ciudad o puerto natal, que no los deja perderse en el extravío. Se trata de “un espacio vital y vitalista, un lugar que existe por sí mismo, ‘un lugar en sí’, pero sobre todo para la poesía, sin él, ella poco sería”, así lo refiere Enrique Viloria en su libro, publicado este año por el Centro de Estudios Ibéricos y Americanos de Salamanca, España.

Enrique Viloria Vera, 2017. © Jacqueline Alencar.

En su quehacer académico y literario en el que ha sido autor o coautor de más de ciento treinta libros, Viloria es un conocedor de las claves para comprender esos vasos comunicantes entre el escritor y su entorno: “El ciudadano construye la ciudad; inclusive el ciudadano que jamás coloca un ladrillo, o una piedra, un cable o un tubo: todos los ciudadanos van haciendo la ciudad según sus intereses y sus ignorancias, sus conocimientos y sus sentimientos. Y al mismo tiempo, la ciudad va procreando los ciudadanos que necesita para descomponerse o embellecerse, para sublimarse o envilecerse. (…) La ciudad es, en primer lugar, un refugio donde cada quien concibe su sueño. En segundo lugar, la abundancia de sueños frustrados, convierte a la ciudad en una guerra de pareceres, en un escenario donde se buscan las huellas que va dejando la belleza en su constante deambular de antílope y se evaden milagrosamente, por milímetros, los factibles encuentros con la muerte, esa habitante”, expresa el escritor.

En el prólogo, encontramos un poema de Constantino Kavafis lo dice todo: “La ciudad te seguirá. Viajarás por las mismas calles. Y en los mismos barrios te harás viejo; y entre las mismas paredes irás encaneciendo”.

Ese paisaje citadino tiene un lugar reservado en el libro, en especial cuando nos lleva de la mano a revisitar Barquisimeto en las palabras de Ramón Guillermo Aveledo: “¿Somos nosotros un invento de Barquisimeto? ¿Nos ha creado la ciudad a su imagen y semejanza? ¿Somos hechura de estas calles y estos modos y este paisaje árido por dos lados y verde por los otros dos? O, al contrario, ¿Es Barquisimeto nuestro invento? ¿Nos imaginamos una ciudad y la habitamos y hablamos de ella, sin que necesariamente sea realidad? ¿Es Barquisimeto un espejismo en nuestro cariño? ¿Es una creación de nuestros recuerdos? La verdad anda a caballo entre las dos posibilidades. A las dos preguntas es posible responder que sí. Y no hay contradicción, sino verdad. Barquisimeto nos hace, y nosotros la hacemos. Nos inventa y la inventamos”.

Para que no existan dudas de la unión entre el sujeto y el predicado, Viloria utiliza la conjunción para subtitular sus visitas poéticas guiadas: Ciudad de México y Alan Riding, Barcelona y Eduardo Mendoza, Macondo y Gabriel García Márquez, Iquitos y Mario Vargas Llosa, Guatapé y Juan Mares. Este último, es un poeta antioqueño que se adentra en los recuerdos de lo que vieron sus ojos y sintió su piel en Guatapé, expresándolo así en su libro El árbol de la centuria: “Traigo noticias / de un tiempo sumergido en las distancias. / Y son noticias / de un pueblo paria en las ciudades / De estas noticias / Me surte un pueblo oculto y diligente. / Que son noticias / Que brillan de sudor y sangre. / Mas mis noticias / Ni son augurio de salvación de nadie. //

La poesía de José María Muñoz Quirós, no puede prescindir del sagrado misterio que encierran las murallas y las torres de Ávila. “Aquí estoy / una vez más / frente a las torres / (…) Aquí estoy / como los pasos mismos / me han traído / hasta el borde del tiempo, / como he necesitado así rozar / la piel de este momento / para reconstruir la vida, / para hacerla merecedora / de este instante que recupero / en esa lucha de amor que a muerte sabe”. //

Albert Camus, en su afanosa búsqueda de un significado del mundo y de la vida humana se refiere al Orán de su Argelia natal, al señalar que “el modo más cómodo de conocer una ciudad es averiguar cómo se trabaja en ella, cómo se ama y como se muere”. Quizás esa fue la misma inspiración que motivó a García Lorca a realizar el retrato poético de una ciudad avasallante al escribir Un poeta en Nueva York: “¿Qué ángel llevas oculto en la mejilla? / ¿Qué voz perfecta dirá las verdades del trigo? / ¿Quién el sueño terrible de tus anécdotas manchadas?”.

Por su parte, Enrique Gracia Trinidad, no ha podido saldar las deudas con su Madrid de miserias y alegrías: “Nada te debo a ti, ciudad amarga y fiera, y todo te lo debo (…) Y cuanto más te pago más te debo”.

La villa Nuestra Señora de la Madre de Dios de Carora es la urbe que convoca los recuerdos más sentidos de Guillermo Morón. Recordemos cómo “el calor se aposentó en la ciudad y el calor soltó al diablo”, en esa extraordinaria atmósfera construida palabra a palabra para describir la villa en las páginas de su maravillosa novela El gallo de las espuelas de oro.

La costumbre de vivir del recuerdo enseña que el amor tiene un espacio donde algo sucede si el lugar se nombra y el nombre es Puerto Maldonado, donde el recuerdo es el ensueño de la redención: “cerrar los ojos y ser dueño / repentino de cursos fluviales”, así describe su terruño Alfredo Pérez Alencart.

Cumaná ocupa un espacio singular en Los Legajos del Marqués, de José Tomás Angola Heredia: “(…) Con el sol rabioso del mediodía / asando cabo corchado y chicote / aguas verdinas cuando en felibote / ancoré en la Nueva Andalucía (…) En puerto del paraíso soñado / do los ángeles son aves fermosas / y el mar un manto de azul templado. / Y es que lo nunca antes imaginado / a no ser me digan que falseo cosas / aquí se hace delirio de afiebrado”.

En su libro, Viloria reconstruye “esa gran nostalgia que acoge lo vivido en esa felicidad germinal que se llama infancia”. Por eso pienso que en el Canoabo de Vicente Gerbasi, el recuerdo de su terruño actúa en él como el “estadio del espejo” (Le stade du miroir) de Lacan, afirmando su yo al observarse a sí mismo en su pueblo, sin fragmentarse en su amor. “Es que Canoabo está en mí. Ya no necesito tener nostalgia de él, es mi alma. Yo soy Canoabo”.

Podríamos decir lo mismo del Barquisimeto primordial de Aveledo: “ciudad de dulce de higos pelados en teja (…) de café y de pan de tunja, de acemitas”. Ya que para el cronista, describir su ciudad es contruir su persona en el espejo del mundo: “Por aquí andan mis rastros, mis nostalgias, mis mejores risas, mis esperanzas primeras. En los rincones, en las esquinas, hay trazos de lo que he querido y lo que he detestado, Aquí respiro, camino, mis memorias. Me reencuentro con el que quise ser”.

Virginia Wolf, acertó al decir que sólo existe lo que se nombra y Gracia Trinidad lo testifica: “Poner nombre a las cosas / es el mejor oficio de la vida, // Lo hizo el Padre Adán cuando su Dios / se lo ordenó en el Paraíso. / Y así nacieron árbol, pájaro, río, piedra, / hormiga, pájaro, gacela, viento…/ Nada quedó sin nombre. // Pero luego ocurrió lo que ocurrió / la expulsión amplió los horizontes. / Ni Dios habría imaginado / que Adán siguiera su costumbre / y aún le quedasen nombres que asignar. / Así nacieron risa, amor o llanto, / dolor, tristeza, ausencia o esperanza”.

El libro sirve también como una piedra de afilar para el espíritu. “Es oficio de vértigo este asunto / de acuchillar palabras al papel, / juego de locos, / inútil alboroto de campanas, / pretencioso ejercicio que no sabe / si vive sueños o si arrastra vida. // La verdadera profesión / de los poetas / debería ser el silencio”, proclama Enrique Gracia Trinidad.

Cierto, este libro, invita a callar, a un silencio profundo, a meditar sobre nuestro paisaje interior, entrañable, germinal e inmutable del que partimos y al que nos dirigimos.

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El orden del día

En la foto destacan Adolf Hitler y el empresario Fritz Thyssen. 1933

El orden del día

Edgar Cherubini Lecuna

París, Febrero 2018

El orden del día de la reunión que sostuvieron los veinticuatro líderes de empresas alemanas con Hitler y Goering el 20 de febrero de 1933, contempló el financiamiento de la campaña electoral del Partido Nazi para las elecciones del 5 de marzo de 1933. Los dueños de las corporaciones e industrias alemanas, apoyaron a un psicópata megalómano y genocida a cambio de estabilidad para sus negocios y finanzas. Ese es el primer escenario que Éric Vuillard El orden del dia (L’Ordre du jour, Premio Goncourt 2017), indaga sobre los demonios que desataron el nazismo y el sometimiento de una de las sociedades más cultas y pujantes de Europa a un proyecto expansionista y desquiciado. El segundo escenario, que discurre en paralelo en el desarrollo de la trama, ocurre cinco años después de esa reunión, se trata de las dramáticas escenas del Anschluss, la anexión de Austria, donde se ensayó con éxito la tesis geoestratégica del “espacio vital” de la Alemania nazi, preámbulo de la ocupación de Europa por las tropas de Hitler.

En la reunión con los 24 grandes capitanes de la industria y la banca alemana, apenas a un mes de que Hitler fuera elegido Canciller, el rudo Hermann Goering les dirige un exhorto sin sutilezas: «Caballeros, acaban de escuchar al Canciller Hitler, queremos una victoria en las elecciones del 5 de marzo para estabilizar la economía de Alemania, erradicar a los comunistas y opositores y eliminar a los sindicatos para restaurar el poder del empresariado. Les pido que aporten lo suyo sin chistar”. Siete días después, del Parlamento (Reischstag) solo quedaban cenizas y Hitler, que comenzó a gobernar gracias a un decreto de emergencia, se erigía como dictador. De allí que el autor hable de “las pegajosas combinaciones e imposturas que forjan la historia”.

En dicha reunión estaban presentes los dueños de Bayer, Siemens, Opel, BMW, Daimler-Benz, Agfa, Porsche-VW, Telefunken, Krupp, Thyssen, I.G. Farbenindustrie AG (un conglomerado de 2.000 empresa alemanas), el presidente del Reichsbank, entre otros notables, terratenientes y nobles. En ese encuentro, el Führer da un simple discurso: “Para poner fin al comunismo y recuperar la prosperidad, se deben ganar las elecciones parlamentarias del 6 de marzo”. Invitados a financiar la campaña del partido nazi, “los veinticuatro patrones pagan sin fruncir el ceño. Permaneciendo allí, impasibles, como veinticuatro máquinas calculadoras a las puertas del Infierno», escribe Vuillard. Pasando de la contabilidad a la estadística, allí se decidió el destino de Alemania y de Europa: 55 millones de muertos, incluidos los 6 millones de judíos y un continente destruido fue el resultado del “debe y haber”.

Vuillard, se refiere a esa reunión con una ácida ironía, debido a que en el presente, continuamos consumiendo productos de esas mismas empresas: «Las empresas no mueren como los hombres. La sangre que las alimenta siempre renueva las cabezas que las dirigen. Son cuerpos místicos que nunca perecen”. Amen de aquellas que usaron mano de obra judía extraídas de los campos de concentración. Horror e ironía, son los dos términos que se aplican a sus hallazgos en los intersticios de las historias oficiales.

Sobre Lord Halifax, Secretario de Asuntos Exteriores británico quien, pese a las advertencias de Churchill, intentó por todos los medios de convencer al Parlamento y a la Corona Británica de que a través del diálogo con Hitler y Mussolini lograrían la paz, como si se tratara de dos estadistas democráticos normales, el autor lo describe con gran cinismo: «No es el error de un viejo aturdido, el es un diplomático imbuido del orgullo de la aristocracía inglesa a la cabeza de su fila de antepasados, sordos y ciegos como una morgue”.

Para Jean-Louis Thiériot (L’Ordre du jour : un Goncourt au mépris de l’Histoire, Le Figaro 01/12/2017), la pluma de Vuillard, seca y cruel, dibuja las imágenes sorprendentes del teatro de sombras de la comedia de poder. “El orden del día” no es una novela, es un relato detallado, casi una rendición de cuenta que muestra la triste pantomima de los estadistas en la complejidad trágica de esos años decisivos”.

Para escribir su libro, Vuillard analizó cientos de fotografías y documentales, los incontables archivos del proceso de Núremberg, cartas, libros, documentos y testimonios de origen diverso que le permitieron hurgar en detalles que otros historiadores pasaron por alto. Comenta que se encontró con terribles ironías que lo sacudieron, pero lo hicieron comprender mejor lo ocurrido en Alemania y Austria, como la espeluznante carta de Walter Benjamin, donde cuenta que la empresa austríaca de gas se niega a suministrarle servicio a los judíos de Viena ya que estos utilizaban con preferencia el gas para suicidarse durante la ocupación nazi y eso le impedía cobrarles la factura al fin de mes.

Y es que Vuillard, investigó los 1.700 suicidios ocurridos tan solo en la primera semana de la ocupación, las demás muertes no fueron reseñados por la prensa por temor a las represalias nazis, que prohibieron mencionar los casos, so pena de ser apresados por la Gestapo bajo el delito de conspiración.

En una entrevista de Françoise Dargent (L’histoire est une manière de regarder le présent, Le Figaro 06.11.2017), Vuillard se refiere las distorsiones de la realidad debido a la influencia de la poderosa propaganda nazi en los noticieros de los cines de Europa, lo que contribuyó a una errada visión de la historia aún después de la guerra: «Las imágenes que tenemos de la guerra son y serán para la eternidad dirigidas y manipuladas por Joseph Goebbels. Es extraordinario que las noticias alemanas se conviertan en un modelo de ficción”.

Sobre su estilo de escritura, manifestó que la literatura y la historia siempre han tenido relaciones endogámicas: “La Ilíada es un poema, pero también es un libro de historia. Cuando uno lee Los miserables, uno encuentra         allí los episodios de la vida colectiva (…) Yo estoy impregnado de mi época y mis libros son igualmente productos sociales”.

Los hechos históricos, son útiles en la medida que nos sirven como un espejo para analizar el presente y decidir sobre nuestro futuro. Sobre esto último y salvando las distancias, las escalas y las dimensiones de los personajes, a comienzos de 1997, un importante empresario venezolano me pidió examinar unos videos que le habían suministrado un año antes. Para mi sorpresa se trataba de los discursos de Chávez y Fidel Castro en la Universidad de La Habana en 1994, el día en que Chávez fuera recibido como un jefe de Estado por los Castro, para trazar “el orden del día” de la llamada revolución bolivariana.

En la presentación de mi análisis ante un selecto grupo de empresarios y hacendados convocados por mi cliente, no olvidaré el vehemente rechazo que produjeron mis palabras en los allí presentes, en especial el de un exaltado gran cacao, cuando expresé que las intenciones de Chávez eran las de plegarse a las órdenes de la revolución comunista cubana y que ese día Fidel Castro le había traspasado el testigo de la subversión al inculto pero astuto militar, para utilizarlo como un muñeco de ventrílocuo en su estrategia de demoler las democracias del continente. Cuando cesaron las agrias críticas a mi cliente y a mi persona por habernos atrevido a presentar tal escenario, comprendí que todos ellos estaban apoyando y financiando a Chávez. Esos ciegos, voraces y altaneros hombres de negocio, algunos de ellos prestos a avasallar a quien se les atravesara en su camino, también habían acordado de antemano “el orden del día” de la vorágine que acontecería en Venezuela.

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